En el umbral de la contemplaciónOración contemplativa

Capítulo V - La oración de recogimiento activo. Perspectiva antropológica (II)

Rosario

Fotografía: Leahcim Nhoj (Creative Commons)

5.2 La Oración de Recogimiento como momento y lugar teofánico

Partiremos de las recomendaciones de Santa Teresa para preparar el proceso de oración hasta donde el ser humano es capaz de “hacerlo”, aunque ese hacer consiste precisamente en despojarse de todo, siguiendo el acertado consejo de S. Juan de la Cruz de “obrar para despojarse de todo por Dios” (1). Un especialista en la oración de simple mirada como N. Caballero (2) describe la oración como un proceso de “silenciamiento” progresivo -corporal, afectivo y mental- tras el que se encuentra el verdadero yo, el que “es” sin definirse. En ese espacio dentro de nosotros mismos es en donde creemos que se produce la inhabitación, ese misterio por el cual la Santísima Trinidad mora en el corazón de la persona que está en gracia (Jn 14,23). Así se podría decir, como sinónimo de orar, entrar en “silencio”, palabra tan grata a las almas de oración: entrar en un profundo silencio o pacificación, en palabras de los Padres del Desierto.

Se trata de procurar silencio mental, afectivo y mantenerse perseverantes, estando atentos a quien no tiene forma ni figura. Es un proceso aparentemente infructuoso, extraño a la conducta habitual del hombre de vida activa, que tiende a rechazarlo porque no tiene utilidad ni rendimiento aparente. Es un penetrar en la propia conciencia profunda, intuitiva, en donde Dios es experimentable de un modo no inteligible. Por eso la oración se puede definir también como un proceso de personalización (3), por cuanto el hombre se relaciona con Dios desde su auténtica persona, desprovista de lo accesorio por medio del silenciamiento progresivo. Según Thomas Merton, para entrar en el ámbito de la contemplación debemos, en cierto sentido morir; pero esta muerte es en realidad la entrada en una vida más elevada (4).

Siguiendo con las descripciones de Santa Teresa, se puede interpretar que cuando nos dice: un retirarse los sentidos de estas cosas exteriores y darles de tal manera de mano que, sin entenderse, se le cierran los ojos por no las ver, porque más se despierte la vista a los del alma (5), está hablando de un proceso de silenciamiento sensorial, aunque ella no es capaz de discernir entre lo puramente corporal y el aquietamiento mental; y que implicaría un estado de relajación (ausencia de tensiones), como parece relatar más adelante: quien va por este camino casi siempre que reza tiene cerrados los ojos, y es admirable costumbre… y que le deja solo y desflaquecido… (6). Este término, “desflaquecido” parece evocar este silencio corporal. Es evidente que el proceso implica a la esfera mental y volitiva, a partir de su testimonio: porque todas las potencias se sosiegan (7) …El entendimiento no querría entender más de una cosa, ni la memoria ocuparse en más… (8) En el estudio de las experiencias místicas, se ha querido separar, de modo no muy acertado, un componente anímico de otro corporal, siguiendo los esquemas de la antropología escolástica. Parecería así que en la oración es el alma la que se eleva hacia Dios, prescindiendo del cuerpo; pero es que el hombre se define mejor como “conciencia encarnada”, como propone la fenomenología (9), que como una unión metafísica de cuerpo y alma. Es todo el hombre el que se entrega a la experiencia de la oración y del abandono en Dios. Y es el mismo hombre el que lleva a cabo la vida activa y la contemplativa, puesto que éstas no son más que una única vida, cuya referencia última y consciente en todo momento es Dios. Por lo tanto, el cuerpo participa del proceso de transformación del orante. Santa Teresa dice, hablando de sus arrobamientos: …Digo que muchas veces me parecía me dejaba el cuerpo tan ligero, que toda la pesadumbre de él me quitaba, y algunas era tanto, que casi no entendía poner los pies en el suelo (10).

La llamada a la santidad del hombre está lejos de poder ser explicada de modo racional por la psicología ni la antropología racionalistas, ni siquiera de modo aproximado, sin desvirtuar totalmente su sentido y reducirla a experiencias anómalas, cuando no patológicas. Pertenece a la antropología teológica responder a las cuestiones suscitadas acerca de la progresión del encuentro del hombre con Dios que se produce en la oración. La apertura a este encuentro se favorece de modo particular cuando se entra en la oración de simple mirada; de ahí en adelante todo es gratuito, la iniciativa viene de Dios. En todos los momentos de su vida, el hombre esta “orientado” a Dios, y si responde a esa orientación con una búsqueda sincera, entra en una actitud de relación con Él, lo que ya es oración y que progresivamente se hará más profunda.


(1) JUAN DE LA CRUZ Subida al Monte Carmelo 2S 5,7
(2) CABALLERO, N. Para ser persona es necesario el silencio. EDICEP 1980
(3) Cf CABALLERO, N. Para ser persona es necesario el silencio Edicep 1980
(4) MERTON, T. Nuevas semillas de contemplación. Sal Térrea. Santander 2003
(5) Camino 28, 6
(6) Ibíd. 28, 8
(7) Camino 31, 2
(8) Ibid. 31,3
(9) HUSSERL, E. Ideas relativas a fenomenología pura y filosofía fenomenológica. 2ª Ed México. Fondo de Cultura Económica, 1962. Trad José Gaos.
(10) Vida 20, 18
en-el-umbral-de-la-contemplacion-18
Anterior

Capítulo V - La oración de recogimiento activo. Perspectiva antropológica (I)

en-el-umbral-de-la-contemplacion-20
Siguiente

Capítulo V - La oración de recogimiento activo. Perspectiva antropológica (III)