En el umbral de la contemplaciónOración contemplativa

Capítulo 4 - El camino contemplativo: visión teológica (IV)

Cristo con Marta y María (Vermeer)

Cristo en casa de Marta y María -fragmento- (Johannes Vermeer)

4.3.2 Dejar hacer frente a hacer

Uno de los tópicos en la Iglesia al que ya se ha hecho mención es la confrontación del tipo Marta–María, que ya quedó zanjada por el mismo Jesús a favor de la “relajada” María (1), lo que da suficientes argumentos para animar a la práctica de una oración en la que se “escucha” a Dios en vez de hacer y decir cosas que no nos dejan sentir su presencia. Parecería que esta oración quita tiempo, especialmente en nuestra época, tan agitada y apresurada. Pero decía Juan Pablo II: “También hoy la oración debe ser cada vez más el medio primero y fundamental de la acción misionera en la Iglesia” porque “la auténtica oración, lejos de replegar al hombre sobre sí mismo o a la Iglesia sobre ella misma, le dispone a la misión, al verdadero apostolado” (2). Siguiendo a Santa Teresa, no hay más que leer su autobiografía, y nadie opinará que la santa no fue una mujer activa, que atendía a múltiples asuntos; sin embargo, ella misma expuso su criterio de modo conciso y lapidario: No me parece es otra cosa perder el camino sino dejar la oración (3).

La forma de entender la oración de recogimiento activo es esforzarse en salvar la aparente contradicción entre “hacer” (algo) y “no-hacer” (algo); aquí se trata más bien de “dejar hacer” en la oración, actitud que, aunque profundamente inteligente, es bastante extraña a nuestra mentalidad occidental, utilitaria y activista, pero que en la cultura oriental es bastante bien entendida. Ora et labora decía S. Benito de Nursia en su regla, y esta es la actitud del cristiano de “altura”: hacer de su vida una oración constante, teniendo conciencia permanente de la presencia de Dios, pero reservando momentos especiales para el encuentro de su ser desnudo con Él, en donde bebe de la Fuente inagotable y recibe dones para regresar al mundo sensible con espíritu renovado y en paz. Son clásicos en espiritualidad los llamados “frutos de la oración” que conforman al orante como una persona más humana e integrada, más sensible y humilde. Se trata de un proceso de “desapego” en el que se abandonan los conceptos intelectuales o las expresiones que antes configuraban la oración mental y la afectiva y el orante se acerca a su objetivo sin palabras ni emociones, como dirá muy certeramente Teresa: mire que le mira (4). Pero también dice así: …que hay más y menos en este recogimiento (5). Lo que significa que esta dinámica no es rectilínea y en ocasiones, aun dentro del mismo tiempo de oración, se pueda pasar de momentos muy subidos a sequedades y sensación de pérdida de tiempo, a las que ya se hace mención en multitud de tratados de oración de todos los tiempos, y que muy bien expresa la santa: Pues qué hará aquí el que ve, que en muchos días no hay sino sequedad, y disgusto, desabor, y tan mala gana para venir a sacar el agua (6). Un aspecto primordial del proceso de simplificación y oscurecimiento de la oración es la seguridad que siente el orante al ser introducido más allá del recogimiento activo, cuando las formas y pensamiento se desvanecen y solo queda una conciencia elemental de existencia dentro de otra Existencia, una vez acalladas las formas, y en el estado que Santa Teresa llama “señorearse de sí”: Concluyo con que quien lo quisiere adquirir -pues, como digo, está en nuestra mano-, no se canse de acostumbrarse a lo que queda dicho, que es señorearse poco a poco de sí mismo, no se perdiendo en balde; sino ganarse a sí para sí, que es aprovecharse de sus sentidos para lo interior (7).

 

4.3.3 Una ascética inteligente

Un intento serio de adentrarse en la oración profunda no puede realizarse sin un proyecto de modificación de vida conforme a la voluntad de Dios, que se convierta en una extensión de la actitud oracional a la misma vida. Ya se ha hecho mención a la importancia que se dio en Teología a la práctica de los ejercicios de ascética, a veces separándolos antinaturalmente de la mística. Sin embargo, este mismo esfuerzo ascético puede ser también realizado de modo más efectivo aplicando el “dejar hacer” a todas las ocasiones de la vida; se entra entonces en la llamada ascesis pasiva, que tiene que ver con la aceptación de las incomodidades y limitaciones que nos vienen impuestas por la propia dinámica de la vida (8). En Pablo encontramos una recomendación similar ante las tribulaciones, una actitud que el apóstol designa como hypomoné: …con pureza, ciencia, paciencia, bondad (2 Co 6,4-6). No debe confundirse esta ascesis con la “purificación” pasiva de que habla Juan de la Cruz y que refiere a la transformación oculta que se realiza en el alma del orante: Por más que el alma se ayude, no puede ella activamente… …purificarse de manera que esté dispuesta en la menor parte para la divina unión de perfección de amor, si Dios no toma la mano y la purifica en aquel fuego oscuro para ella (9).

Es sabido que las mortificaciones y ejercicios ascéticos, que el orante se propone, muchas veces son escogidos dentro un proyecto espiritual en el que se quiere llevar las riendas. No pocas veces este proyecto oculta una actitud egocéntrica. En la vida cotidiana, Dios aparta esas riendas y desbarata todo proyecto, pero ofrece excelentes oportunidades de purificación y progreso espiritual; eso sí, mucho más difíciles de aceptar que las voluntariamente elegidas. Eso ocurre porque a menudo el orante quiere avanzar a su modo, no al de Dios (10). Frecuentemente no se percibe que la actitud orante se fundamenta en la advertencia amorosa a Dios en todo momento, tanto en la vida activa como en los momentos especiales dedicados a un encuentro más íntimo. Místicos y teólogos de todos los tiempos han señalado unos “indicios ciertos” de que el orante va por buen camino, y estos no son más que la inclinación continua a la práctica de las virtudes, especialmente de la caridad, y una gozosa aceptación de los avatares de la vida como expresión de la voluntad de Dios. A cada instante nos encontramos con situaciones que nos sobrepasan. Si solamente se aplicara la oración a dichas situaciones, se encontraría cada día, cada hora, más ocasiones de las que deseamos para que nuestra oración llegue a ser y permanezca continua (11), al estilo de lo que recomendaba el propio Jesús: …orar siempre sin desfallecer. (Lc 18,1)

Esta actitud tiene mucho que ver con el principio de “no resistencia” puesto en boga a través de autores orientales de tendencia hinduista o budista, en el sentido de no oponer a los acontecimientos la resistencia de nuestros deseos o apegos, aunque ello no signifique que nos quedemos insensibles o sin opinión propia. Un bello ejemplo es el de la caña de bambú, que soporta el vendaval inclinándose ante él pero sin ceder su posición. En psicología se ha llamado desidentificación a este tipo de procesos, aunque este término parece poco adecuado desde un punto de vista religioso. En realidad se trata de no confundir la persona con la personalidad, el ser con el hacer. En palabras de los Padres del Desierto, esta actitud se asociaba a estar muerto para los afectos y preocupaciones: cuando un hermano le manifestó como le preocupaba su enfado con otro, el abad Amonás le aconsejó: ¿vives todavía? Vete a tu celda y métete en la cabeza que hace un año que estás en el sepulcro (12). Puede aquí recordarse el mandato evangélico: si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda él solo; pero si muere, da mucho fruto. (Jn 12,24)

Mediante la ascesis pasiva, el ejercitante se conforma a la voluntad de Dios reconociéndola en las personas, acontecimientos o cosas que rompen su proyecto de vida; esta actitud es una preparación eficacísima para la oración de simple mirada, especialmente para que las distracciones, tan mortificantes en este momento, no sean combatidas sino posicionadas como en un segundo plano, sin estorbar a la atención para dirigirse al objeto principal de la oración, que no es sino es Dios mismo. Teresa así lo notaba, y decía: Yo veía, a mi parecer, las potencias del alma empleadas en Dios y estar recogidas con él, y por otra parte el pensamiento alborotado traíame tonta (13). Pero pronto encuentra la solución: que no se haga caso de ella más que de un loco, sino dejarla con su tema, que sólo Dios se la puede quitar (14). No cabe duda de que la santa hace aquí referencia a ese proceso de distanciamiento de sus pensamientos, común en las primeras fases de la oración de recogimiento activo, ya conocido por otros autores espirituales: Haz esto y te aseguro que tales pensamientos desaparecerán. ¿Por qué? Porque te has negado a desarrollarlos discutiendo con ellos (15). En el Tercer Abecedario, Osuna define esta situación como “guerra de pensamientos”: Suelen darnos también guerra de pensamientos nuestros cinco sentidos cuando nos da enojo en la oración lo que vimos y lo que oímos, viniendo con mayor tropel cuando nos ven de más espacio orar (16).


(1) “María ha elegido la parte buena, que no le será quitada.” (Lc 10, 42)
(2) JUAN PABLO II, alocuciones 18-3-96 y 4-10-86
(3) Vida 19, 12
(4) Vida 13, 22
(5) Camino 28, 7
(6) Vida 11, 6
(7) Camino 29, 6
(8) “La que no quisiere llevar cruz sino la que le dieren muy puesta en razón, no sé yo para qué está en el monasterio; tórnese al mundo”. Camino 13, 1
(9) JUAN DE LA CRUZ. Noche Oscura 1 N 3, 3
(10) “..no podemos quitar ni poner en ella, sino recibirla como indignísimos de merecerla”. Ibíd. 28, 6
(11) BLOOM, A. Oración y catequesis. Celam, Claf. Madrid, Edic. Marova, 1971
(12) Apotegmas, 576
(13) Moradas, 4M 1, 8
(14) Vida 17, 7
(15) ANÓNIMO. Nube del No Saber, 7
(16) F. DE OSUNA: Tercer Abecedario, L8, C5
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