Capítulo VI - La oración de profundidad en la Biblia (V)
Fotografía: Lawrence OP (Creative Commons)
Fue él al monte a orar, y se pasó la noche en la oración de Dios (Lc 6,12)
6.7 Nuevo Testamento: La oración en Jesús de Nazaret
Al realizar un esfuerzo exegético de los evangelios, cabe preguntarse hasta qué punto lo que nos relatan (el llamado kerygma o proclamación) tiene una consistencia histórica o se trata de una figura “recreada”, por así decirlo, a la medida de las necesidades pastorales de la comunidad (1) en la que vivió cada evangelista, lo que explicaría las diferentes redacciones. De modo inmediato, salta a la vista que Mateo, Lucas y Marcos son muy similares (y por ello se llaman evangelios sinópticos) ya que posiblemente Mateo y Lucas fueron influidos desde Marcos y por un protoevangelio desaparecido, llamado “fuente Q” (2). Aunque contiene algunos episodios de los sinópticos, Juan tiene una estructura y contenido diferente, incidiendo sobre todo en la naturaleza divina de Jesus. A finales del siglo XIX y primeros del XX, la crítica histórica escéptica llegó incluso a pensar en un Jesus y una religión “inventados” por Pablo y los evangelistas, un Jesús del que se ponía en cuestión tanto su historicidad como su carácter divino (3). Tras los intensos estudios de interpretación bíblica realizados durante el pasado siglo, sabemos ahora que si bien no nos es posible conocer con certeza las palabras exactas que Jesus pronunció durante su vida pública, tampoco los evangelistas alteraron estas palabras de tal modo que quedaran desvirtuadas por servir a los intereses de su comunidad, sino que destacaron aquellas frases o episodios de su vida que iluminaran a ésta del modo más adecuado (4). Hoy día podemos concluir, gracias a métodos fiables y serios (5), que conocemos al Jesus histórico con bastante claridad (6).
Ya antes de la Encarnación, se asiste a una bella confesión de fe y abandono en la voluntad divina, cuando en el momento de la Anunciación, María pronuncia las palabras: He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra (Lc 1,38). El Verbo se encarna merced a la total sumisión a los designios divinos, en el corazón humilde, sin pretensiones, que acepta sin entender.
La imagen que solemos tener de Jesus está generalmente centrada en su acción pública, y solemos pensar en Él curando enfermos, perdonando pecadores, predicando la verdad frente a la hipocresía y la envidia, en fin, caminando a lo largo y ancho de su tierra. Al final de su vida, sufriendo tormento y muerte por nuestros pecados, tras lo que resucitó gloriosamente para anunciar nuestra propia liberación. Pero en los evangelios, Jesus también aparece en oración en numerosas ocasiones. El primer testimonio de la vida pública así lo muestra: bautizado también Jesús y puesto en oración, se abrió el cielo (Lc 3,21). Jesús se sentía en una continua comunión de vida con su Padre: Ninguno conoce al Padre, sino el Hijo (Mt 11, 27; Lc 10, 22), y la forma de expresar esta comunión era la oración personal, privada; por eso con tanta frecuencia se retiraba a orar. La oración en público es a veces dramática, como en el monte de los Olivos o en su agonía, pero son preferentemente de acción de gracias: delante del cadáver de Lázaro reza: ¡Oh Padre, gracias te doy porque me has oído! (Jn 11, 41) Amonesta al poseso curado de Gerasa: Pero no se lo concedió, sino que le dijo: “Vete a tu casa, donde los tuyos, y cuéntales lo que el Señor ha hecho contigo y que ha tenido compasión de ti” (Mc 5, 19) o cuando reprende a los judíos curados de lepra: ¿No ha habido quien volviese a dar gracias a Dios, sino este extranjero? (Lc 17, 18). Todos los evangelistas (Mt 14, 19; 15, 36; Mc 8, 6; Lc 9, 16; Jn 6, 11) refieren que antes de la multiplicación de los panes oró dando gracias y bendiciendo. En todos los momentos de su vida, y especialmente en los más intensos, muestra que Dios tiene para Él una constante presencia y especial intimidad: en Jn 17, 1 y ss. Jesús se consagra a sí mismo a la gloria del Padre y a la vida de los suyos. Instituye con la oración al Padre la nueva Alianza (Mt 26, 26 y ss.; Mc 14, 22 y ss.; Lc 22, 19 y ss.). En Getsemaní la oración es un grito emocionante (Mt 26, 39; Mc 14, 35; Lc 22, 43). Y en el momento de la muerte brota de sus labios la palabra del salmista (Salmo 21, 2): ¿Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado? (Mt 27, 46; Mc 15, 34). En la cruz, su amor redentor lanza todavía una llamada de imploración: Padre mío, perdónalos, porque no saben lo que hacen (Lc 23, 34); y su oración postrera es un expirar en el Padre: Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu (Lc 23, 46).
En los evangelios se puede apreciar cómo Jesus se mueve en varios niveles de oración: si bien Jesús, como piadoso judío, va al Templo y a la Sinagoga y participa en la liturgia judía, necesita para sí mismo espacios de oración que se producen en soledad: en la noche, el desierto o las colinas y ciertas oraciones especiales que concentran lo más profundo de su vida, y que han sido destacadas por los evangelistas. Esta coexistencia implica la importancia que da a la oración comunitaria a pesar de tener momentos de niveles excelsos de intimidad con Dios. No se trata de un profeta egregio y distante, atento solo a sus éxtasis, sino que de ellos y de los dones divinos extrae la razón de su amor por los hombres y de su conducta sencilla y casi diríamos que “demasiado humana” para algunos: acude a celebraciones públicas, como las bodas, se conmueve con la muerte de Lázaro, bebe vino y se encoleriza con los mercaderes del templo. Pero también los evangelios presentan a Jesús retirándose de la compañía de otros para estar únicamente con unos pocos discípulos. Jesús deseaba estar solo para orar a su Padre, para hablar con él sobre su vida y misión y, especialmente, sobre lo que debía hacer (Mt 14, 23; cfr Mc 1, 35; 6, 46; Lc 5, 16; 9, 18) (7). El evangelio de Juan es el que mejor presenta a Jesús como un “contemplativo en la acción”. Por su esencia divina hace lo que el Padre hace o las obras que le encarga realizar (Jn 5, 19.36). Pero es por su condición humana que nos muestra la naturaleza y fin propios del hombre, que es estar en comunión con Dios, orando incesantemente, estando en Su presencia. El servicio al prójimo se coloca en el punto central de su testimonio. La corriente de intimidad que en la oración de Jesús sube hacia el Padre se traduce inmediatamente en amor a los hombres y en fuerza redentora, salvadora, para los pobres, para los enfermos y pecadores. Jesús es un hombre en el mundo pero con sus raíces en Dios, como modelo para toda la humanidad, destinada a ser “hijos con el Hijo”.
6.8 El misterio del Dios-hombre
Pero, ¿si Jesus era verdadero Dios, por qué necesitaba orar? Esta es una cuestión debatida entre teólogos y dogmáticos: la de que si Jesus, por la unión hipostática, tenía acceso a la visión beatífica desde su nacimiento o si existió un progresivo descubrimiento de su naturaleza divina, como parecen indicar las palabras de Lc 2, 52: Jesús progresaba… o las de Mt 24, 36 y Mc 13, 32 en que se confiesa la ignorancia en asuntos soteriológicos: Mas de aquel día y hora, nadie sabe nada, ni los ángeles en el cielo, ni el Hijo (Mc 13, 32). En el primer caso, parecería que la búsqueda de espacios de oración no tendría sentido, puesto que Jesus tendría la experiencia continua de su naturaleza divina. Hoy se habla de una autoexperiencia fundamental, que es la conciencia de su filiación divina (8), pero que no conlleva todos los frutos de la visión beatífica, lo que quedaría apoyado por las paradojas del relato evangélico de su vida, tan abundante en sinsabores y dolor, incluso de sensación de desamparo, como en su agonía. Por eso tiene sentido –siguiendo el pensamiento de K. Rhäner- el atribuir a Cristo desde el principio una percepción de sí en absoluta inmediatez con Dios, y simultáneamente un desarrollo de esa autoconciencia de que su espíritu creado se anegaba absolutamente en el Logos. Esta experiencia fundamental es la que llevaba a Jesus a buscar lugares solitarios y la tranquilidad de la noche para restablecer la totalidad de la conciencia de ser el hombre-Hijo de Dios. Estas acciones y palabras descritas por los apóstoles ofrecen una catequesis sobre como en la oración silenciosa nos asemejamos a Cristo, y en cierta medida, nos “deificamos” como hijos de Dios en el Hijo. Sin este carácter cristológico de la oración, no se entiende correctamente el proceso oracional.
(2) Del aleman Quelle: Fuente
(3) IGNACE DE LA POTTERIE. Come impostare oggi il problema del Gesù storico?, iviltà Cattolica, 120 (1969) 11, 447-463. En Selecciones de Teología, 33, 1969
(4) J. JEREMIAS. El significado central del Jesus histórico. “Selecciones de Teología”, 33, 1969
(5) Métodos que se emplean para cualquier otro tipo de documento histórico
(6) JEAN DELORME. Les évangiles dans le texte, “Etudes”, 353 91-105, 1980
(7) EDWARD MALATESTA. Jesus y la soledad. “Selecciones de Teología”, 17, 68. 1978
(8) Cf KARL RHANER. Sobre la ciencia y conciencia de Cristo. “Selecciones de Teología” 2, 6. 1963