Día 2: En las profundidades
1ª etapa
LLAMADA A LA CONVERSIÓN
Jesús nos revela, realizándolo él mismo, el ideal cuya impronta llevamos, pero deteriorado por la confusión y la opacidad. Al mismo tiempo, nos revela el mal en que estamos sumergidos, y del que él nos salva. Se convierte así en el único ser que puede llevarnos a nuestra fin. Una vez hecho solidario de nuestra vida y de nuestra muerte, es él la revelación de la Imagen de Dios, según la cual hemos sido creados.
Jesús nos revela, realizándolo él mismo, el ideal cuya impronta llevamos, pero deteriorado por la confusión y la opacidad. Al mismo tiempo, nos revela el mal en que estamos sumergidos, y del que él nos salva. Se convierte así en el único ser que puede llevarnos a nuestra fin. Una vez hecho solidario de nuestra vida y de nuestra muerte, es él la revelación de la Imagen de Dios, según la cual hemos sido creados.
Por tanto, su presencia en nosotros es lo que nos conduce al primer estadio de toda vida espiritual: la conversión del corazón. Los judíos, puestos bruscamente en presencia de las maravillas de Pentecostés, preguntan a Pedro y a los apóstoles que se las anunciaban: «Hermanos, Qué debemos hacer». El amor, manifestándose, esclarece las tinieblas de que él nos libra. El hombre, conmovido en sus más íntimas profundidades, suspira por la justicia, que no le pertenece, sino que es de Dios que justifica al pecador. Hemos hablado de estadios. En realidad, en el desarrollo de esta experiencia, deberíamos hablar de implicación recíproca. Una cosa no puede separarse de la otra, el conocimiento de Jesús del conocimiento de nosotros mismos. Quien examina las cosas desde fuera, ve conceptos sucesivos, pero el que los vive en su corazón, descubre en ellos la continuidad de la obra del Espíritu. El paso a través de las purificaciones no puede consumarse sin que Cristo aparezca presente en la gloria de su Resurrección.
Cuanto más avanza en Cristo la vida de cualquiera, tanto se hace sentir más esta profunda continuidad. Los amigos más íntimos de Cristo se reconocen los mayores pecadores. Una y otra cosa la afirman con la unidad que da el amor. Al principio tenemos la tendencia de oponer ambas cosas. Es un síntoma de que la vida espiritual tiene aún mucho por hacer. Poco a poco todo se convierte en uno.
El pórtico de esta etapa es, pues, al mismo tiempo una invitación a sentir la llamada de la vida y no menos a sentir el lastre que nos impide responder a ella. La búsqueda del amor pone en mi de manifiesto esa resistencia: no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero. Estoy dividido y toda la humanidad lo está también conmigo. ¿Quién me librará? No puedo superar esa división sino en Jesús, que me repara. No soy capaz de salir del infierno en que me doy cuenta que estoy, sino en Jesús que desciende hasta mi y me lleva consigo al Padre.
PLAN DEL DÍA: LA REVELACIÓN DEL PECADO
Lo que este día pretende es poner ante nuestros ojos la realidad del pecado. De nuestra parte somos incapaces de escrutar esas profundidades. Para descender hasta ellas tenemos necesidad de la luz de la Revelación. ¿Qué es lo que ella nos dice?
El pecado es la decisión de procurarse por sí mismo la propia realización, el rechazo a situarse ante Dios y ante los demás con una relación de amor, la negación de toda dependencia y la obstinación en la soledad de sí mismo. Dicho de otra manera, es el acto de una libertad que se cierra sobre sí o que tarda en abrirse. San Ignacio dice que es: «no quererse ayudar de su libertad para hacer reverencia y obediencia a su Criador y Señor» [50].
Este mal no es asunto individual. Es un estado de intima escisión en que me encuentro yo al igual que todos los hombres. En él me encuentro solicitado por dos tendencias, la de la luz y el amor que me llama hacia lo alto, y la de mi «malvado corazón», que me atrae hacia abajo. Según sea la opción de mi corazón, seré lo que yo quiera ser.
Quiero decir que el conocimiento que busco no es, en primer lugar, el del pecado mío. Yo podría quizás compararme con otros y encontrarme mejor. Es el conocimiento de un mal en que todos estamos inmersos. Mal radical y universal.
La historia nos presenta este estado en sus diversos grados. Según el esquema de la primera meditación de los Ejercicios, se encuentra en estado puro en «el pecado de los Ángeles». Ante esta evocación, algunos en nuestros días se sienten un tanto incómodos. Por lo menos tiene una ventaja, sobre todo si la entendemos a la luz de la Escritura, que presenta ante nosotros algo que está incluido en el fondo de todo pecado: no el olvido o la debilidad, sino el rechazo de vivir y de amar, especie de monstruosidad ontológica que subvierte el universo. Aunque el sustrato del mal es el orgullo, nuestra experiencia se enfrenta también con el segundo y tercer pecado, el de Adán y Eva y el de un hombre cualquiera. No se trata ya del pecado en plena luz, sino la tergiversación del corazón, que hace estribar su bien en algo distinto de lo esencial. Es la larga historia de la humanidad, hecha de nuestros deseos ambiguos, de los temores que nos retienen, de la búsqueda de nosotros mismos, de nuestros instintos mal dirigidos, de nuestros pensamientos frívolos. La libertad, que siente el lastre de mi ser, se aventura por caminos descaminados. Como Narciso, se contempla y quiere gozar de si misma: al cabo se encuentra sola.
El pecado no se considera en primer lugar como infracción de la ley. Es cierto que se me ha dado una ley, ley escrita o ley de la conciencia, pero en tanto que exterior a mi, yo la juzgo y ella me juzga, y me abandona a mi mismo, lejos de Dios. Es preciso que descendamos mas allá de ella para descubrir la profundidad del mal, en la raíz misma de la escisión, en el fondo profundo del ser y de los seres. La ley me ha sido dada para que descubra el pecado, pero lo mismo si soy fiel a ella que si le soy infiel, ciertamente no puedo encontrar en ella la justicia a que aspiro. Me abandona en mi impotencia. Sólo en Jesús, que asume en su carne la condenación de la ley, se desmorona el muro de separación, y la ley se me hace interior.
Al mismo tiempo que descubro este estado de pecado, también descubro a Jesús en las raíces de mi ser. Franquea la distancia que nos separa de él, y se viene con nosotros a vivir la ausencia de Dios: creador, se hace hombre; inmortal, se sitúa en la muerte. Estando con nosotros en el mal, nos libra de él, con tal que le reconozcamos como nuestro único Salvador, que hace posible un intercambio de amor entre Dios y nosotros, sin el cual no es posible nuestra existencia.
Así es que, más que mi ignorancia o mis debilidades, lo que trato de evidenciar en esta meditación de la verdad, es el desarrollo en mí de esa actitud, por la que yo me convierto en centro y no miro las cosas sino en relación a mi. Esa actitud es la que me separa del amor y, por consiguiente, de la vida. Al fin, el árbol cae del lado a que se inclina y mi corazón encuentra lo que ha deseado: a mi mismo o a Cristo. «Si yo no hubiese venido, no tendrían pecado». Pero es necesario que se haga la luz y que cada uno diga lo que quiere ser.
El contenido de este día consiste en que, al vernos desprovistos de amor, nos movamos a aceptar la salvación que ofrece Jesucristo. En este descenso a las raíces del mal, debo abstenerme de juzgar a los demás. Es el mal mío el que intento conocer. Lo que pido es «vergüenza y confusión de mi misma» en este «destierro» del que apenas si tengo conciencia, del que Cristo me despierta, y del que, habiéndose desterrado con nosotros, nos libera.
LA «MEDITACIÓN»
Este planteamiento supone una cierta manera de meditar, la de la fe que recibe la luz de Dios. Es el sistema que debemos emplear siempre que abrimos la Escritura. Como aquella jovencita que representa la vida contemplativa en el tímpano de la catedral de Chartres, el que medita se sienta tranquilamente, abre el libro, lee en el algún pasaje, repite dentro de su corazón las palabras leídas, luego entra en éxtasis… Después ya bien puede pasar a la vida activa. Este ritmo es el que proponen los Ejercicios. En primer lugar presento ante la memoria de mi corazón el hecho del pecado, tal como la fe me lo comunica; esta historia que se remonta mucho más allá de mi existencia-«realidad invisible», le llama san Ignacio-, que yo no he creado, pero en la que me encuentro inserto, historia de pecado que viene desde más lejos y de mas atrás, y de la que Cristo dijo que Satanás es el «inventor».
Conviene que considere esta historia lo mejor que pueda. No tanto con la inteligencia discursiva, que analiza, discute y concluye, cuanto con la inteligencia que rumia, que pondera, con aquella inteligencia de que hablan los libros de la Sabiduría. Buscando comparaciones y semejanzas, ejemplos que esclarezcan el objeto que intento comprender. Es un esfuerzo de inteligencia espiritual, a partir de los datos de la fe. Mediante esto, como dice san Pablo, «alcanzamos el pleno desarrollo de la inteligencia que hace penetrar el misterio de Dios. (Col 2,2). La fe se convierte en sabiduría de vida.
Entonces el corazón se detiene en el disfrute de la verdad. En ese momento no experimenta necesidad de continuar la investigación. Cerrando el libro, deja que la luz recibida le penetre. La verdad pasa, entonces, de la cabeza al corazón. Ni demasiado arriba ni demasiado abajo, decía un ejercitante: yo situaba la oración en las ideas o en las entrañas, pero no en el corazón. La liturgia sigue este mismo ritmo: propone, explica y disfruta la Palabra.
Proceder así es sin duda volver a encontrar el sentido de la «Lectio divina», la manera tradicional de leer la Escritura, no principalmente para hacer exégesis, sino para descubrir, a través de las palabras pronunciadas, los pensamientos desarrollados, los hechos descritos, la realidad invisible a que estas cosas conducen y que está más allá de ellas. En esta forma de lectura, el corazón se abre a la luz en presencia de la Palabra que nos revela a nosotros mismos y que nos revela a Dios en la fe. Por los efectos que produce en nosotros, nos manifiesta su origen, que es el Espíritu Santo.
PARA LA ORACIÓN DE ESTE DÍA
Antes de entrar en la oración, es bueno disponerse no sólo fijando la atención en el tema -el texto de la Escritura-, sino además creando el oportuno ambiente. Los autores espirituales, y san Ignacio con ellos, hablan de los preludios de la oración. Proponemos aquí dos textos que pueden ayudar a ponerse en ambiente, antes de meditar sobre la naturaleza del pecado.
1. EL CLIMA DE ESTAS MEDITACIONES
El estupor de Pedro (Lc 5, 1-11)
El encuentro con Dios en Jesús es simultáneo con una mayor revelación de si mismo.
Ambas cosas disponen para mejor seguir la propia vocación. La luz ilumina las tinieblas, y las tinieblas en que conozco lo que soy me hacen sentir la necesidad de la luz. Es entonces cuando puedo recibir con paz la misión, una misión que es la propiamente mía. Pedro, que vive ya en la intimidad de Jesús, le descubre de repente como su criador, el Dios Todo-poderoso, fuente de toda Palabra y de todas las maravillas.
En un principio, la persona queda perpleja. No sabe qué decir ni qué hacer. El estupor le invade. A un mismo tiempo conoce a Dios y su propia escisión interior: «Apártate de mí, Señor, porque soy un hombre pecador». ¿Cómo tú, el Altísimo, puedes hacerte tan cercano?
En ese instante de autenticidad es cuando nos hacemos aptos para recibir nuestra misión: «No temas, en adelante vas a ser pescador de hombres». El mismo impulso que te hace caer a mis pies, es el que te va a hacer entregarte a los hombres. La palabra que les transmitirás será la mía, pero en tus labios.
Todo se le da al mismo tiempo: creación, estupor, vocación.
Podríamos añadir: esto se da a los compañeros del Señor. No les viene gana de compararse unos a otros, al menos en ese momento. El Señor es el punto de convergencia de las miradas de todos ellos. Es en él donde ellos se reconocen.
Plegaria de Baruch o de los desterrados
Es la composición de lugar de la oración del pecador. Además da a esta oración plena exactitud, haciendo que nuestra mirada se fije en Dios con el estupor de Pedro, de modo que juzguemos de las cosas con relación a él.
El pecado es un estado de ausencia, de exilio: «todo el composito (humano)-dice san Ignacio-en este valle, como desterrado». [47]. Estoy lejos de mi patria, lejos de la vida, en un estado de disgregación y de muerte, y sin sufrir por ello. No hay más que contemplar la condición humana.
El mal viene de que he buscado la justicia donde no estaba, fuera de Dios: he buscado justificarme por mí mismo y no he encontrado más que vergüenza. Yo y todos nosotros estamos fuera de la verdad.
¿De qué he de acusarme? «No escuchamos la voz del Señor, nuestro Dios». «Nos fuimos cada uno según el pensamiento de su mal corazón». (1, 22). «No aplacamos el rostro del Señor, convirtiéndonos de los pensamientos de nuestro corazón perverso» (2, 9). Como los invitados al banquete de bodas, todos hemos tenido otras cosas que hacer, siempre otras cosas que hacer. Siguiendo la inclinación del yo que no busca mas que el yo, hemos llegado a ser aquello hacia lo que tendía nuestro corazón: el yo solitario, el infierno del hombre replegado sobre sí. Sintiendo que mi corazón se había endurecido, no lo he vuelto hacia Dios para que lo ablandara. En la ausencia de Dios reinan la dureza, el odio, la locura: «Pero Dios velaba sobre estas calamidades…» (2, 9).
Verdaderamente recupera la vida el que no se complace en la muerte (2, 17), el que «camina ante el Señor», tal y como es, «encorvado y débil, apagados los ojos y el alma hambrienta». (2, 18). De la abundancia del mal, Dios saca bien. El hombre que «entra dentro de si mismo» (2, 30), reconoce al Señor «y se acuerda de la casa paterna» (Lc 15, 17). Dios le da corazón y oídos. De un corazón roto, hace «corazón nuevo» (Sal 51-50), capaz de amar. La ley se le hace entonces toda interior.
La manera como Dios saca al hombre de su destierro consiste en darle su Espíritu por la cruz de su Hijo: «¡Cómo de Criador es venido a hacerse hombre!» [53].
2. LA REVELACIÓN DEL PECADO
Toda la Escritura, al revelarnos a Dios en Jesucristo, nos revela el pecado de donde Jesús nos saca. Para penetrar la naturaleza de este mal seguimos los momentos de su historia, tal como los presentan los Ejercicios.
El pecado de Satanás (Juan 8)
La historia comienza antes que el hombre. Pertenece al «orden invisible»s [47] y parte de aquel que no quiso mantenerse en el poder que había recibido y abandonó su propio domicilio (Jud 6), Satanás, el inventor del mal, como le llama Cristo.
El capitulo 8 de san Juan nos hace penetrar la naturaleza del pecado de Satanás, oponiendo los hijos de Dios, liberados por el Hijo, a los hijos del diablo que cumplen los deseos de su padre. De un lado, la transparencia, la verdad, la mutua unión, la vida, una constante atención al Padre, la libertad en el amor; de otra parte, la cerrazón sobre si, el rechazo de reconocer al otro, la ausencia de comunicación mutua, la mentira, la soledad, la división. Una persona no es verdaderamente tal ni es libre mas que si reconoce en su corazón la relación que le hace existir: como el Hijo ante el Padre, nosotros mismos nada somos sino en relación con todos aquellos de quienes recibimos la existencia o con los que la compartimos. De pronto nos encontramos con la naturaleza profunda del pecado: el rechazo de la relación mutua que da el ser y establece en el amor. La inclinación del corazón es la que crea el pecado: tú te harás hijo de aquel a quien has decidido parecerte. Si recibes la Palabra del Hijo, entonces entras en conocimiento de la verdad y la verdad te hace libre. Pero si te agarras a tus privilegios, aunque sea el ser hijo de Abraham e hijo de Dios, a pesar de tus títulos, tu deseo es el de un hijo del diablo que se agarra a si mismo y a la muerte. Jesús, con su palabra, nos revela los orígenes de la vida y de la muerte.
El pecado de Adán y Eva (Génesis 3)
Estamos al comienzo de la historia humana. El hombre creado a imagen de Dios se distancia de su Creador. Quiere discernir por sí mismo el bien y el mal, y constituyéndose en centro, rompe con todo lo demás. Se esconde de Dios, del que se ha alejado. Quiere dominar al otro semejante a sí, que le ha dado el creador, cuando la mujer trata de seducir a su compañero. Es la escisión en el corazón del universo.
Esta historia que nosotros situamos en el origen de la humanidad, quizás fuese más justo situarla al origen de nuestras acciones. «Cada cual se las da de Dios, diciendo: eso es lo bueno y aquello es lo malo, demasiado alegre o triste según ocurran las cosas». (Pascal). El hombre quiere ser la medida de sí mismo y de las cosas. Ese es propiamente el pecado del hombre, que habiendo recibido de Dios beneficios y promesas, se rebela y murmura; Dios no puede darnos de beber en este desierto, dicen a Moisés los hijos de Israel. Olvidaron al Dios que les había salvado, repiten a cada paso los Salmos y los Profetas. Así: No hay ni uno solo que busque a Dios (Sal 53-52). Desde el seno materno andan descaminados (Sal 58-57). Generación de corazón inconstante (Sal 78-77). El salmo 106-105 es una verdadera confesión de los pecados de todo el pueblo ¿A quién compararé a esta generación?-dice Jesús- Os tocamos la flauta y no habéis danzado: hemos entonado canto de duelo y no os habéis golpeado el pecho (Mt 11, 16-17).
Habéis opuesto el rechazo, la desatención, el olvido, a los que os invitaban al banquete de bodas (parábolas). Corazón dividido, distraído, obstinado. Me has vuelto las espaldas a mí, fuente de aguas vivas, repiten los profetas (Jer 1-11). La venida de Jesús destruye este pecado del hombre que se cierra sobre si.
El pecado de toda la humanidad: paganos y judíos (Rm 1-11)
Este pecado, que es la involución sobre sí mismo en contra de la inclinación que impulsa a todo ser al amor, ha inundado la humanidad. Seamos lo que seamos, paganos o judíos, tenemos que reconocer que hemos incurrido en él: el pagano, que no reconoce al creador en la creación, sino que violenta las cosas en beneficio propio; el judío, que habiendo recibido las promesas y la ley de Dios, las convierte en orgullo propio y se cree mejor que los demás. Así, «el mundo entero es reconocido culpable ante Dios» y se encuentra aprisionado por el mal y la muerte. El que quiere salir de esa prisión, experimenta en sí mismo la escisión interior y no hace el bien que quiere, sino el mal que no quiere. Para unos y otros no hay salvación, ni vida, ni justicia, sino en el reconocimiento de Jesucristo que se ha hecho nuestra justicia. En el obra Dios la misericordia, haciendo que se derrumbe el muro de separación y matando el odio (Ef 2).
Esta larga historia, descrita por san Pablo, que es la historia de la humanidad, es también nuestra historia personal. También en mí coexisten un pagano y un judío, que se apoderan de los dones de Dios como de un universo que les sacia, donde el yo es rey y donde reina la muerte.
3. NUEVA FORMULACIÓN DE ESTA REVELACIÓN EN LA PARÁBOLA DE «LOS HIJOS» (Lc 15, 11-32)
Es conveniente releer esta parábola a la luz de la carta a los Romanos. Podremos reconocer uno tras otro el pecado del pagano y el del judío. El pecado del pródigo, que se sirve de la libertad para acaparar bienes, es el del pagano, la herencia que me corresponde-dice-es mía. No piensa más que en él, ni puede acabar de otro modo que en la ruina. Para salir de ella, no tiene mas remedio que reconocer a aquel de quien lo ha recibido todo: volveré a mi Padre. Nuevamente la libertad se abre al amor. El irreprensible, el otro, el judío de la carta a los Romanos, no obstante su observancia, esta cerrado a este amor. Se sirve de su justicia para reclamar sus derechos y despreciar a su hermano. No comprende que «todas mis cosas, tuyas son». Salir del pecado, cualquiera que sea el número de las faltas, es volverse totalmente al amor, para reconocer en él la fuente de todo bien.
Lo mismo el uno que el otro, prodigo o irreprensible, no pueden ser justificados sino reconociendo la justicia del Hijo único, «primogénito de toda criatura», que siendo por naturaleza igual al Padre, se hizo semejante a los hombres, hecho pecado como ellos, a fin de salvarlos a todos (Col 1, 15; Fil 2, 6-8).
Cuando el yo se cierra al amor, se convierte sucesivamente en Satanás, Adán, Eva, miembro de la familia de los pecadores. Cuando reconoce lo que él es y se abre al amor, se convierte sucesivamente en Cristo, en la Virgen, en un miembro de la familia de los santos.
El desarrollo de nuestra historia de pecado se nos presenta a la inversa de su desarrollo real. Desde un principio se nos conduce a la entraña de la realidad invisible, al pecado-tipo que está en el origen de todo según lo revela la fe. En la realidad no solemos caer en la cuenta de este «mal oculto» (Sal 19-18, 13), sino poco a poco, en la medida que crece nuestra libertad. Cristo ha venido para revelación del pecado universal y también para su destrucción.
Se puede meditar el conjunto de esta historia o alguno de sus momentos particulares, según cada uno desee. En todo caso, la materia no se agota de una sola vez. Esta «profundidad» no se me revela sino poco a poco, en la medida que puedo digerirla y que voy siendo yo mismo.
4. FIN DE ESTA MEDITACIÓN: «COLOQUIO» O «SÚPLICA A JESÚS».
Es muy conocida la oración de la tradición oriental: Jesús, Hijo de Dios, Salvador, ten piedad de mi, pecador. Lo contiene todo y puede ser repetida a lo largo de toda la vida, sin que acabemos nunca de desentrañar su contenido. En ella aparece Jesús lo mismo que en este coloquio en que Ignacio invita al ejercitante al termino de esta meditación: «Imaginando a Cristo nuestro Señor, delante y puesto en cruz, hacer un coloquio, cómo de Criador es venido a hacerse hombre, y de vida eterna a muerte temporal y así a morir por mis pecados… [53]».
El documento firmado de mi condenación está clavado en la cruz (Col 2, 14-15). Ya no hay condena para nadie, si no es para aquel que puesto en presencia de la misericordia, se niega a reconocerla.
A continuación:
El que espera en ti, no se avergüenza (Sal 25-24).
Purifícame de mi maldad oculta. Preserva a tu siervo do orgullo (Sal 19-18; 13-14).
PRIMEROS PASOS EN EL DISCERNIMIENTO
Esta meditación no puede dejarnos indiferentes. Si no nos produjese más que hastío, ese mismo hastío debiera cuestionarnos. De ordinario suele suscitar lo que san Ignacio denomina desolaciones y consolaciones. Esta nomenclatura, como la referente al pecado y a los ángeles, puede resultar extraña. Sin detenernos en ella trataremos de ensayar un primer discernimiento. La conciencia de pecado encuentra en muchos fuerte contradicción. Dicen: soy una calamidad y con eso creen tener conciencia de pecado. En realidad la están negando. Lo que viene del Espíritu no produce despecho, desánimo, angustia de culpabilidad, comparación con los demás, tristeza morbosa. Los sentimientos que llevan la impronta de lo divino son la energía, el gozo, la certeza de ser amados por Dios, el deseo de abrirse mas al amor.
Lo mismo, el conocimiento que hace brotar y crecer este sentimiento no es el resultado de un análisis de sí mismo o de los otros. Descarta toda comparación y hace bajar hasta las profundidades donde a la vez nos reconocemos incapaces de todo bien y llamados a toda perfección «De lo profundo clamo a ti» (Sal 130-129). Puedo gritar: «El Señor me ha salvado, porque me ama» (Sal 18-17, 20).
Se trata de un primer discernimiento realizado por la inteligencia a la luz de la fe. Si brotasen las lágrimas, no serían fruto del despecho. Las lágrimas que hemos de pedir son fruto del Espíritu: Educ de cordis duritia lacrymas compuntionis, decía una oración del misal. Mi corazón es duro como una piedra; haz brotar de el, como Moisés hizo brotar agua de la roca, las lágrimas del arrepentimiento. Estas lágrimas son bienaventuradas: «Bienaventurados los que lloran; porque serán consolados». A diferencia de la «tristeza según el mundo» la cual «produce la muerte», estas lágrimas son «tristeza según Dios» la cual «produce firme arrepentimiento para la salvación» (2 Cor 7, lo). Es decir, que esta meditación solo puede hacerse por personas que se saben salvadas por Jesucristo. Al contrario, para aquellos para quienes Jesús aun no es alguien que vive en nosotros y nos establece en el amor, puede resultar perjudicial porque se sumergen mas aún en su soledad y su tristeza. Esto es algo que la experiencia enseña al Director de Ejercicios; el cual habrá de ser muy cuidadoso en la manera de presentar estas meditaciones, para no provocar un efecto contrario al que se pretende. Estas meditaciones son nocivas si no acrecientan en nosotros el conocimiento y el amor de Jesucristo.
ADVERTENCIAS AL FIN DE LA JORNADA
Tienen por fin ayudarnos a progresar en el discernimiento, situarnos en el orden objetivo de la fe y bajo la acción del Espíritu Santo.
1. Importancia de los comienzos de la oración
Seria mejor decir: la importancia de los puntos de partida, de los «preludios» que crean el ambiente.
El cuidado que en estas cosas pongamos, manifiesta la importancia que damos a la acción del Espíritu. «Demandar lo que quiero», dice san Ignacio. Muchos son los que olvidan alguno de los dos elementos de esta frase y sobre todo olvidan que hay que tener en cuenta su ilación. Yo pido porque cuanto más deseo que una cosa se realice o se rompa en mi, tanto más incapaz me reconozco de conseguirlo. De aquello que Dios me da deseo, también espero de él la realización.
«Lo que yo quiero». Además es frecuente que yo no sepa qué querer; ignoro qué es lo bueno para mi. Y no obstante lo pido en la fe de la Iglesia, sabiendo que Dios me dará a conocer de qué tengo necesidad, si yo me esfuerzo en hacer algo. En mis variadas tentativas, Dios me hará sentir lo que me conviene.
2. Para mantenerse en oración hay modos de ayudarse
Para permanecer el tiempo prescrito, conviene advertir algunos modos que pueden ayudarnos, y particularmente lo mejor parece los Salmos, los textos de la Escritura o de la Liturgia que apuntalen mi oración. Resulta un poco necio y pretencioso quererlo sacar todo de si mismo, cuando el Espíritu se toma el trabajo de instruirnos mediante su Palabra. Poco a poco se va formando en mi, a lo largo del día, un continuo impulso que me lleva de la oración a la lectura, de la lectura a la oración.
3. Paciencia en la espera
Además de que el sentimiento del pecado es obra de la gracia y no de la tensión psicológica, su revelación en la historia de la humanidad, como en la de cada individuo, es progresiva, es decir, que se hace en la medida de las fuerzas del hombre que la recibe. Es importante saber aceptar la medida de gracia que se nos da cada día. El soñar en lo mejor posible, es aquí, como siempre, enemigo de lo bueno real. Ponerse nervioso esperando lo mejor, es exponerse al desaliento que nos hace pasarnos al bando de Satanás. Esperemos, pero sin ansia ni nervios.
Esa paciencia se nutre de una certeza: Dios sólo nos revela nuestra maldad, dándonos un Redentor. «Si te acuso, es signo de que quiero curarte» (Pascal).
4. «Recogida de frutos»
Al fin del día es bueno notar los puntos en que me he ocupado, aunque no sea más que para volver sobre ellos. Son como hitos del Espíritu… Aunque no sea más que para decir una palabra sobre ellos en la visita al director o en el intercambio fraterno. Son también puntos hacia los que empieza a dibujarse una cierta orientación. Por la convergencia entre estos diversos puntos se va dando a conocer la voluntad de Dios, y en último término la elección no pasa de ser, entonces, mas que la recogida de los frutos maduros.
Si uno tiene la impresión de que no saca ningún fruto, es también conveniente decirlo. Creemos a veces que no aprovechamos, mientras, sin darnos cuenta, la gracia va trabajando en nosotros, pero de manera distinta de lo que nosotros pensamos. Como se dice frecuentemente en la Escritura, Dios estaba allí, pero yo no me daba cuenta.