Buscad al Señor con alegríaOración contemplativa

6. El hombre de oración

“Ellos ya no tendrán más hambre ni sed; no les abatirá más el sol ni ardor alguno” (Ap 7,16).
“Los que en un tiempo no erais pueblo de Dios, ahora habéis venido a ser pueblo suyo” (1 Pe 2,10).

Cualquier cristiano consciente y cualquier religioso lúcido y coherente consigo mismo siente la insaciable necesidad de orar. La oración es, de hecho, el instrumento indispensable para la construcción de la propia vida. El cristiano o el religioso que abandonan la oración ya no son lo que dicen que son. Han perdido su identidad. Nadie puede tomar en serio a los que proclaman con la boca y tal vez con símbolos exteriores que son religiosos, pero no rezan. Parecen unos desgraciados travestis.

La oración es para el hombre la puerta abierta hacia todos los bienes, el laboratorio donde se construye la grandeza humana, espiritual y funcional del hombre. La oración es la forja del amor, del amor que engendra amistad y fraternidad; la inevitable respuesta del hombre al Señor que nos amó primero con un cariño inefable. El amor de la persona que se ha forjado en la fragua de la oración es la prueba más elocuente del amor de Dios a los hombres. El amor sencillo, sincero y discreto del hombre de oración estimula la fe de los que se acercan a él. El hombre de oración proclama con el argumento convincente de su estilo de vida que Dios ama a todos los hombres de una forma totalmente gratuita. El ejemplo de vida del hombre de auténtica oración es una nueva palabra de Dios al mundo. El santo es siempre un sermón de campanillas del Señor a los hombres. Es una reafirmación de la verdad y de la vitalidad siempre actual del evangelio. El hombre de oración es como una palabra de la Palabra, la personificación de la parte vital del evangelio. Todo el evangelio es importante, como aquel que lo dictó. Los hombres de oración son otros tantos fragmentos del Cuerpo Místico de Cristo. Dios sigue hablando a los hombres; sus mensajes de amor, siempre actualísimos, son escritos en la vida de sus siervos fieles.

La vida del auténtico hombre de oración es un grito de trueno de alerta al mundo. Proclama con impresionante fuerza profética la necesidad de vivir en la presencia de Dios como condición para desarrollar un nuevo y verdadero humanismo integrador.

La parte del ejemplo que hay que imitar en la vida del santo no son tanto sus gestos y sus obras como sus actitudes. Son éstas las que condicionan sus gestos, sus acciones y su manera de comportarse.

El reencuentro con la oración auténtica y profunda en la Iglesia, sobre todo en el sacerdocio y en la vida religiosa, es hoy tal vez el objetivo número uno del esfuerzo general de renovación. Todos los cristianos, pero sobre todo los sacerdotes y los religiosos, son llamados por Dios para vivir intensamente la dimensión contemplativa propuesta por el evangelio. Del éxito de este esfuerzo depende la renovación apostólica. ~l cristiano que se decide a optar por Cristo, a quemar su vida por él, confunde en una única expresión de fidelidad y de generosidad la experiencia de Dios, el amor a Jesucristo, el amor a la Iglesia y a los hombres.

El hombre de oración siempre es profeta: amigo de Dios, testimonio vivo de su experiencia y de su amor. Cuando habla no se limita a repetir conceptos bíblicos o teológicos. Comunica experiencias. Por eso su profecía es más persuasiva. Quienes la reciben profundizan en el conocimiento de Dios tal como lo revela por su propia vida el hombre de oración: un Dios verdadero, sabio, poderoso y misericordioso; descubren que el Señor los ama por encima de toda medida; es rico, generoso y hasta pródigo en sus dones; es vivo, real e irresistible para quien lo descubre; un tesoro por cuya adquisición el que lo ha descubierto está dispuesto a vender todos sus bienes. La vida del hombre de oración es la historia del Señor escrita en la vida de un hombre.

La fuerza espiritual de transformación del hombre de oración reside en su original experiencia sobrenatural de contemplación de unas realidades que no son de este mundo. Al vivir totalmente su entrega a la acción de Dios, su existencia está sembrada de intervenciones divinas que sorprenden y estimulan a los hombres a seguir su ejemplo.

Un dato interesante que se ha observado en las personas que realizan una auténtica experiencia es que empiezan a sentir gusto en tratar de asuntos espirituales. Hablan gustosamente del Señor, lo mismo que el que se siente enamorado se complace en poder hablar de la persona amada.

La vida de oración es siempre algo estrictamente personal que rebosa del sujeto y contamina a los demás. El hombre de oración vive permanentemente en la presencia de Dios. Nunca se siente totalmente solo. Por eso la vida de oración es el modo de vivir constantemente en oración. La persona puede realmente llegar a adoptar, en su relación personal con el Señor, una actitud interior natural y espontánea, semejante a la del niño en relación con sus padres. Debido a la influencia de ciertos aspectos del mundo exterior perdemos esa maravillosa actitud interior para con los seres queridos y vivimos más o menos dispersos en nuestra superficialidad. Será menester reconstruirla. Volver a nuestros sentimientos primitivos de amor en nuestra relación con Dios. Por eso la mayor parte de las personas que quieren mejorar su nivel de oración creen que deberían reconstruir más o menos laboriosamente su interioridad de amor. No se trata, sin embargo, de construir o de reconstruir nada. La vida de oración no es fruto del esfuerzo humano. Es algo muy natural y espontáneo que ya existe en la intimidad del hombre. Aprender a orar o a orar mejor es únicamente dar aliento a esa llama tan débil y casi apagada, que, en realidad, jamás se extinguirá por completo. Es un germen de vida sobrenatural inactivo que es preciso que se desarrolle, que se abra, que se intensifique.

La vida de oración es esencialmente vida de fe. Algo muy sutil y delicado, como la conciencia de la certeza de que se ama al Señor. El deseo más intimo y más verdadero del que adquiere vida de oración es el de Dios. Un deseo permanente, vivido en actitud de mirada sencilla y sincera dirigida al Señor.

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