Día 1: Designio de Dios y respuesta del hombre
PLAN DEL DÍA: ¿POR DONDE COMENZAR?
¿Por dónde comenzar? Es imprescindible comenzar por algo. En nuestros días, toda elección puede parecer arbitraria. Todo está sometido a critica. Todo el mundo discute sobre la actitud de arranque para llegar a Dios: desde Dios hacia el mundo, desde el mundo hacia Dios… Existe el peligro de que, con el deseo de respetar las orientaciones de los demás, perdamos nosotros el tiempo en discutir. Pero no se debe perder el tiempo (Rm 13, 11-12). Es preciso ir a lo esencial.
Hay una actitud fundamental, sin la que nada es auténtico en mis deseos, mis proyectos, mi acción. Esta actitud se sitúa más acá y más allá de nuestras habituales contraposiciones: oración y acción, interioridad y exterioridad; más allá también de las discrepancias que la existencia establece entre nosotros: las de la profesión, del medio, de la cultura…
Esta actitud es la de la libertad que acepta la existencia. No una libertad que elige las cosas según su fantasía, sino la que, consciente de sus determinismos y sus limitaciones, se acepta a si misma, juntamente con todo el universo, con el amor que le ha dado la existencia, sin el cual ninguna libertad puede desarrollarse.
En esta aceptación hay algo verdaderamente único, como el sí del amor que se dan dos personas. Nadie, sino yo mismo, lo puede dar en mi lugar. Ni yo puedo darlo si no es bajando a las profundidades de mi ser, allá donde me encuentro solo delante de Dios, «allá donde el Padre ve en lo secreto». En ese fondo secreto es donde mi existencia recibe su unidad, al mismo tiempo que coincido con todos los hombres. Allá no puedo excluir nada ni a nadie.
En esta aceptación comienzo a relativizar las cosas, es decir, a no cerrarlas sobre sí mismas como si fuesen absolutas, sino a mirarlas en relación con todo lo demás que ha hecho posible su existencia, de modo que me es posible recibirlas libremente y servirme de ellas con amor. Así llego a descubrir la ley de toda la vida, que es el desarrollo de sí misma en intercambio con los demás. Nadie tiene en sí su centro ni su fin, ni la humanidad ni el individuo. El hombre no se logra sino en relación a los demás. Ser es darse, es comunicación.
La regeneración y consumación del mundo no puede realizarse si no es dentro de la fidelidad a este principio: aceptar, a medida que voy viviendo, el descender a las profundidades y a la soledad del ser y descubrir desde allí que soy solidario de todos y que he sido entregado a mi mismo por Dios. Esto es lo que constituye el valor de la vida humana, no la realización de grandes acciones, ni la reputación que me rodea, ni la salud, las riquezas, la larga vida, sino, en la situación en que me encuentro, en el día de hoy, al que no sé si seguirá un mañana, la libertad que se recibe de Dios en el instante en que uno se abre al amor. Ahí es donde comienza la plenitud de la vida.
¿Este planteamiento es un sueño? Para dejar de lado la teoría, será preciso que deje de centrarme en mi mismo y busque fuera de mí la norma para mi vida y mis decisiones. Se hace imprescindible una ruptura liberadora que me dé la evidencia vital de la ley evangélica: el que pierde su alma, la gana. La ley del amor es la aceptación de la muerte. En ese punto todo será sencillo. Pero, al mismo tiempo, esto es lo difícil, lo imposible.
En realidad, este plan sólo Cristo lo ha realizado entre nosotros. Por eso es él quien ha operado la transfiguración del mundo y la hace posible. El ha vivido su humanidad en la libertad del amor. Todo el anhelo de su corazón clama por el cumplimiento de la voluntad del Padre. Este deseo le apremia: en él vive y con él muere a su existencia humana, que no puede por menos de ser breve por el ansia que tenía de que todo se consumase. Pero nos ha dejado su Espíritu a fin de que esta obra tan ansiosamente comenzada por él, se continúe entre nosotros lentamente a través de los siglos. Toda la vida espiritual consiste en lograr que nuestra diminuta vida humana tenga esta orientación profunda del corazón de Cristo. Entonces en mi, como en él, se continuará la transfiguración de mi ser y del mundo.
Para la consumación de esta obra, promulga la ley que él mismo ha seguido, la de la renuncia. No el renunciamiento ascético que es para privación o desprecio de las cosas. Si él ha hecho las cosas ¿cómo va luego a exigir su renuncia? Es una apertura al amor que pasa por encima de todo. Es lo que san Ignacio, al comienzo de sus Ejercicios, expresa de esta manera: «solamente deseando y eligiendo lo que más nos conduce para el fin que somos criados». Su expresión no hace otra cosa que traducir la exigencia de la vida y del amor. Ven, soy yo. Si quieres construir una torre, siéntate primero. Pregúntate si has puesto bien los cimientos, de modo que puedas llevar a término tu obra (Lc 14, 25-33).
A estas verdades fundamentales, que son la ley de la existencia, la fe les da un nuevo significado. Incluso podemos preguntarnos si al margen de la fe nos seguirían apareciendo con tanta claridad. En realidad nos conducen a enfrentarnos con el primer plan de Dios sobre el hombre: «Dios creo al hombre a su imagen y semejanza». ¿Cómo podría concebirse al hombre desconectado de aquel que es la imagen del Padre? Como hemos sido creados en él, también en él hemos de comprender lo que somos.
La Revelación nos sitúa ante la ley universal, la ley del Amor que crea y que se comunica. Así ocurre en el misterio de Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo. Así ocurre en Cristo que no vive mas que para su Padre. Así en la Iglesia, que no vive sino para Cristo. Así ocurre también entre el hombre y la mujer. Asimismo en toda la humanidad. La plenitud de un ser, cualquiera que sea, no es posible sino en el reconocimiento del otro, en la renunciación radical de sí. Es la nada que se abre al todo.
En eso me encuentro embarcado; y la fe me dice cual va a ser mi aventura. A su luz puedo al menos hacerme algunas preguntas, para no quedar perdido en el camino. En realidad me basta con una sola. En todas las circunstancias que me acontecen ¿permanezco libre para amar? En caso negativo, esto quiere decir que me puede el temor, la opresión, la irritación, la pereza. Tomo experiencia de mis condicionamientos, de mis limitaciones. ¿Acepto al menos concretar las cosas que me esclavizan, y luego, sin obcecarme, permanecer abierto a la luz? ¿Que saldrá de todo esto? No sé. Pero acepto el no saberlo y esperar sin defensas ni ideas preconcebidas.
A partir de eso, todo es posible, porque ya lo esencial esta sobre el tapete. Hay que procurar no evadirse de la realidad, ni de la de este mundo, ni de la nuestra. Quizás queréis que las cosas sean de manera distinta de como son. Quisierais ser distinto del que sois. Para cambiaros y para cambiarlas a ellas, empezad por aceptar lo que es. Esta realidad comenzará por manifestarse como relativa, es decir, que recibirá sentido de otra realidad. Entonces comenzaréis a marchar sin temor, porque habréis comenzado a saber que sois libres para amar a partir de lo que ahora existe.
Ya lo ves, no se trata de negar nada, sea lo que sea, de tu vida ni de tus ordinarias ocupaciones o atenciones, sino de descender un poco más en esas profundidades, donde encuentres al amor creador.
- Pero lo que estás proponiendo de entrada ¡es la perfección!
- Ciertamente, pero como en semilla. Todo está encerrado en este punto de partida, pero es preciso dejar que sea sembrado en la experiencia, para comprender todo lo que contiene. Todo queda presentado de golpe, pero todo queda por hacer.
En todas las edades de la vida, puedo tornar a este fundamento. Su verdad adquiere cada vez mayor valor por la experiencia que va creciendo y asimilándose. Yo retorno cada día a este mismo punto de partida y cada vez lo redescubro nuevamente.
Cuando haya llegado a esa cumbre de perfección, aún habré de renunciar a la satisfacción que eso me produzca, no sea que pierda el equilibrio a que creo haber llegado. Es un equilibrio que no se conserva más que avanzando. Quien se para a contemplarse, cae. No me será posible seguir ganando, si no es perdiendo aun más.
Estas verdades piden que se las rumie. A partir del momento en que no eran más que un simple objeto de consideración o de discusión, una vez que penetran en el corazón, se hacen inagotables. Entonces todo cambia y todo se hace posible. La vida comienza a circular, y es la vida del Espíritu Santo que «No sabes de dónde viene ni adónde va. (Jn 3, 8). Sólo sabes que está presente y te impulsa.
PARA LA ORACIÓN DE ESTE DÍA
Cada uno de los textos, brevemente comentado, esclarece uno de los aspectos de la orientación que ha de tener la meditación del día. La variedad permite escoger el que parezca que se adapta mejor a las necesidades de cada uno.
Antes de entrar en la meditación, conviene precisar cuál se elige, para saber por dónde comenzar. No hay que preocuparse de los otros, si uno encuentra lo que busca. Los otros, si hay necesidad, pueden servir de lectura, a lo largo del día, siempre que no se olvide aquello de que «no el mucho saber harta y satisface al ánima, mas el sentir y gustar de las cosas internamente» [2].
1. LA PRESENCIA ACTUAL Y CREADORA DE DIOS
Sal 138-139: Yahvé: tu me has examinado y me conoces…
Ese Dios a quien buscamos «no esta lejos de cada uno de nosotros. (Hech 17, 22-31). Es más íntimo a mi que yo mismo, en el fondo de toda actividad, dándome el ser, el querer y el obrar (vv. 1-6).
Cuanto mas desciendo a las profundidades de mi ser, más descubro al Espíritu, que abarca de un extremo al otro del mundo, sin que nada se le oculte (Sab 7, 22-8, 1), ni aun las tinieblas ni el pecado.
Dios, que en cada instante me regala mi ser, me relaciona con todos los seres del universo (vv. 7-12). A todos nos relaciona en el amor. Porque si nos ha creado, ha sido por amor: «si tú hubieras odiado alguna cosa, no la habrías formado». (Sab 11, 21-12, 2). Me siento superado por este amor, que no cesa de crearme y que es mi realidad misma (vv. 13-18).
Este amor, en que descubro que existo, lo quiero íntegro. Que no sea yo de aquellos que «no estiman en nada tus pensamientos» y que quieren «servir a dos señores. (Mt 6, 24; vv. 19-22). Además, con la libertad que he recibido de Dios, doy mi consentimiento a la existencia. Quisiera hallarme totalmente disponible ante ti, como la Virgen cuando pronunció su «fiat» (vv. 23-24).
Este salmo es un punto de partida y constituye toda una actitud espiritual, la de la criatura ante su creador. Para hacer nuestra esta actitud, nada tan provechoso como leerlo y releerlo y aprenderlo de memoria, de forma que acabemos como creándolo de nuevo en nosotros.
2. LA GÉNESIS DEL UNIVERSO Y DEL HOMBRE
Génesis 1 y 2
Si escogemos estos dos capítulos como ayuda para nuestra meditación, lo importante es formar en nosotros, bajo el impulso del Espíritu, las actitudes fundamentales que implican.
- Primeramente el universo. Todo él es obra de su Palabra y de su amor.
Su palabra, que no retorna jamás a aquel que la pronuncia sin haber producido su efecto (Is 50, 10-11) y que «recrea el corazón» de quien se fía de ella (Sal 51-50, 12). «Si tuvieseis fe, diríais a esta montaña…. »(Mt 21, 18-22).
Su amor no quiere el mal, sino la vida de lo que ha creado. Como si el universo, contemplado con fe, fuese una invitación a alabar y reconocer a Dios. Los libros de la Sabiduría y de los Salmos desarrollan esta invitación, por ejemplo: Prov 8; Eclo 42, 15 a 43; 39, 12-35; Sal 103 y 104; Job 38 a 42.
Este universo no es más que el comienzo de la obra. Vendrán una tierra nueva y unos cielos nuevos (Ap 21)…
- El hombre en el centro del universo.
Este universo ha sido entregado al hombre, imagen de Dios, para que ejercite en él su libertad y, transformándole, se haga colaborador de Dios. Especialmente, como Dios, cuya unidad no es soledad, sino reconocimiento mutuo en el amor, así el hombre no llega a ser él mismo mas que si se reconoce «hombre y mujer»; no cerrándose sobre si mismo.
El Génesis sólo presenta algunos puntos de partida. El resto de la Escritura, sobre todo la venida de aquel que es imagen del Padre-el Verbo hecho carne-revelará lo que permanecía escondido. El hombre no se reconoce sino en Cristo «en quien somos transformados en esta imagen, cada vez más gloriosa» (2 Cor 3, 18-4, 6) y en quien nos convertimos en un Hombre nuevo que se encamina hacia el verdadero conocimiento, renovándose a imagen de su creador. (Col 3, 10-11).
Puede que estos textos sean tan conocidos, que resulte innecesario volver a leerlos. Entonces hay que cerrar el libro y dejarse impregnar por la realidad que ellos sugieren. Si se leen de nuevo, ha de ser con fe, no simplemente con un conocimiento visual. Son una invitación a leer el universo y la humanidad, como Dios nos ha revelado que él los ve, sin desesperar de su obra, a pesar del mal que hay en ella.
Esta lectura no puede fundamentarse sino en la fe del creyente. Por eso tiene su natural continuación en los salmos de alabanza y de adoración.
3. LA REVELACIÓN DEL MISTERIO
Estas verdades fundamentales pueden profundizarse bajo diversos aspectos. Hay bastantes textos que pueden ayudar para ello. Los mejores son los que cada uno descubra por sí mismo. Ponemos a continuación algunos que hacen referencia a algunos de los puntos de vista de este Fundamento.
Cada uno de ellos hemos de tomarlo como una pavesa encendida de la experiencia espiritual realizada por los apóstoles, Juan o Pablo. Pidamos también nosotros que se nos dé acceso a esta experiencia, según la medida del don del Espíritu.
El designio de Dios: el Misterio de Cristo (Efesios 1)
Este himno de bendición explícita lo que contiene en germen la obra de los seis días: el acceso de todos los hombres, por Cristo, a la filiación divina. El plan salvífico, que se realiza a través de todos los siglos y que reúne en el amor a los seres visibles e invisibles, se realiza en cada uno de nosotros por la Palabra que hemos recibido y por el Espíritu que se ha derramado en nuestros corazones. Dios abre los ojos de nuestro corazón para que veamos la grandeza extraordinaria de nuestro destino y para que midamos qué esperanza nos aguarda.
Nuestra vida en el Espíritu (Juan 14)
Otra manera de penetrar el misterio de nuestro destino divino: el don de Dios que es el Espíritu Santo y que se nos da por el Hijo. Hay una presencia mas extraordinaria aún que la del Verbo hecho carne que se hace visible a los hombres. Es la que realiza el Señor mediante el don de su Espíritu. Presencia permanente que nos ilumina con la verdad y que nos hace entrar mas aún en la intimidad de Dios. Se realiza en el corazón que llega a hacerse semejante a Dios mediante la asidua guarda de los mandamientos y produce una paz de la que el mundo no tiene idea.
La vida en la libertad de los hijos de Dios (Romanos 8)
Existe aún otro aspecto de nuestra vida en el Espíritu, es el de la liberación. Conocemos los sufrimientos del tiempo presente, pero por el Espíritu que da testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos, sabemos perfectamente adónde nos conducen. La redención nuestra y del universo se realiza mediante los gemidos de nuestra espera. Por eso podemos trabajar con esperanza en la actualidad. Dios colabora en todo con los que le aman, para conducirlos a realizar la imagen perfecta de él. Incluso las tribulaciones del mundo presente, con todo lo que hay de hostil en el universo, la tribulación, la angustia, la muerte, no pueden separarnos del amor de Dios que se manifiesta en nosotros por Cristo.
Dios en la realidad del amor
La experiencia que tenemos acá abajo del amor constituye para nosotros a la vez el comienzo de nuestro conocimiento de Dios y su última manifestación: cualquiera que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios. Como dice Juan en el capítulo segundo de esta misma carta, el mandamiento nuevo del amor fraterno es semejante al mandamiento antiguo recibido desde el principio, según el cual el hombre debía amar a su semejante como a si mismo. En la realidad de este amor se contacta con la realidad de Dios, porque Dios es amor. Si nos amamos los unos a los otros, Dios permanece en nosotros y su amor en nosotros es perfecto.
Nada se puede decir sobre Dios, sino que es el Amor, es decir, gratuidad, iniciativa, intercambio. Dios es el primero en amar, es decir, que crea y rehace lo destruido, a fin de que en su Cristo los hombres participen de su Espíritu, y para que en el amor en que viven conozcan que Dios existe. Esto no se realiza mediante un amor que por voluntad nuestra logremos que brote de nuestro interior, sino mediante aquel amor con que Dios se ama y nos ama a nosotros y nos lo comunica.
La comunidad fraterna en la Iglesia es el lugar privilegiado de esta presencia de Dios amor. En ella y a partir de ella el amor se expande entre los hombres y asciende al Padre. Todavía hay que añadir con san Juan que «el Espíritu sopla donde quiere». (Jn 3, 8).
Los dos estados de nuestro destino
Este estado de hijos de Dios, que nos separa de un mundo cerrado sobre sí mismo y que no quiere vivir más que de sí, lo vivimos nosotros de dos maneras: en realidad y en esperanza «Ya desde ahora., nosotros somos realmente hijos de Dios, pero esta realidad no es poseída más que en sacramento: lo que llegaremos a ser, todavía no se manifiesta. En el tiempo en que estamos, vamos realizando nuestra educación en la fe.
Pero «sabemos», con la certeza que produce en nosotros la unción del Espíritu (1 Jn 2, 27) y que es más segura que los datos de nuestros sentidos y los razonamientos de nuestra inteligencia, que llegaremos a parecernos perfectamente a el, «cuando El aparezca». Al verle nos transformará en El. Entonces se realizará el perfecto conocimiento: conoceré como soy conocido (I Cor 13, 12) Ahí está el secreto de toda perfección humana: la esperanza de la total transfiguración fundada en él. Entonces aparecerá el sentido que tiene nuestra creación, a imagen de nuestro creador.
La meditación de nuestro destino, cualquiera que sea el texto que se haya seleccionado, se desarrolla en un íntimo diálogo «como un amigo habla a otro» [54]. En último término se nutre de la oración del Oficio o de los Salmos: una palabra, un versículo, una frase bastan para saborear mejor a lo largo del día lo que la meditación me hace comprender. Así, la palabra de Dios se hace en mí carne y vida.
4. LA DISPOSICIÓN DEL CORAZÓN
Presiento adónde me lleva la meditación de este día: Ama a aquel que te ha creado (Eclo 7, 30).
Me lleva a «desear y elegir solamente lo que mas conduce al fin para que somos criados» [23]. Puesto que se trata de una transformación total de la persona, sólo puedo ofrecerme a ella, con el rigor del ideal evangélico, y con la prudencia de quien se pregunta a sí mismo si va a tener recursos para salir bien con su empresa (Lc 14, 25-33).
Se puede acabar esta meditación con el Salmo 40-39: Has multiplicado en nosotros tus maravillas. No has querido sacrificios. Yo dije: he aquí que vengo a hacer tu voluntad. Me he gozado en tu ley desde el fondo de mis entrañas. Que tu amor me guarde.
Este primer día nos puede dar alguna idea de la manera de utilizar la Escritura en la meditación. Lo esencial es tratar de desarrollar la actitud que hemos dicho que es el objetivo del presente día. Cada uno elige los textos que se acomoden mejor al fin que se propone, y si allá encuentra lo que desea, no se preocupe de buscar otros.
DISCERNIMIENTO AL FIN DE LA JORNADA
Terminado el primer día, hace falta saber pasar a la página siguiente, tomando nota previamente de los resultados. Después de recorrido el camino hay que pararse a contemplarlo; no por mero placer de analizar, ni para desanimarse, sino para sacar provecho de todo, hasta de los errores.
Un punto que conviene examinar es la calidad del silencio. Cuando uno no llega a conseguir un silencio total, y sobre todo sosegado, hay motivo para dudar si se está maduro para la experiencia que se ha acometido. La tensión y el nerviosismo -sin contar la fatiga propia del primer día-nunca son buen síntoma. Si se las analiza, estas situaciones revelan obstáculos que nosotros oponemos a la acción del Espíritu. En este caso es preciso saber cambiar el sistema. Por ejemplo, quien pretenda ser muy estricto, tiene que aceptar cierta relajación. Es mejor hacer menos, pero con alegría, que hacer más a contrapelo.
La sumisión a la hora de oración me enseña a no buscar en la meditación los sentimientos o las ideas, sino la fidelidad y el deseo. Recíbeme contigo para gloria de tu Padre. Los Ejercicios nos impulsaran a dirigir a Jesús esta súplica, cuando lleguemos a la cumbre que es la meditación de las Banderas. Pero tal súplica está ya en germen desde el principio. Lo mismo si salgo contento de la hora transcurrida, como si tengo la impresión de haber perdido el tiempo. Ni debo crecerme por lo uno ni desanimarme por lo otro. Sin tomar ninguna decisión con motivo de mi dureza, mi sequedad o mis distracciones, seguir adelante sin turbación. Yo voy a la oración por Dios, esperando de él el resultado, de cualquier manera y en cualquier momento que se me otorgue, esperarlo. Hay el peligro de huir de la experiencia distrayéndose, disertando. Es éste un procedimiento muy sutil: consiste en acomodarse. Así se evita arrostrar las exigencias de la oración, leyendo libros espirituales o con pensamientos brillantes y generosos, pero que no vienen a cuento. Se toman muchas notas y luego se desarrollan las ideas. Así se deja de lado la obra del Espíritu Santo para entregarse a un trabajo personal. En eso uno se busca a sí mismo en lugar de perderse. Es útil sorprender en uno mismo el comienzo de esta tentación. Se presenta además, generalmente, acompañada de cierta sequedad en la oración, o de cierto nerviosismo.
La entrada concreta en la vida de fe es de esta otra manera. La oración es una experiencia donde yo experimento lo que soy y el grado de gracia que Dios me concede. «Otro.-el Espíritu-me conduce y yo trato de someterme a su acción, siempre imprevisible. El examen de conciencia, desde entonces, se convierte en «gratitud» a la acción de Dios en medio de mis días. Así puedo hacerlo desde este atardecer. En adelante seguiré haciéndolo así.
Hay otra manera de someterse a la acción del Espíritu Santo. He venido a Ejercicios con los problemas de mi vida y mis dificultades. El entregarme al tema de mi meditación me obliga, no a ignorarlos o a huir de ellos, pero sí a ponerlos en el lugar que les corresponde, de tal modo que la oración, purificando e iluminando mi corazón, me conduzca a una situación desde la que los juzgue con más verdad y sienta en qué sentido me inclina Dios. Esto se producirá en el momento que disponga Dios, no en el que yo decida.
Poco a poco descubro dónde está la generosidad. No consiste en que rápidamente consiga yo por mi esfuerzo el resultado apetecido, sobre todo tal como lo imagino. Consiste en volver a comenzar continuamente el camino, con confianza creciente. Es necesario luchar para concentrar mi atención, pero sin brusquedad: se impone la tranquilidad de espíritu para entrar en la oración…
Continuamente me veo obligado a navegar entre dos escollos. El primero es el de la pura espontaneidad. Soy juguete de mis impulsos, de los remolinos de mi sensibilidad o de la acción de los juicios de los demás o de lo que supongo que juzgan. Es ésta una falsa autonomía. El segundo escollo es el inverso del primero, es el de la pura voluntad. Deseo conseguir, pero nunca me encuentro a gusto. Pasado algún tiempo, ya no puedo mas, me desanimo y lo mando todo a paseo. En vez de empeñarme en conseguir las cosas cueste lo que cueste, y en la actitud de mayor tensión, haría mejor si me relajara y durmiese. Dios cuidará «a su amado que duerme». (Sal 127-126, 2).
Estas observaciones, hechas en presencia de las diversas reacciones, insinúan un diálogo espiritual. No espero que el director me diga lo que tengo que hacer, sino, expresándome ante él, espero que me ayude a interpretar estos impulsos que comienzo a sentir o a… no sentir. Se presenta entonces este diálogo como una lenta formación en la docilidad al Espíritu, en la plena libertad que busca abrirse a la gracia.