Capítulo V - La oración de recogimiento activo. Perspectiva antropológica (V)
5.5 Disposición a la oración de recogimiento activo
Como queda dicho, los autores de la vía del recogimiento no describían detalladamente el proceso de introducción o preparación para la oración, sino que enfatizaban los aspectos afectivos y mentales de la misma, añadiendo algunas referencias de la Escritura para dar autoridad a sus tesis. Aun siendo muy numerosos los tratados redactados posteriormente hasta la actualidad sobre este tipo de oración, no es habitual encontrar en ellos, salvo los de autores especializados (1) una descripción sistemática de cómo llevar a cabo la oración de recogimiento activo o de simple mirada. En toda la literatura del recogimiento poco se dice sobre el ambiente, la postura corporal, la respiración (elementos actualmente tan importantes en la práctica oracional), y en cambio, los autores entran de lleno en las cualidades de la oración de recogimiento, el paso a la oración de quietud y los diversos grados de unión mística. Las recomendaciones de casi todos coinciden fundamentalmente en aconsejar la simplificación, como ocurre con las máximas de los Padres del Desierto o en la oración hesicasta descrita previamente. Esta simplificación no debe ser radical al principio. Por ejemplo, dice Tanquerey (2): Se les aconsejará poner sus ojos en el crucifijo, …para concentrar el pensamiento en Dios. A los de imaginación viva, se recomienda evocar un pasaje del Evangelio, y a otros leer un texto de la Escritura. Se trata de no dejar la mente totalmente libre y abierta a las distracciones que ineludiblemente aparecen de inmediato. Estas útiles operaciones son todas de tipo mental o especulativo, pero no es raro que se haga referencia a la disposición corporal, verdadera puerta de entrada para este tipo de oración. La corporalidad, de un modo natural, en una época en que la espiritualidad lo estimaba en poco, se fue adaptando a la actitud mental y afectiva del orante, pero no pocas veces era un serio obstáculo para progresar. Parece razonable que el comienzo del proyecto de oración de simple mirada se acompañe de una disposición corporal menos tensa. Los místicos no dejaron de notar estos efectos corporales y psicológicos, aunque no tenían modo de interpretarlos: Pues todo esto que pasa aquí es con grandísimo consuelo y con tan poco trabajo, que no cansa la oración… aunque dure mucho rato (3). Aquí se refiere a la pérdida del sentido temporal y de la ausencia de molestias físicas tras varias horas de inmovilidad en oración profunda. Santa Teresa también hacía mención a un fenómeno de ligereza o ausencia de sensación corporal que debe entenderse como un proceso de relajación corporal propio y natural de la oración, aunque se refiere propiamente a la contemplación, y particularmente a la infusa: Pues cuando está en el arrobamiento, el cuerpo queda como muerto, sin poder nada de sí muchas veces, y como le toma se queda (4).
El efecto de la inadecuada preparación puede advertirse en los primeros momentos de la oración, cuando una inquietud generalizada nos invade y atormenta, haciendo insufrible la permanencia en la misma: muy muchas veces, algunos años, tenía más cuenta con desear se acabase la hora que tenía por mí de estar, y escuchar cuándo daba el reloj, que no en otras cosas buenas; y hartas veces no sé qué penitencia grave se me pusiera delante que no la acometiera de mejor gana que recogerme a tener oración (5). Cualquiera que haya realizado una mínima incursión en la oración silenciosa reconoce este hecho. Ocurre que de inmediato aflora un yo superficial y ruidoso, que acosa incesantemente con imágenes, pensamientos, palabras y sobre todo con una agobiante sensación de estar perdiendo el tiempo. Cuando le parece al orante que estas incomodidades han sucedido durante largo tiempo y cesa en su intento de mantener su atención a Dios desde el reposo corporal, descubre que únicamente transcurrieron unos pocos minutos. Gran parte de estas dificultades para la oración provienen del hecho de que no estamos habituados a dejar de ser los protagonistas ni que las cosas ocurran “porque sí”.
Aquí es donde se constata esta penosa separación conceptual entre cuerpo y alma en la mentalidad religiosa clásica, y de la que se ha hablado previamente. La cuestión es cómo recuperar el cuerpo para la oración. Las corrientes orientalizantes aludidas previamente han aportado un mejor conocimiento de la corporalidad humana y es ahora general en las comunidades religiosas la adopción de posturas que buscan el cese de las tensiones y favorecer la entrada en un clima de recogimiento y oración. Si bien se puede hablar de que se produce una “relajación”, los procedimientos de disposición del cuerpo a la oración trascienden este concepto. Es de destacar las profundas connotaciones psíquicas y anímicas que tiene una relajación corporal profunda, junto a la acción sedante de un determinado ritmo respiratorio. Sin embargo, se puede advertir en muchos ambientes un riesgo de trivialización, en el que se confunda la relajación, y el bienestar que produce, con el objetivo de la oración, o bien que una excesiva atención al proceso corporal se convierta en obstáculo para el progreso oracional. En este punto, como recomiendan nuestros místicos, sería conveniente hacerse asesorar por un maestro de oración bien entendido, y recordar que, en su esencia, estos métodos ya fueron recomendados por ascetas y eremitas de todo tiempo y muy estimados especialmente en la Iglesia Oriental (6).
(2) TANQUEREY, A. Compendio de teología ascética y mística. Ed. Palabra, 1990 p 725
(3) Vida 14, 4
(4) Ibíd. 20, 18
(5) Ibíd. 9, 7
(6) M. GARRIDO. El carmelita Juan Sanz (1557-1608), promotor de la oración metótica y aspirativa, Carmelus 17 (1970), 5.