En el umbral de la contemplaciónOración contemplativa

Capítulo 4 - El camino contemplativo: visión teológica (I)

Dominicos

Fotografía: Lawrence OP (Creative Commons)

4.1 Definición de la oración contemplativa

Son innumerables las definiciones de la vía contemplativa, y ninguna de ellas completamente adecuada, dada la singularidad de la experiencia que se trata de definir. En algún texto se comenta que resulta sorprendente a primera vista que la Teología no posea todavía una definición precisa de la oración (1). Según Thomas Merton (2), monje trapense y místico contemporáneo, la contemplación es la más alta expresión de la vida intelectual y espiritual del hombre. Es esa vida misma, plenamente despierta, totalmente activa y completamente consciente de que está viva. Para teólogos como J. Moltmann (3) es el lenguaje del Espíritu Santo, que ha sido derramado sobre toda carne (Joel 3, 1ss; He 2, 16ss) en nuestros corazones (Rm 5, 5).

Y pues, ¿qué realiza el Espíritu Santo en la comunión con Cristo? La respuesta tradicional es ésta: la restauración de la imagen de Dios en el hombre, la reconciliación del creyente con Dios, es decir, el estado de gracia; pero esta restauración, cuando es completa, lleva a ser como Dios en la gloria de Dios; el hombre se convierte en imagen de Cristo. Juan de la Cruz decía: Porque contemplación no es otra cosa que infusión secreta, pacífica y amorosa de Dios (4). Nuestros grandes místicos han definido a través de su experiencia las fases por las que pasa la contemplación, en un complejo proceso, que va implicando paulatinamente al orante en todo su ser: en su actividad, pensamiento y afectividad. Este proceso ha sido objeto de estudio para el teólogo, y sobre todo un desafío para la dirección espiritual, que necesita conocer las señales de que una persona está entrando en ese camino. Por eso decía Teresa de Jesús: Porque yo no hallé maestro, digo confesor, que me entendiese, aunque le busqué (5).

Ciertos tratados y cursos de oración, emplean títulos ciertamente equívocos, como el conocido tratado de Alfonso Mª Ligorio El gran medio de la oración; pero es que la oración, hablando con propiedad, no es ningún “medio”, sino “el fin”. En realidad esta obra y título se aplican de modo particular al concepto de la llamada “oración de petición”, que era la que se consideraba –y aun se considera- como habitual y más adecuada para el común de los fieles. También es frecuente decir que “se hace” oración, y en efecto, en lo que se llama oración vocal o mental, el orante se aplica activamente en la recitación de jaculatorias o en la meditación de los misterios divinos o en cualquiera de los atributos de Dios o en los méritos de Cristo. En el caso de la oración afectiva, se produce una implicación emotiva (pena, gozo, ternura) con las situaciones evocadas o con motivo de una lectura o recitación. En estos tres niveles de oración, principalmente en el de tipo vocal, se mueven muchas personas, especialmente si no tienen una orientación religiosa adecuada. Diríamos con Teresa que son las entradas del camino a zonas más profundas: Mas, como es tan bueno, no nos fuerza, antes da de muchas maneras a beber a los que le quieren seguir… …algunas veces charquitos para niños, que aquello les basta, y más sería espantarlos ver mucho agua (6). Especialmente gratificante es la oración afectiva, ya que provoca un gran impacto en el orante, llevándole en ocasiones a cambios radicales en su estilo de vida.

Esta espiritualidad afectiva es muy popular en las iglesias alternativas y las reformadas del tipo evangélico y entre los predicadores ambulantes de América, tanto en EE.UU. como en América Latina (7). Salvando las distancias respecto a las anteriores, en las celebraciones del movimiento carismático católico (8) y dentro de la liturgia eucarística, se produce una manifestación especial de oración afectiva en la que predomina la espontaneidad y manifestación de una sensibilidad colectiva.

De nuevo Santa Teresa da una versión mucho más adecuada de la cuestión: No está la cosa en pensar mucho sino en amar mucho (9). San Juan de la Cruz, con la lucidez que le caracteriza, elabora una descripción “negativa” y escribe: amar es obrar en despojarse por Dios de todo lo que no es Dios (10). Posiblemente ésta es la mejor definición de oración que se ha formulado.

En el punto de partida del orante, el objeto está claro: elevarse hacia la misma fuente del amor de Dios, realizando un esfuerzo (ascesis) amoroso de simplificación en cuanto renuncia a sí mismo, quedando enteramente pasivo. A diferencia de la búsqueda del nirvana (11) o la liberación del Yo de las místicas orientales, o de las tesis iluministas, el orante cristiano no tiende a la disolución en una supraconciencia, sino a la unión con la fuerza transformante conservando la propia identidad, y esa seguridad le acompaña en todas las fases de la oración.

A partir de la introducción de la sospecha de heterodoxia sobre la oración de recogimiento, en los círculos oficialistas de la Iglesia se ha patrocinado la oración mental y la meditación discursiva como caminos más idóneos y sobre todo seguros. Se consideraba, a nivel general, que la mística era para muy pocos y que el místico era un ser excepcional que debía ser elevado a la oración contemplativa por designio divino y mediante algún acontecimiento maravilloso. Se presentaba a los santos como portadores de virtudes heroicas en un grado “inhumano” en cierto modo, a quienes se pretendía mostrar como modelo - inalcanzable - de perfección. Los estereotipos más llamativos son los mártires de los primeros siglos y las crónicas y leyendas sobre acontecimientos portentosos de las vidas de los santos. Este concepto se ha popularizado hasta nuestros días, con cierta aprobación por parte del clero, como reacción al pseudomisticismo del siglo XVII. Tras las condenaciones definitivas proclamadas por la Santa Sede frente a heterodoxia iluministas (12), muchos católicos llegaron a la conclusión de que el camino más seguro en la vida espiritual era el “ordinario” de la práctica de las virtudes y frecuentación de los sacramentos. Se señalaba el camino de los místicos como extraordinario y no pocas veces sospechoso.

Esta actitud se reforzó en algunos lugares como Francia, en la que se daba un renacimiento del jansenismo, modalidad religiosa de gran influencia hasta el siglo XVIII, que concedía gran importancia al ascetismo, a la negación de sí mismo y rechazo de todos los placeres humanos, y que inducía a creer en cierto tipo de predestinación. Aunque esta corriente de pensamiento no ha sido nunca aprobada por el Magisterio de la Iglesia, su arraigo popular permanece visible y posiblemente tardará bastante en desaparecer. Recientemente Benedicto XVI ha dicho: Para ser santos no es necesario realizar acciones y obras extraordinarias, ni poseer carismas excepcionales (13). Y previamente había destacado en un artículo publicado en L’Osservatore Romano: Virtud heroica no quiere decir que el santo sea una especie de “gimnasta” de la santidad, que realiza unos ejercicios inasequibles para las personas normales (14).

Todos son llamados a ser santos. Estas palabras del apóstol Pablo fueron recogidas en el concilio Vaticano II (15) y confirman que la santidad y la contemplación no son para unos pocos, como comúnmente se ha entendido, sino para todos. Jesús no enseñaba en las escuelas rabínicas ni en círculos selectos: se dirigía al pueblo llano, hablaba con “los pecadores” y enseñaba a adorar a Dios, ni en Jerusalén ni en Samaria, sino “en fe y espíritu”. La primera catequesis de la oración de recogimiento es suya: entra en tu cuarto… (Mt 6,6.). Esta Buena Nueva no es sino la conclusión de la promesa bíblica, formulada inicialmente en términos comprensibles a un pueblo de pastores. Pero en la misma promesa, debe entenderse que la “descendencia de Jacob” (Gen 12) es el pueblo judío entero llamado a la santidad (justificación), y desde el cual se ha proclamado esta llamada a toda la humanidad. Juan Pablo II ha clamado en numerosas ocasiones por la renovación espiritual y ha destacado la importancia de la oración como camino de esta renovación: el fundamento mismo, el alma de la vida cristiana y una condición para toda vida pastoral auténtica… …Hace falta, pues, que la educación en la oración se convierta de alguna manera en un punto determinante de toda programación pastoral (16).


(1) FRIES, H. Conceptos fundamentales de Teología. p 185. Ed. Cristiandad, Madrid 1979
(2) MERTON, T. Nuevas semillas de contemplación. Sal Terrae, Madrid 2003
(3) MOLTMANN, J. Theology of Mystical Experience, Scott Journal of Theology, 32 (1979) 501-520.
(4) JUAN DE LA CRUZ. Noche Oscura 10, 6
(5) Vida, 4, 7. Se refiere al debate con sus confesores en cuanto a la recomendación de dejar la meditación discursiva
(6) Camino, 20, 2
(7) SANCHEZ NOGALES, JL. La nostalgia del eterno. CGS, Madrid 1997
(8) Surgido en Estados Unidos en 1966, se difundió prontamente y fue primero aprobada por los obispos americanos y posteriormente por Pablo VI que le otorgó reconocimiento oficial en mayo de 1975
(9) Moradas 4, 1, 7
(10) Subida II, 5, 7
(11) Del sánscrito; literalmente, extinción. Según el budismo, estado que se alcanza por la meditación, en el cual se está más allá del nacimiento y muerte y en que la ignorancia y el deseo han sido extinguidos. Cf. ARVON, H. El budismo. Publicaciones Cruz O. S.A., 1991
(12) DENZINGER, El magisterio de la Iglesia. 1221 y sig.; 1327 y sigs. Herder, Barcelona 1955
(13) Discurso con motivo de la festividad de Todos los Santos, 1 de noviembre de 2006
(14) RATZINGER J. L’Osservatore Romano, 6.X.02
(15) LG 40
(16) J PABLO II. Novo Millennio Ineunte 31
en-el-umbral-de-la-contemplacion-13
Anterior

Capítulo 3 - Reacción y crisis de la mística del recogimiento (II)

en-el-umbral-de-la-contemplacion-15
Siguiente

Capítulo 4 - El camino contemplativo: visión teológica (II)