Capítulo VI - La oración de profundidad en la Biblia (I)
“Yo dormía, pero mi corazón velaba.” (Ct 5,2)
6.1 El Dios de los Patriarcas
La religión judía constituye una singularidad frente a las de su entorno geográfico y cultural: su relación con un Poder Superior, si bien conceptualmente no era muy distinta, es única en su calidad: este Poder no es ni similar al hombre en lo que se refiere a su conducta y pasiones, como el Panteón mesopotámico, ni tampoco un creador y gobernante distante y pronto a la cólera al que hay que agradar con sacrificios y donativos, como aún se trasluce en los primeros libros (1), en parte redactados a partir de temas sumerios preexistentes (2). En el Génesis se declara rotundamente que el hombre es creado “a imagen y semejanza” del propio Dios (Gen 1,27), lo que en cierta medida supone una íntima comunión con Él. Esta comunión queda, no obstante, supeditada a la acción voluntaria del hombre, como se expresa por la necesidad de cumplir las normas del Jardín del Edén. Aparece así un binomio que será una constante en la relación bíblica Dios-Hombre y será expresada de múltiples maneras por los místicos a través de la historia: Dios se entrega continuamente, pero es el hombre quien, renunciando a sí mismo, a su propia naturaleza y deseo, debe abrirse a Dios. Esta constante es percibida por el pueblo judío de manera progresiva (3). El judaísmo concibe a un Dios que se introduce históricamente en la vida del hombre y concretamente en la del pueblo judío, con el que llega a establecer un pacto, que en la Biblia se expresa en los términos al uso de los que establecían los poderes terrenales de entonces (4). Dios se mantiene siempre fiel a este pacto, mientras que el hombre rompe la Alianza en numerosas ocasiones (5), lo que es origen de castigos y calamidades. Pero, por encima de la imagen de un Dios punitivo, persiste la idea de que Dios, a pesar de todo, ama inmensamente al hombre y espera su entrega incondicional (6). La característica determinante del pueblo judío es precisamente su creencia en la elección y alianza, basada en las promesas a Abraham y Jacob (7). Se resume este sentimiento en las palabras de la Pesaj, la Pascua judía: “Y hablarás en voz alta y dirás en presencia del Eterno, tu Dios: Un arameo errante era mi padre…” (Dt 26:5). Un paso más allá de esta relación única con Dios es la comprensión de su omnipresencia en la Creación y en el mismo interior del hombre: “…y la creación está sometida a su voluntad” (Eclo 42,15). Dios se concibe como indisolublemente unido al alma del hombre: “Yo exalto a mi Dios y mi alma se alegra en el Rey del Cielo” (Tob 13,7). Dios habla continuamente al hombre en el AT (8) pero éste no le escucha en su interior: “No quisieron oír, no recordaron los prodigios que con ellos hiciste” (Neh 9,17).
Es preciso tener en cuenta al analizar los pasajes bíblicos que el concepto antropológico subyacente es muy diferente del actual, derivado del platonismo, en el que de forma sistemática se hace mención a que la experiencia de Dios se produce en el alma, con exclusión implícita del cuerpo. La terminología bíblica es muy compleja. Los judíos, empleando los términos basar, ruah y nefesh podían describir con gran riqueza de significado todas las posibles situaciones de relación entre el interior del hombre y Dios. Cuando en la Biblia se habla de basar, se remite a la persona entera, mientras que los términos nefes y ruah, dedicados a la energía espiritual del hombre, parecen sinónimos en algunos pasajes; en otros, nefes se relaciona con el “aliento” (personalidad o vitalidad) y ruah con el conocimiento y juicio. Sin embargo, para que la nefes del hombre sea “nefes viva” se requiere la intervención de la Ruah divina, entendida como “soplo” o respiración al estilo del soplo creador de Gen 2,7. El encuentro amoroso con Dios se produce en un órgano concreto del “basar” del hombre, el leb o lebab, traducido por “corazón”. De este modo deberán entenderse las traducciones del AT sobre las referencias a la intimidad con Dios; Dios está “en el corazón”: “y le encontrarás si le buscas con todo tu corazón y con toda tu alma” (Dt 4,29); “mi corazón exulta en Yahveh” (Sam 2,1).
Es el carácter eminentemente colectivo (propio de un pueblo de base tribal) en su relación con Dios el que oscurece a primera vista los testimonios de experiencia de tipo meditativo o de oración personal profunda recogidos en el AT. Pero, aunque como de pasada, son numerosos los pasajes en los que se advierte esta especial relación, en cuanto a que se produce una actitud de confianza y abandono a la voluntad de Dios, al que se tiene presente en todo momento. Así se aprecia en la respuesta de Abraham a la orden: “Vete… a la tierra que yo te mostraré” (Gen 12,1). Otra referencia clave se recoge en el libro de Samuel, cuando dice: “Habla, que tu siervo escucha” (Sam 3,10). La idea de un Dios íntimamente cercano al hombre se expresa más adelante en las palabras destinadas a David: “He estado contigo dondequiera has ido” (Sam 7,9). Existen muchas otras referencias similares en el AT sobre la actitud fundamental del hombre ante Dios que claman por este despojamiento y abandono característicos de la oración de profundidad. El libro de Job es un magnifico canto a la inconmensurable distancia entre Dios y el hombre y la insensatez de éste en juzgar las obras de Aquél, concluyendo en que la única actitud razonable es la de sumisión: “El Señor dio, el Señor quitó: bendito el nombre del Señor” (Job 1,21). Algunos libros se han dedicado más a la relación con Dios y a cuál debe ser la actitud y conducta del hombre, y contienen prácticamente todos los modelos de espiritualidad propios del AT, lo que se expone brevemente a continuación.
(2) PIERRE GRELOT, Homme, qui es-tu? Cahiers Évangile Nº 4. Cerf, París 1973
(3) VON RAD, G. Teología del Antiguo Testamento, 2 vols. Sígueme, Salamanca 1990
(4) “He aquí que yo establezco mi alianza con vosotros, y con vuestra futura descendencia” (Gen 9,9)
(5) “He visto a este pueblo: es un pueblo de dura cerviz”. (Dt 9,13)
(6) “No es Dios un hombre, para mentir, ni hijo de hombre, para volverse atrás. ¿Es que él dice y no hace, habla y no lo mantiene?” (Núm 23,19)
(7) “Y estableceré mi alianza entre nosotros dos, y con tu descendencia después de ti” (Gen 17,7) “Yo soy El Sadday. Sé fecundo y multiplícate. Un pueblo, una asamblea de pueblos tomará origen de ti y saldrán reyes de tus entrañas” (Gen 35,11)
(8) “A vosotros, hombres, os llamo, para los hijos de hombre es mi voz.” (Prov 8,34)