Dirigiéndose al sureste tras la pista del Señor
Al final del verano de 1901, cuando Carlos dejó Francia para dirigirse a África -esta vez como sacerdote, no como soldado o explorador-, para explicar el sueño que acariciaba desde hacía tanto tiempo, se sirvió de una palabra árabe: zaouia, que significaba, para los musulmanes, el lugar donde se reúnen para vivir juntos los miembros de una fraternidad religiosa. «Nosotros fundaremos, junto a la frontera marroquí… una zaouia de oración y hospitalidad», escribió, ¿lo recuerda?
Cuando, en el comienzo de la primavera de 1902 -tras haber construido con sus manos, a lo largo de la pendiente árida de la hondonada sahariana, en las proximidades del oasis de Beni Abbés y mirando hacia Marruecos, aquel grupo de chozas según el estilo argelino- comprobó que ningún compañero se le unía y que las dos habitaciones preparadas para los soñados Hermanitos de Jesús seguían inútilmente vacías, la realidad le obligó a servirse de otra palabra árabe para definir exactamente su eremitorio: Khaoua, que quiere decir fraternidad y, por lo tanto, lugar donde cualquiera que se hallase de paso, sería acogido como un hermano. Así denominó aquel grupo de chozas: «Khaoua del Sagrado Corazón».
Con toda seguridad, el vocablo Khaoua no sonaba tan dulcemente a los oídos de Carlos como zaouia, pues siguió esperando la llegada de algunos que, estableciéndose allí y consumándose en la unidad con él en Cristo, transformasen aquella casa de ermitaño en casa de una comunidad.
Estaba resignado a la soledad; pero hacía cuanto se hallaba en su mano para atraer compañeros que trabajasen con él en aquello que consideraba la parcela más árida de la viña del Señor.
Un día hasta escribió a sus antiguos superiores de las trapas de Nuestra Señora de las Nieves, en Francia, y de Staoueli, junto a Argel: ¿tenían algún novicio que quisiera unirse a él y hacer su misma vida? Pero los dos abades ni siquiera interrogaron a los novicios, pues temían que la inextinguible hambre de penitencia y abyección de Carlos pudiera producir trágicas consecuencias en la salud de sus hipotéticos seguidores. Aunque desolados, le contestaron que no. Respecto a este hecho, uno de los abades escribió en aquellos días: «La única cosa que me asombra en el padre Foucauld es que no haga milagros. Fuera de los libros, yo no he visto sobre la tierra una santidad semejante. Confieso, sin embargo, que dudo un poco de su prudencia. Las penitencias que hace son tales, que me permito pensar que un novicio sucumbiría en breve tiempo. Y no es esto sólo: la disciplina de espíritu que se impone y que quiere imponer a sus discípulos me parece hasta tal punto sobrehumana, que temo que volvería loco al novicio, antes de matarlo con el exceso de penitencias…»
Carlos levantó en torno a su eremitorio un muro para cerrarlo. Muro tal vez sea una palabra excesiva; en realidad, era un montón de piedras colocadas en fila, las cuales casi se confundían con las otras que había en la inhospitalaria pendiente. Sin embargo, representaba un límite que Carlos se había impuesto no superar sino en caso de absoluta necesidad, y con el cual reforzaba tanto el vinculo que lo unía a la clausura, como la barrera del desierto que había colocado entre si y el oasis. Sin embargo, era una barrera sólo para él, porque cualquiera, desde el exterior, la podía traspasar sin esfuerzo. Para los otros, para todos los demás, soldados y oficiales franceses, árabes y bereberes, caídes y mendigos, cristianos y musulmanes, enfermos y esclavos -sobre todo los esclavos- no había ningún impedimento, aquella barrera no tenía razón de ser y en la práctica no existía.
El capitán Regnault, que mandaba la guarnición francesa del fortín de Beni Abbés, escribió aquellos días, en el parte que enviaba a Argel a sus superiores: «Deseando continuar la vida de clausura, el reverendo padre de Foucauld ha colocado, en el terreno que rodea su casa, límites que no supera jamás. Con la ayuda de indígenas, que ha pagado con dinero suyo, ha sembrado de cebada la pendiente al este del eremitorio. También ha excavado pozos que le permitirán regar. Vive de los dátiles y el pan que le pasa la administración. El dinero lo emplea en comprar harina, cebada y dátiles, que regala a los pobres. No obstante las repetidas instancias de los señores oficiales de la guarnición, no ha querido cambiar de alimento. Las legumbres que se le mandan, con el fin de que mejore su comida, van a parar a manos de los pobres o de gentes de paso que encuentran refugio en su casa. Los indígenas del Saoura sienten hacia el reverendo padre de Foucauld una profunda veneración. Su generosidad y abnegación les producen maravilla y admiración…»
«Para tener una idea exacta de mi vida -escribía por su parte Carlos a monseñor Guérin, Padre Blanco, que por ser prefecto apostólico de Ghardaia ejercía autoridad sobre todos los católicos de las regiones saharianas anexas a Argelia- es preciso tener presente que a mi puerta llaman unas diez veces cada hora, casi siempre más que menos, y son pobres, enfermos, necesitados, gente de paso…».
Los cristianos iban para asistir a misa o para orar con él, sacerdote de Cristo; los musulmanes acudían para hablar de las cosas de Dios con él, «marabuto del corazón rojo»; los mendigos, para pedir algo con qué quitar el hambre o con qué vestirse, a él que era el más pobre de los blancos de todo el Sahara; los esclavos, para refugiarse bajo su protección, cuando él era el más inerme e indefenso de los franceses de toda Argelia…
Y Carlos daba a los pobres cuanto recibía del fortín de Beni Abbés y, además, lo que podía comprar, cebada, dátiles, trozos de tela y, si había necesidad, los alojaba en su eremitorio.