Capítulo VI - La oración de profundidad en la Biblia (III)

Fotografía: Lawrence OP (Creative Commons)
6.4 Espiritualidad de los libros sapienciales
Sus autores, siguiendo la tradición judía, identifican “sabiduría” con tres significados: La sabiduría especulativa, la de carácter práctico y la sabiduría como manifestación de Dios o como Dios mismo. En este último aspecto es en el que puede verse alusiones y párrafos referentes a una unión personal con Él. La lectura de estos textos es compleja, siendo difícil clasificar sus temas o indagar sobre un hipotético guión o plan de trabajo de los redactores, además de que la composición se debe a varias plumas y épocas. Se mezclan consejos profanos con la exaltación de la divinidad o la contemplación de las obras de la Creación. De haber una línea identificable sería la de ser las meditaciones, asistidas por el Espíritu, de un hombre común, que se preocupa por los temas de su tiempo, de carácter espontáneo, con saltos de un tema a otro, y con ocasionales intuiciones y revelaciones. En éstas se aprecia la mano de Dios actuando en el autor, que tras una atenta reflexión sobre su tiempo, no encuentra respuestas dentro de su naturaleza humana y sólo le queda la confianza en el Absoluto.
Proverbios
El libro de Proverbios está elaborado en forma de múltiples y breves sentencias a partir de una observación atenta sobre la vida, con consejos aparente profanos, pero que están estructurados sobre un pensamiento central: el de que las acciones humanas se han de ajustar a la ley de Dios. Con este hilo conductor se entienden bien las interpretaciones acerca de la sociedad y la historia, tal como lo percibieron y expresaron los profetas. En el libro se mezclan máximas de carácter eminentemente práctico y secular con finísimas intuiciones de cuál debe ser la mejor actitud ante Dios. En Prov 3-5 se expresa la actitud fundamental del sabio: Confía en el Señor de todo corazón y no te apoyes en tu propia inteligencia; en 8,34 muestra cuál debe ser la condición del auténtico orante: ¡Feliz el hombre que me escucha, velando a mis puertas día tras día y vigilando a la entrada de mi casa! En la 6ª colección de Proverbios, aparecen algunas frases del llamado Agur (Prov 30, 1-6) que hablan de la insignificancia del hombre y de cómo el único refugio para el hombre consciente de sus limitaciones está en la Palabra de Dios (1).
Libro de Job
Este libro está dedicado a la reflexión sobre el problema del justo que sufre sin culpa y refleja la tradición de una época en la que el pueblo judío no ha elaborado todavía una clara comprensión del misterio del más allá, del problema de la muerte y de la retribución. Job es presentado como un antiguo patriarca que vive fuera de Palestina, en los límites de Arabia y Edom, región de sabios célebres. Inspirado en un relato mesopotámico previo, la relación que se establece entre Job y Dios se centra, por una parte, en la aceptación de la inconmensurable distancia entre el hombre y Dios, y su vano intento por comprenderlo, y por otra, en que el problema del mal se localiza más allá del clásico contexto retributivo judío, en la que la situación social y económica era una consecuencia de los actos humanos, de modo que si se sufría algún mal o daño, era a causa de las malas acciones realizadas, incluso por los antepasados (2). El libro de Job es revolucionario en el modo de tratar estos problemas. Ya se ha citado como se enfatiza en él la imposibilidad de comprender a Dios; asimismo se reconoce la dedicación de Dios al hombre: ¿Qué es el hombre para que tanto de él te ocupes, para que pongas en él tu corazón? (Job 7,17). Job se lamenta profundamente del aparente apartamiento de Dios, apartamiento que considera un mal supremo, superior al daño físico o moral: ¿Por qué tu rostro ocultas y me tienes por enemigo tuyo? (13,24) y que desea remediar: ¡Quién me diera saber encontrarle, poder llegar a su morada! (23,3). La intimidad de Job con Dios y su abandono a su voluntad, no es sino el preludio de su rehabilitación, que debe entenderse como espiritual además de material: Escucha, déjame hablar; yo te interrogaré y tú me instruirás. Yo te conocía sólo de oídas, pero ahora te han visto mis ojos (42,4-5)
Eclesiástés (Cohelet)
En este libro, de tono general aparentemente pesimista e incluso escéptico (3) en algunos pasajes, se intenta recoger la tradición sapiencial de Israel y ofrecerla como réplica a las costumbres y formas de pensar procedentes del mundo griego, que iban penetrando en los ambientes judíos cultos (se cree fue redactado hacia el siglo III AC). Su enseñanza se fundamenta en la confianza en Dios como único refugio de un hombre desengañado de todo lo mundano (4), que se sabe perecedero y que se da cuenta que no calma con nada su sed interior (5). La Sabiduría, identificada con la Ley de Dios, no con la humana (6), lleva la iniciativa cuando el hombre está dispuesto a acogerla y le conduce a la búsqueda de un Absoluto. Considera al hombre en su doble dimensión sustancial y espiritual, y siendo libre para obrar el bien o el mal; pero ignorante ante el misterio de Dios. Concluye con una recomendación clave: la confianza en Dios: “Teme al Señor y observa sus mandamientos, porque esto es todo para el hombre” (Ecl 12,13).
Eclesiástico
El Eclesiástico o Sirácida, figura en el último lugar de los libros sapienciales, escrito en griego y es el único del que se conoce el nombre de su redactor, Jesus Ben Sirac, un rabino de Jerusalén, hacia el año 190 AC, aunque dice tratarse de una traducción de un original hebreo más antiguo. El nombre de Eclesiástico lo recibió de la Vulgata y se debe a lo frecuente que era su lectura en las asambleas (Ekklesia) de los primeros cristianos. Escrito durante la dominación helénica, continúa la línea tradicional de pensamiento judío sobre la retribución y la muerte; de ahí su tono pesimista y de angustia en algún momento: lo que viene de la nada vuelve a la nada (Eclo 41,10). Su redacción trata de revindicar los ideales judíos frente al creciente materialismo de su época. Mantiene una línea de pensamiento semejante a Proverbios: la sabiduría, en su sentido de justificación, o santificación, sólo se adquiere con el cumplimiento de la ley. Los que teméis al Señor, confiaos a él, y no os faltará la recompensa (2,8). Esta expresión “temor del Señor”, que aparece reiteradamente en el AT debe interpretarse en el sentido de profunda reverencia: A Yahveh vuestro Dios seguiréis y a él temeréis (Dt 13,5), por la que Dios es la única referencia vital; de este temor nace el amor que lleva a Su conocimiento. Los verdaderos sabios son quienes aman a Dios. En ellos mora la Sabiduría de Dios; más aún, Dios mismo. Esta sabiduría, tema central del libro, adquiere la forma de “conocimiento amoroso” de la voluntad de Dios. Véase qué cerca está este concepto de la “advertencia amorosa” de Juan de la Cruz (7).
Sabiduría
Considerado como de síntesis entre la tradición ortodoxa judía y las corrientes helenísticas, es el libro más reciente del AT y contiene algunos elementos de reflexión tomados de la literatura griega. Además de los judíos ortodoxos, sus destinatarios son también las autoridades, a las que exhorta a una conducta recta. La sabiduría afecta al hombre entero, siendo el ideal la unión con la Sabiduría de Dios. Para el autor, la Sabiduría representa el aspecto trascendente, emanación de Dios (8), que transforma al hombre que se deja llevar por sus caminos. En cuanto al hombre mismo, y aunque puedan verse algunas referencias a la filosofía platónica, al autor del libro le pesa más la concepción unitaria que le viene dada de la tradición judía. Su tono general es de rechazo hacia el materialismo dominante en su época, exhortando a pensar en la retribución tras la muerte. La sabiduría, para su autor, es un atributo divino asimilable al propio Dios. En Sb 6,12 hay unas palabras reveladoras: Radiante e inmarcesible es la Sabiduría. Fácilmente la contemplan los que la aman y la encuentran los que la buscan. En 7,22 la Sabiduría es “artífice de todo”. Y más adelante profundiza en cuáles son las características de la auténtica sabiduría: “entrando en las almas santas, forma en ellas amigos de Dios y profetas” (7,27). Para adquirir la sabiduría solo hay que lograr la “justicia”, esto es, la conformación de las obras del hombre con la voluntad de Dios. Esta afirmación coincide con el sentido de los libros proféticos, que el autor parece conocer perfectamente. Como en ellos, se inste en el binomio justicia-injusticia que caracteriza el enfrentamiento de Israel con un ambiente idólatra y extraño a sus costumbres e ideas.
(2) Cfr Jn 9,2
(3) “¿Qué provecho saca el hombre de todo el esfuerzo que realiza bajo el sol?” (Ecl 1,3)
(4) “Yo reconocí que todo lo que hace Dios dura para siempre” (Ecl 3,14)
(5) “…y vi que los justos, los sabios y sus acciones están en la mano de Dios.” (Ecl 9,1)
(6) “Porque mucha sabiduría trae mucha aflicción, y el que acumula ciencia, acumula dolor” (Ecl 1,18)
(7) JUAN DE LA CRUZ, Noche Oscura 10, 4
(8) “Ella es exhalación del poder de Dios” (Sab 7,25)