Buscad al Señor con alegríaOración contemplativa

8. Orar con satisfacción

“Así como abundan en nosotros los padecimientos de Cristo, así también, por Cristo, abunda nuestra consolación” (2 Cor 1,5).
“Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo…, que nos consuela en todas nuestras tribulaciones (2 Cor 1,34).

En el capítulo 4 de su carta a los Filipenses, san Pablo habla de la alegría, del gozo y de la paz de aquellos que viven junto al Señor y permanecen íntimamente unidos a él por medio de la oración constante: “Alegraos en el Señor siempre; lo repito: alegraos. Que vuestra benignidad sea notoria a todos los hombres. El Señor está cerca. No os inquietéis por cosa alguna, sino más bien en toda oración y plegaria presentad al Señor vuestras necesidades con acción de gracias. Y la paz de Dios, que sobrepasa toda inteligencia, guardará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús” (Flp 4,4-7). La paz, la alegría y la satisfacción interior son sentimientos que sólo pueden percibirse en una actitud interior de sencillez. Es que “el que no reciba el reino de Dios como un niño no entrará en él” (Mc 10,15). Y Jesús se alegra de que estas cosas hayan sido dispuestas de esta manera: “Yo te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque habiendo ocultado estas cosas a los hombres sabios y hábiles se las has revelado a los sencillos” (Lc 10,21).

Ir a Dios es fácil. No es tan complicado como esos pasos que han de dar los hombres para encontrarse con algún personaje importante. No es necesario ser diplomático, o político, o experto en cualquier tipo de conocimiento. Basta con ser pobre, es decir, tan limitado y tan sencillo como un niño.

Orar no es hacer cosas, pronunciar palabras simbólicamente ricas. Estas no son en la oración más que unos vehículos sensibles, más o menos elocuentes, de los contenidos de la intimidad del corazón. La oración no es algo que se cree o que se invente a partir de palabras, de ideas o de técnicas psicológicas. Como el amor, y también como el odio, la envidia, el orgullo, etc., la oración es algo que nace del corazón que ama. Es un estado del alma.

Hay quien lleva en su pecho un corazón orante sin saberlo. Una fuente riquísima que no puede brotar porque está tapada por una pesada piedra. Espiritualmente, este hombre vive adormecido. Ignora la riqueza de vida que está oculta en él. Le basta con apartar la piedra para que la oración brote espontáneamente a chorros. El hombre de oración es un hombre nuevo, regenerado. Un hombre cuyo adorno no es lo exterior, “sino el interior, que radica en la integridad de un alma dulce y tranquila: he ahí lo que tiene valor ante Dios” (1 Pe 3,4).

En el caso de los educadores y de los formadores no se trata de educar a sus alumnos para la oración por medio de técnicas. Se trata siempre y exclusivamente de un problema de autoformación. Aquí el papel del educador y del formador consiste en crear condiciones favorables, condiciones que estimulen y faciliten la búsqueda para el descubrimiento. La semilla de la oración duerme en lo más íntimo del corazón de todos los hombres. Sólo puede germinar y crecer si se la estimula convenientemente por medio de factores de orden educacional. Los educadores y formadores plantamos, Apolo riega, pero sólo Dios puede hacer crecer.

El que no ora es como el hombre que duerme espiritualmente. Sus funciones orgánicas existen, pero no tiene conciencia de ellas. Es igualmente incapaz de controlar sus movimientos y de ordenarlos con vistas a un comportamiento libre. Aprender a orar es también aprender a despertar y a dar vida a la gracia bautismal, que permanece inactiva por congelación.

En el hombre natural se constata una falta de consistencia. Una discrepancia entre el cuerpo y el espíritu, que repercute en su ser como un desequilibrio y una disonancia existencial. Todos los hombres experimentan un anhelo profundo de unificación y de armonía. Sólo la oración es capaz de sanar esa contradicción interna. Desencadena energías latentes, que son las únicas capaces de restablecer el equilibrio primitivo perdido por el pecado, cuyas nefastas consecuencias todos hemos heredado.

La auténtica experiencia de Dios sigue generalmente el modelo paulino. Antes de conocer y de aceptar la buena nueva, la fe de Saulo, un hombre integro, pero que perseguía ferozmente a los cristianos, se regulaba únicamente por los dictados de la antigua ley mosaica. El acontecimiento estrepitoso en el camino de Damasco puso a aquel hombre en contacto directo con la nueva realidad del evangelio de Jesucristo. La evidencia de aquella realidad lo aplastó. Lo dejó triturado. No pudo ya resistir al ímpetu de la gracia como hasta entonces. Sucumbió a la evidencia de los hechos. Resolvió entregarse en cuerpo y alma a ese Jesucristo que, unos meses antes, él mismo había ayudado a crucificar en uno de los suyos como un pérfido impostor. Entonces se le abrieron los ojos a una verdad deslumbradora: Jesucristo ha resucitado de entre los muertos y es el hijo de Dios vivo entre nosotros.

A partir de este encuentro personal con Jesucristo, Pablo empezó a apasionarse por el nuevo amigo. Luchó con él y por él para la expansión de su reino de salvación sobre la tierra. Se llenó de orgullo por Cristo. Lo siguió con decisión. Y por él arrostró toda clase de dificultades y de peligros, resuelto a no retroceder ni siquiera ante la muerte.

Cualquier persona que en cualquier momento de su vida haya hecho un descubrimiento semejante al de san Pablo sigue generalmente los mismos pasos que él en su crecimiento espiritual. El que ha descubierto experimentalmente a Jesucristo no puede menos de vincular a él toda su vida. La santa humanidad de Jesucristo permite vivir la relación con Dios de un modo más palpable, más activo y más humano. Esto lo facilita todo en la vida espiritual. La experiencia de Dios se hace más viva, más concreta y más humana cuando se vive de este modo. Santa Teresa de Jesús afirma que no hay otro camino más rápido, más verdadero y más eficaz para llegar a la unión íntima con Dios que éste. A partir de la humanidad de Jesucristo, el misterio de Dios se hace más accesible al hombre.

Santa Teresa de Jesús, la maestra de espiritualidad en Occidente, hizo personalmente la experiencia de esta realidad mística. Afirma que es más fácil llegar a Dios a través de la relación personal e íntima con la santa humanidad de Jesucristo. Aconsejaba decididamente seguir este método en la búsqueda de progreso espiritual. La persona de Jesucristo era el punto central de todas sus preocupaciones en su vida de oración, de trabajo y de relaciones interpersonales en la comunidad y fuera de ella. Habla de Jesucristo como una mujer apasionadamente enamorada de su amado. Todo en su vida giraba en torno a Jesucristo. El era también el objeto de sus amores juveniles. Deseaba morir mártir por él. Realizó la maravillosa experiencia del matrimonio místico con Jesucristo, al que se refería apasionadamente como “mi divino esposo”. Hasta el fin de su vida vivió intensamente esta realidad mística.

Entre los que poco o nada entienden de vida espiritual hay algunos que consideran el extraño modo de vivir de santa Teresa de Jesús como un conjunto de fenómenos histéricos y mitomaníacos. Fuera del contexto de la fe esos fenómenos no encuentran realmente otra explicación. Pero si la santa se hubiese casado y hubiera vivido esos mismos sentimientos en relación con el hombre amado, sus ignorantes detractores la considerarían probablemente tan sólo como una mujer normalmente apasionada. Y su hipotético marido se sentiría, ciertamente, un verdadero afortunado.

Pero la fe simple y encarnada (no la mitomanía o la paranoia), vivida con mucha generosidad, puede llevar al hombre a esas realidades místicas. La verdadera mística no es sinónimo de histeria, de fanatismo o de mitomanía. Es una actitud y un comportamiento normal y coherente de una persona capaz de creer en una realidad más allá de las cosas materiales y sensibles. La realidad religiosa del cristianismo no ha nacido de una imaginación exaltada o de las piadosas suposiciones de una mentalidad fanática. Tiene el aval de la irrefutable revelación divina y la garantía plena de la historia, junto con el apoyo moral de la experiencia plurisecular de los hombres.

Santa Teresa de Jesús recomienda vivamente que el punto de referencia de nuestra relación con Dios sea la santa humanidad de Jesucristo: “¿Quién nos quita estar con él después de resucitado, pues tan cerca le tenemos en el sacramento adonde ya está glorificado?… Con tan buen amigo presente, con tan buen capitán que se puso en lo primero en el padecer, todo se puede sufrir. Es ayuda y da esfuerzo; nunca falta; es amigo verdadero. Y veo yo claro y he visto después que, para contentar a Dios y que nos haga grandes mercedes, quiere sea por manos de esta Humanidad sacratísima, en quien dijo Su Majestad se deleita. Muy, muy muchas veces lo he visto por experiencia; hámelo dicho el Señor; he visto claro que por esta puerta hemos de entrar, si queremos nos muestre la soberana Majestad grandes secretos”‘. Y continúa la santa: “Así que vuestra merced, señor, no quiera otro camino, aunque esté en la cumbre de contemplación; por aquí va seguro. Este Señor nuestro es por quien nos vienen todos los bienes; él lo enseñará; mirando su vida es el mejor dechado. ¿Qué más queremos de un tan buen amigo al lado, que no nos dejará en los trabajos y tribulaciones, como hacen los del mundo? Bienaventurado quien de verdad le amare y siempre le trajere cabe sí”.

Imitar a Jesucristo es aprender a decir “¡Abba, Padre!”, “Padre, Padre mío”, como él. Para poder repetir con toda sinceridad, con autenticidad y espontaneidad estas palabras, es necesario ser un poco como Jesús, sentirse realmente hijo del Padre.

Se trata de todo un proceso de transformación interna. El medio más excelente, tal vez el único realmente eficaz, de estimular y de dinamizar este proceso es la oración. El que quiera progresar tiene necesidad de revisar constantemente su vida para verificar si está o no en ese proceso. Únicamente aquellos que se encuentran realmente envueltos en este proceso de crecimiento pueden rezar con todo su corazón: “¡Padre nuestro, que estás en los cielos…!” ¡Cuántos hermanos nuestros no conocen al Señor! Entrar en el proceso de transformación del hombre natural en hijo de Dios y hermano de Jesucristo supone una decisión y un trabajo personal de colaboración con la gracia. Sin esa revisión constante corremos el peligro de dejarnos enredar por la presión materialista que hoy se hace sentir por todas partes.

Hay un trabajo personal en el que nadie puede sustituirnos. Nadie puede llevarnos a una mayor y más generosa entrega a Cristo si nosotros mismos no estamos dispuestos a ello. El descubrimiento de la realidad personal, quizá más negativa que positiva, puede despertar un primer movimiento interior dirigido a una progresiva transformación. Ser sinceros con nosotros mismos es una buena señal para el comienzo de este trabajo de una lenta conversión.

Cada persona se representa al Señor como puede. La imagen que aparece en la fantasía coincide generalmente con una de las muchas que hemos visto y que nos impresionaron profundamente en el pasado. Es importante saber que Jesús no está realmente presente del modo como nosotros nos lo representamos mentalmente. Pero lo cierto es que él está de algún modo junto a la persona que se pone en su presencia de acuerdo con lo que él mismo nos explicó. El nos escucha. Para orar basta con que sintamos que él está ahí, a nuestro lado, de la misma manera como el ciego siente la presencia de una persona a la que no puede ver.

Imaginar que Jesús está a nuestro lado es uno de los métodos más prácticos de vivir constantemente en la presencia de Dios. Permite entretenerse familiarmente con él incluso durante nuestras ocupaciones. Santa Teresa de Jesús practicaba este método de oración y lo recomendaba vivamente a todos. Afirma que por este medio se puede llegar rápidamente a una estrecha unión con el Señor.

Ciertos tipos de contemplación pueden presentar dificultades a algunas personas. Hay algunos que encuentran difícil sumergirse en una situación imaginativa porque no comprenden la significación simbólica profunda que esto encierra. Confunden el símbolo con la irrealidad. De ellos dice Tony de Mello, autor de Sadhana, un camino de oración, que esas personas “están tan enamoradas de la verdad de la historia, que pierden la verdad del misterio. La verdad para ellos está únicamente en la historia, no en la mística”. Los santos viven sus piadosas imaginaciones y fantasías como verdades místicas. Saben muy bien que ésta es una realidad distinta de las realidades materiales. Vividas con fe, estas piadosas imaginaciones o fantasías se convierten en maravillosas realidades espirituales de las que los contemplativos sacan ricos efectos de crecimiento en el amor al Señor y a la Virgen María.

Todas las contemplaciones imaginativas utilizan ciertos símbolos o se basan en ciertos hechos históricos. Ayudan a descubrirse a si mismo, a Dios y la relación que se puede establecer con él. El sujeto se proyecta en ellas de modo parecido a como se proyecta en los sueños. Los sueños no engañan. Dicen siempre algo verdadero de la realidad interior del soñador. Por eso mismo permiten conocer al verdadero yo. En la profundidad de su ser, la persona es realmente tal como aparece en sus sueños… y en su modo auténtico de contemplar.

A pesar de la sorprendente semejanza de algunos aspectos de la actividad contemplativa con la actividad onírica, es preciso no confundir la una con la otra. Desde el punto de vista epistemológico hay por lo menos una diferencia esencial entre contemplar y soñar. Contemplar es un acto libre con valor de acto intencional y humano. Por consiguiente, confiere a quien lo realiza una responsabilidad personal igual a la de cualquier otro acto humano libre. Por el contrario, el acto de soñar se reduce a una manifestación espontánea determinada por una necesidad instintiva de autodefensa del equilibrio de la personalidad. Contempla el que quiere. El soñar es una función psicobiológica espontánea semejante a las necesidades de descansar, de trabajar, de crear, de comer.

Vivenciar una auténtica fantasía o una contemplación imaginativa significa transformarse en un ser más verdadero. Cambia entonces el modo de relacionarse con Dios y con los demás hombres. De ahí se deduce la gran utilidad que tiene este tipo de oración. Sirve para la expansión del hombre y para darle su verdadera dimensión humana y espiritual.

Santa Teresa de Jesús, la maestra espiritual más docta del Occidente, defendió siempre con denuedo la utilización de la imaginación y de la fantasía en la oración. Vivenciaba en la profundidad más íntima de su ser las escenas piadosas que se imaginaba. Afirma que éste fue siempre el modo más simple y más fácil de sumergirse en los secretos del Señor. Mejor que cualquier otro santo, ella supo huir del pensamiento activo para orar y contemplar en el ámbito del afecto y de la imaginación. Oraba de seguido, imaginándose estar junto al Señor en su agonía del huerto de los Olivos. Procuraba consolarle en esta situación de extrema penuria. Imaginaba y vivenciaba amorosamente otras muchas situaciones, en las que conseguía comunicarse íntimamente con el Señor para su gran provecho espiritual. Para que se dé un aprovechamiento real de crecimiento espiritual en este tipo de oración contemplativa es imprescindible que la vivencia no se limite a una actividad puramente mental. Tiene que ser, sobre todo, una experiencia interior del “corazón”.

De la manera con que santa Teresa de Jesús escribe y explica su método de orar se puede deducir que aquella mujer estaba realmente enamorada de Dios. Le doy a esta palabra la fuerza que se le da cuando la utilizamos para decir que fulano o fulana está enamorado o enamorada de éste o de aquél, de esta mujer o de aquélla. “Puede representarse delante de Cristo y acostumbrarse a enamorarse mucho de su sagrada humanidad y traerle siempre consigo y hablar con él, pedirle para sus necesidades y quejársele de sus trabajos, alegrarse con él en sus contentos y no olvidarse por ellos, sin procurar oraciones compuestas, sino palabras conforme a sus deseos y necesidad. Es excelente manera de aprovechar y muy en breve, y quien trabajare a traer consigo esta preciosa compañía y se aprovechare mucho de ella y de veras cobrare amor a este Señor a quien tanto debemos, yo le doy por aprovechado”. La santa explicó también que tenía dificultades en representarse imaginariamente cosas no concretas que pudiese ver como si estuviesen allí: “Yo sólo podía pensar en Cristo como hombre; mas es ansi que jamás le pude representar en mi -por más que leía su hermosura y veía imágenes-, sino como quien está ciego o a oscuras, que, aunque habla con una persona y ve que está con ella (porque sabe cierto que está allí, digo que entiende y cree que está allí), mas no la ve. De esta manera me acaecía a mi cuando pensaba en nuestro Señor; a esta causa era tan amiga de imágenes. ¡Desventurados de los que por su culpa pierden este bien! Bien parece que no aman al Señor, porque si le amaran holgáranse de ver su retrato, como acá aún da contento ver el de quien se quiere bien”.

Esta parece ser una indicación más o menos clara respecto a los momentos de sequedad espiritual que la santa conocía como cualquier otro mortal: “Ni yo gozaba de Dios ni traía contento en el mundo. Cuando estaba en los contentos del mundo, en acordarme lo que debía a Dios era con pena; cuando estaba con Dios, las aficiones del mundo me desasosegaban; ello es una guerra tan penosa, que no sé cómo un mes la pude sufrir, cuanto más tantos años”.

Al comentar el sufrimiento de la sequedad espiritual, santa Teresa de Jesús escribe: “Si el hortelano se descuida y el Señor por sola su bondad no torna a querer llover, dad por perdida la huerta (i. e. las consolaciones), que así me acaeció a mi algunas veces, que, cierto, yo me espanto y, si no hubiera pasado por mi, no lo pudiera creer. Escribolo para consuelo de almas flacas como la mía, que nunca desesperen ni dejen de confiar en la grandeza de Dios. Aunque después de tan encumbradas como es llegarías el Señor aquí cayan, no desmayen si no se quieren perder del todo, que lágrimas todo lo ganan; un agua trae otra… Yo quisiera aquí tener gran autoridad para que se me creyera esto… Digo que no desmaye nadie de los que han comenzado a tener oración con decir: si torno a ser malo es peor ir adelante con el ejercicio de ella. Yo lo creo si se deja la oración y no se enmienda de el mal; mas, si no la deja, crea que le sacará a puerto de luz”.

Creo que es muy interesante para nuestro propósito reproducir a continuación una página de la autobiografía de la santa, en donde nos habla de su sufrimiento interior debido a la aridez espiritual: “Para mujercitas como yo, flacas y con poca fortaleza, me parece a mi conviene, como Dios ahora lo hace, llevarme con regalos, por que pueda sufrir algunos trabajos que ha querido Su Majestad tenga; mas para siervos de Dios, hombres de tomo, de letras, de entendimiento, que veo hacer tanto caso de que Dios no los da devoción (sensible), que me hace disgusto oírlo, no digo yo que no la tomen -si Dios se la da- y la tengan en mucho, porque entonces verá Su Majestad que conviene; mas que cuando no la tuvieren, que no se fatiguen y que entiendan que no es menester -pues Su Majestad no la da- y anden señores de si mismos; crean que es falta, yo lo he probado y visto; crean que es imperfección y. no andar con libertad de espíritu, sino flacos para acometer.

Esto no lo digo tanto por los que comienzan (aunque pongo tanto en ello, porque les importa mucho comenzar con esta libertad y determinación), sino por otros; que habrá muchos que lo ha que comenzaron y nunca acaban de acabar. Y creo es gran parte este no abrazar la cruz desde el principio, que andarán afligidos pareciéndoles no hacen nada; en dejando de obrar el entendimiento no lo pueden sufrir, y por ventura entonces engorda la voluntad y toma fuerza, y no lo entienden ellos. Hemos de pensar que no mira el Señor en estas cosas, que aunque a nosotros nos parecen faltas no lo son; ya sabe Su Majestad nuestra miseria y bajo natural mejor que nosotros mismos y sabe que ya estas almas desean siempre pensar en él y amarle. Esta determinación es la que quiere; estotro afligimiento que nos damos no sirve demás de inquietar el alma y, si había de estar inhábil para aprovechar una hora, que lo esté cuatro… Y ansi es bien, ni siempre dejar la oración cuando hay gran distraimiento y turbación en el entendimiento ni siempre atormentar el alma a lo que no puede”.

¿Y las distracciones en la oración? Oiga el lector lo que santa Teresa de Jesús dice sobre ello: “Harta mala ventura es de un alma que ama a Dios ver que vive en esta miseria y que no puede lo que quiere, por tener tan mal huésped como este cuerpo… Ansi que tomo a avisar -y aunque lo diga muchas veces no va nada- que importa mucho que de sequedades ni de inquietud y distraimiento en los pensamientos nadie se apriete ni aflija. Si quiere ganar libertad de espíritu y no andar siempre atribulado, comience a no se espantar de la cruz y verá cómo se la ayuda también a llevar el Señor y con el contento que anda y el provecho que saca de todo…”.

En contra de lo que a veces se oye decir respecto a las consolaciones en la oración, santa Teresa de Jesús cree que son un cosa buena y útil para una buena oración. Habla de orar con satisfacción. “Era tan grande el deleite y suavidad que sentía, y muchas veces sin poderlo excusar, puesto que veía en mí por otra parte una grandísima seguridad que era Dios, en especial cuando estaba en la oración, y veía que quedaba de allí muy mejorada y con más fortaleza”.

En otra página de su admirable autobiografía la santa continúa: “Bien entendía yo -a mi parecer- le amaba (a Su Majestad), mas no entendía en qué está el amar de veras a Dios como lo había de entender… No me parece acababa yo de disponerme a quererle servir, cuando Su Majestad me comenzaba a tornar a regalar. No parece sino que lo que otros procuran con gran trabajo adquirir granjeaba el Señor conmigo que yo lo quisiese recibir, que era ya en estos postreros años darme gustos y regalos. Suplicar yo me los diese ni ternura ni devoción, jamás a ello me atreví; sólo le pedía me diese gracia para que no le ofendiese y perdonase mis grandes pecados; como los veía tan grandes, aun desear regalos ni gusto, nunca de advertencia osaba… Sólo una vez en mi vida me acuerdo pedirle gustos estando con mucha sequedad, y como advertí lo que hacia, quedé tan confusa que la misma fatiga de yerme tan poco humilde me dio lo que había atrevido a pedir. Bien sabia yo era licito pedirla, mas parecíame a mi que lo que es a los que están dispuestos con haber procurado lo que es verdadera devoción con todas sus fuerzas, que no es ofender a Dios y estar dispuestos y determinados para todo bien”.

Que vea el lector amigo cómo la misma santa, maestra en la vida de oración, vivió la llamada oración de quietud: “Esta quietud y recogimiento del alma es cosa que se siente mucho en la satisfacción y paz que en ella se pone con grandísimo contento y sosiego de las potencias y muy suave deleite… (Es oración que se hace) no con ruido de palabras, sino con sentimiento de desear que nos oiga. Es oración que comprende mucho y se alcanza más que por mucho relatar el entendimiento. Despierte en si la voluntad algunas razones que de la misma razón se representarán de verte tan mejorada para avivar este amor y haga algunos actos amorosos de qué hará por quien tanto debe, sin -como he dicho- admitir ruido del entendimiento a que busque grandes cosas. Más hacen aquí al caso unas pajitas puestas con humildad (y menos serán que pajas si las ponemos nosotros) y más le ayudarán a encender, que no mucha leña junta de razones muy doctas -a nuestro parecer- que en un credo la ahogarán… Porque por la voluntad de Dios todos llegan aquí y podrá ser se les vaya el tiempo en aplicar escrituras; y aunque no les dejarán de aprovechar mucho las letras antes y después (de la oración), aquí en estos ratos de oración poca necesidad hay de ellas -a mi parecer- si no es para entibiar la voluntad; porque el entendimiento está entonces de verse cerca de la luz, con grandísima claridad, que aun yo, con ser la que soy, parezco otra”.

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