I. La elección en los Ejercicios ignacianos
Se ha dicho. de palabra y por escrito que los Ejercicios de San Ignacio, si no van orientados al discernimiento del “estado de vida”, tienen que desembocar en unos “propósitos” que expresan en concreto la reforma y transformación que debe verificarse luego dentro de la situación vital de cada persona. A todos se nos enseñó e insistió que, si la transformación ha de ser efectiva, esos propósitos tienen que ser más bien pocos. muy concretos, posibles de cumplir, etc.
Pero, hablando con franqueza. ¿qué son estos así llamados “propósitos”? Son decisiones que tomo para hacer un esfuerzo resuelto y sostenido sobre ciertos puntos en que he visto, en mi oración y reflexión personal, que no ando bien o que requieren refuerzo. Pueden versar sobre mis relaciones con los demás, mi trabajo, la disciplina necesaria para la vida de oración o de estudio, etc… Ahora bien, para llegar a hacer estos propósitos, ¿hace falta toda la profunda dinámica de los Ejercicios ignacianos, con su exigente experiencia de oración (de cuatro a cinco horas diarias durante treinta días) y de discernimiento bajo un guía regular y competente: examen de cada hora de oración, coloquio con el director, que debe ayudar al ejercitante a entender su experiencia para luego aceptarla y encontrar gradualmente lo que Dios le quiere dar a entender por medio de dicha experiencia? Francamente, no hay proporción. Como diría el poeta Horacio. “parturiunt montes. nascetur ridiculus mus”: los montes están de parto, y lo que nace es un ratoncito. ¿No bastaría medio día o un día de retiro, con su rato de oración, reflexión, quizá alguna consulta, para hacer estos “propósitos”?
Lo único que justificaría toda esta dinámica sería tomar en las manos la vida toda entera, para entregársela a Dios. Eso es precisamente la “conversión” en el profundo sentido bíblico de la palabra: “metanoia”, cambio de dirección. Nada extraño que San Ignacio defina la naturaleza y objeto de sus Ejercicios como “todo modo de preparar y disponer el ánima para quitar de sí todas las afecciones desordenadas y, después de quitadas, para buscar y hallar la voluntad de Dios en la disposición de su vida para la salud del ánima” (EE 1). En otras palabras, la meta de los Ejercicios es la “Elección”, buscar y hallar la voluntad de Dios en el arreglo, orden u orientación de mi vida (=la disposición de mi vida) para la salvación.
Ahora bien, una manera como puedo entender “la voluntad de Dios en el arreglo, orden u orientación de mi vida para la salvación” es ciertamente el estado de vida a que Dios me llama. Pero no es la única, ni la más íntima y radical. Al nivel más profundo, “la voluntad de Dios en el arreglo, orden u orientación de mi vida para la salvación” es mi irrepetible singularidad, el “nombre” que Dios me ha puesto, esto es, mi “yo” más íntimo y verdadero, mi “Vocación Personal”, como la llamo yo. El sentido auténtico de la “Elección” en la dinámica de los Ejercicios ignacianos es un caer en la cuenta, en una progresiva libertad interior del designio o plan personal que Dios ha trazado para mí, de manera que yo lo acepte de veras para vivirlo fiel y generosamente. Y ahora me pregunto: ¿cuál es -en su sentido más radical, más radical aún que mi “estado de vida”- el plan y designio que tiene Dios para mí si no esa singularidad que me ha conferido, mi “yo” más íntimo y verdadero, mi “Vocación Personal”?