En el umbral de la contemplaciónOración contemplativa

Capítulo VI - La oración de profundidad en la Biblia (II)

Moisés con las Tablas de la Ley

Fotografía: Lawrence OP (Creative Commons)

6.2 Espiritualidad del Éxodo y Deuteronomio

En estos libros, de carácter principalmente histórico y legislativo, se fundamenta la tradición judía de intervención directa de Dios en su devenir. El pueblo debe mantenerse fiel a esta intervención mediante los ritos pascuales de celebración, pero también mediante una actitud interior de acogida. En Ex 3,11 vemos como la voluntad de Dios prevalece en el envío profético de Moisés, el cual hasta tres veces se excusa de aceptar su mandato, hasta que Yahvé le reprende (Ex 3,14). Notable es la reincidencia del pueblo judío en renegar de un Dios invisible, que les saca de una situación de opresión, pero también de seguridad, como cuando andan vagando hambrientos por el desierto: “¡Cómo nos acordamos del pescado que comíamos de balde en Egipto, y de los pepinos, melones, puerros, cebollas y ajos!” (Núm 11,5). Tras recibir Moisés las tablas de la Ley recibe también el mandato de no adorar imagen alguna de Dios (Ex 20,4) lo que implica la práctica de una adoración de tipo íntimo. Pero cuando baja del Sinaí descubre que el pueblo ha construido y adora un becerro de oro, símbolo del rechazo hacia un Dios incomprensible, que maneja al hombre a Su medida, no a la del hombre: De ahí que le dijeran a Aarón durante la ausencia de Moisés: Haznos un dios que vaya delante de nosotros (Ex 32, 1). Tras este rechazo, Dios castiga severamente a los israelitas (Ex 32, 27-29). En la enumeración de la ley mosaica y en las promesas del Deuteronomio se mantiene la misma tensión entre alianza y recompensa terrena, pero también se formula lo que se tendrá como la norma máxima de la Ley: Amarás a Yahvé tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu fuerza (Dt 6,5). Jesucristo confirmó la supremacía de esta norma sobre otras (Mt 22,37). Esta expresión, que eleva el sentimiento de amor a Dios como la más perfecta actitud del creyente, se repite al menos nueve veces. La práctica de este mandato no es difícil: Porque estos mandamientos que yo te prescribo hoy no son superiores a tus fuerzas, ni están fuera de tu alcance. (Dt 30,11)

 

6.3 Espiritualidad Profética

La temática general de estos libros es la de recordar al pueblo judío su alianza con Dios, y la necesidad de observar la Ley, advertencias que generalmente se proclaman en circunstancias difíciles o poco antes de ellas, relacionando las futuras calamidades con el hecho de haber abandonado la práctica de la justicia (que en el AT es también sinónimo de cumplir la voluntad de Dios). El profeta siempre advierte que no es él quien habla, sino que sus palabras provienen de Dios, y en ese sentido comienza sus discursos con las fórmulas: “Oráculo del Señor” o “Así dice Yavhé”. Se puede decir que en la vocación del profeta ya existe un modelo de espiritualidad mística, reiterado en el AT, en cuanto a la relación hombre-Dios: no es el hombre quien elige ser profeta, al modo de los adivinos o hechiceros que aprenden unos ritos o desarrollan unas habilidades innatas, sino que es Dios mismo el que llama. Son numerosos los ejemplos de la “visión del profeta” en la que recibe el encargo de hablar al pueblo y a sus gobernantes. Jeremías afirma: Me has seducido, Señor, y me dejé seducir (Jer 20,7). El convocado a profeta no tiene por qué ser un hombre ilustrado, ni siquiera locuaz (1), pero es incapaz de resistir a la fuerza del Espíritu, con lo que se ve compelido a emitir su profecía a veces en situaciones muy comprometidas e inoportunas. No es de extrañar que el profeta fuera mal visto, ya que era heraldo de catástrofes y desgracias (2) y su final a menudo era trágico.

Oseas, llamado el profeta del amor, destaca por la concisa y bella definición de la actitud correcta del pueblo en su relación con Dios: Porque yo quiero amor, no sacrificio, conocimiento de Dios, más que holocaustos (Os 6,6) palabras que preludian el espíritu del Nuevo Testamento. Este profeta subraya el inmenso amor que Dios tiene a su pueblo, perdonándole en toda circunstancia: seré como rocío para Israel: él florecerá como el lirio, y hundirá sus raíces como el Líbano (Os 14,6). Puede verse una referencia a la oración en la llamada a la atenta vigilancia en la frase: y espera en tu Dios siempre (Os 12,7). Otros profetas exponen la disponibilidad de Dios a entregarse al hombre que se deje poseer por Él y su espíritu. Cuando Joel habla de lo que sucederá tras el “día del Señor”, dice: Sucederá después de esto que yo derramaré mi Espíritu en toda carne (Jl 3,1). En el Libro de la Consolación de Jeremías (Jer 30-31) se habla de la esperanza de una reconstrucción interior, de una nueva alianza, ya que se han “conmovido las entrañas de Dios” (Jer 31,20): porque yo empaparé el alma agotada y toda alma macilenta colmaré (Jer 31, 25), yo pactaré con la casa de Israel (y con la casa de Judá) una nueva alianza (Jer 31,31). Habacuc se refiere a la calidad de su profunda relación con Yavhéh: Yahveh mi señor es mi fuerza, él me da pies como los de ciervas, y por las alturas me hace caminar (Hab 3,19). Para Ezequiel, Dios da un “corazón nuevo” como don de su amor (Ez 36, 22-30). Si bien el mensaje profético es a veces terrible y lapidario, siempre prevalece la esperanza en un Dios que ama infinitamente al hombre y está dispuesto a perdonar (3) a condición de que vuelva sobre sus pasos y sea “justo” es decir, se amolde a la voluntad de Dios por encima de la suya propia.


(1) “¡Ah, Señor Yahvé! Mira que no sé expresarme, que soy un muchacho.” (Jr 1,6)
(2) “Vuestra tierra es desolación, vuestras ciudades, hogueras de fuego” (Is 1,7). “Enviaré contra vosotros el hambre y las bestias feroces, que te dejarán sin hijos.” (Ez 5,17) “Voy a hacer de Samaria una ruina de campo, un plantío de viñas.” (Miq 1,6)
(3) ¿Acaso me complazco yo en la muerte del malvado -oráculo del Señor Yahvé - y no más bien en que se convierta de su conducta y viva? (Ez 18,21-23)
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