Capítulo VI - La oración de profundidad en la Biblia (IV)

Fotografía: Lawrence OP (Creative Commons)
6.5 El Cantar de los Cantares: la mística nupcial
Composición atribuida tradicionalmente a Salomón y reconocida universalmente como un tratado de hondo contenido espiritual, adopta la forma literaria de un poema en el que la esposa, representada por una mujer sulamita (Sulem era una ciudad con fama de bella mujeres) canta las alabanzas de su amado y se goza de los bienes de su unión. En algunos círculos de la tradición judía existía el convencimiento de que el Cantar (Shir Hashirim en hebreo) no debía entenderse según su sentido literal sino que debía buscarse una interpretación alegórica o simbólica del mismo (1). La figura de la unión conyugal, tan bellamente considerada en este Libro, se utiliza a menudo en el AT como símbolo excelso de la alianza de Dios con Israel (Os. 1-3, Jer. 2:1-3, Ez. 16). Ha sido muy altamente estimado en toda la tradición exegética judía; un rabino del siglo I expresaba así su alta opinión de este texto: si la Torá (que equivale al Pentateuco cristiano) no hubiese sido dada, Cantares habría sido suficiente para guiar al mundo. A ello contribuía el hecho de su pretendida autoría por Salomón, tenido por el más sabio de los hombres. No se conoce al autor o autores, aunque la opinión mayoritaria de los estudiosos está en contra de una única autoría, lo que descartaría la previa planificación de la obra, aunque los autores se mantendrían dentro de la misma línea de lírica epitalámica.
Se le ha considerado como el libro del AT de mayor belleza, al describir alegóricamente la relación del hombre con Dios, tanto de forma colectiva como a nivel de unión mística, expresada en la alegoría de los esponsales, todo ello con un lenguaje simbólico, muy sensual en algunos pasajes. Numerosos autores han efectuado la exégesis del Cantar señalando las citas más expresivas. Especialmente los Padres de la escuela de Cesárea (Orígenes, Eusebio) interpretaron este libro como una descripción de la vía unitiva mística. El libro describe de un modo bastante ordenado los deseos del alma de encuentro con Dios (Ct 3, 1-3; 5, 6), el clima en el que se produce ese encuentro (Ct 5,10) y la inmensa paz y bienestar derivados de la consecución del objetivo, la unión con el Esposo (Ct 8). Orígenes lo destacaba como un libro excelso en sus Comentarios (2). Más allá del ámbito exegético específico, el Comentario al Cantar de Orígenes marcó un hito fundamental en la historia de la mística occidental, y se considera como la prefiguración de la Iglesia como cuerpo místico. Gregorio de Nisa lo entendió de este modo en su Comentario al Cantar de los Cantares. S. Basilio le dedicó quince Homilías y S. Eusebio hizo lo propio. S. Bernardo lo llamaba “pan espiritual”. Fray Luis de León también escribió sobre el Cantar, y lo volcó al castellano – titulándolo El Cantar de Cantares, en octava rima- aunque este hecho le acarreó graves disgustos en su proceso inquisitorial. Teresa de Ávila lo tenía en gran estima y así lo declara en sus obras (3). Es inevitable destacar la similitud con la obra de Juan de la Cruz, principalmente de sus poemas Cántico Espiritual y Noche
Oscura.
6.6. Los Salmos
Los Salmos tuvieron un puesto privilegiado en la vida litúrgica de Israel, como expresión de la fe actualizada en cada momento, y de su esperanza siempre mirando al futuro, como voz unánime en la que coincidía todo el pueblo, así como orientación en el camino a seguir. Es notable la intuición del Salmo 118 cuando dice: He abierto la boca y respiré, porque deseé tus enseñanzas. Este concepto, el de “respirar a Dios o en Dios” será muy apreciado por los primeros padres y recogido posteriormente por la tradición de la iglesia oriental en sus prácticas de oración. Además de esta clara alusión a un encuentro místico, los Salmos están llenos de bellos cantos a la bondad y grandeza de Dios, por lo que su atenta lectura y recitación lleva fácilmente a la inmersión en la oración silenciosa. Por eso mismo son fuente principal para la Liturgia de las Horas, destinada a la oración personal o en comunidad, y para la Lectio divina, dentro de un clima de recogimiento. Se ha llamado “salmos místicos” a los 16, 49 y 73, en los que de modo particular se aborda la retribución en el más allá, constituyendo fuente de estudio para la escatología. El salmo 22 es bien conocido y expresa la confianza en el Señor: Yahveh es mi pastor, nada me falta. El salmo 33 abunda en este concepto de dependencia de Dios: Nuestra alma en Yahveh espera, él es nuestro socorro y nuestro escudo; en él se alegra nuestro corazón, y en su santo nombre confiamos.
Juan Pablo II elaboró una inspirada y bella catequesis sobre el salmo 62: es el salmo del amor místico, que celebra la adhesión total a Dios, partiendo de un anhelo casi físico y llegando a su plenitud en un abrazo íntimo y perenne. La oración se hace deseo, sed y hambre, porque implica el alma y el cuerpo (4). Este salmo afirma: En Dios sólo el descanso de mi alma, de él viene mi salvación.
(2) SIMONETTI, M, VELASCO, A: Biblioteca de patrística 1 (Eds). Ciudad Nueva, Madrid 1994).
(3) TERESA DE JESÚS. Prólogo a Conceptos del Amor de Dios 1-2.
(4) J. PABLO II. Audiencia del Miércoles 25 de abril de 2001