En el umbral de la contemplaciónOración contemplativa

Capítulo VI - La oración de profundidad en la Biblia (VI)

6.9 Cómo enseñó Jesus a orar

El propio Jesús nos enseñó como orar. Cuando uno de sus discípulos le dice: Señor, enséñanos a orar, como Juan enseñó a sus discípulos (Lc 11, 2-4) nos regala la oración litúrgica y comunitaria por excelencia, El Padrenuestro. Pero también nos enseña a orar en recogimiento: Tú, en cambio, cuando quieras rezar, echa la llave y rézale a tu Padre que está ahí en lo escondido; Tu Padre que ve lo escondido te recompensará (Mt 6, 6). Nos dice como debe ser la forma de orar: no seáis palabreros como los paganos… porque vuestro Padre sabe lo que os hace falta antes de que se lo pidáis (Mt 6, 7-8). Y también le dice a Marta la activa, respecto a María, que queda prendada de la palabra del Señor en vez de atender al servicio de la casa: Tú te mueves mucho, pero ella ha escogido la mejor parte (Lc 10, 38-42). En la oración se tocan el yo humano y el Tú divino, y empieza el gran silencio, porque habla Dios. Y ahí tenemos otro rasgo peculiar de su oración: el deseo y querer propios, completamente humanos, desligados de Dios, se han de negar; el que pierda su vida por mí, la encontrará (Mt 10, 39) Y esta oración debe ser constante, sin cesar, sin desfallecer (Lc 18,1). De ese modo puede interpretarse la parábola del juez inicuo (Lc 17, 1 y ss.) y la del amigo inoportuno (Lc 11, 5 y ss.). La personalidad de Cristo incorpora a un tiempo la mirada hacia el interior y hacia fuera, es la perfecta conjunción de la espiritualidad y la actividad, que no son sino facetas del mismo ser. El discípulo de Jesús ha de orar también por el sustento terreno necesario, por su pan. Pero se trata del “pan de cada día”; no debe pretenderse un afán excesivo por el futuro. Cualquier otra cosa que, de una u otra manera, haya de pedirse al Padre, debe supeditarse a la voluntad de Dios, y los designios que Él tenga para nosotros. Jesús garantiza que la oración dará fruto: Pedid y se os dará; buscad y hallaréis; llamad y se os abrirá (Mt 7,7, Lc 11,9). Pero en Lc, 13 se deja entender que es preciso orar no para pedir cualquier cosa, sino ante todo para recibir el Espíritu Santo, el don divino por excelencia (1).

La oración de Jesús es subordinación consciente a la voluntad de Dios, entrega incondicional a la misma. La propia voluntad humana ha renunciado a sus derechos. Por tanto, la fe firme, inquebrantable, de que la oración será escuchada, es según Jesús condición imprescindible y propia de la verdadera oración. La fe para Jesús no es una cuestión intelectual, sino una actitud de confianza ilimitada en su Padre, para quien todas las cosas son posibles (Mc 10, 27) 12, 24; 14, 36). De modo que un rasgo peculiar de la oración de Jesús es la confianza: Y todo cuanto pidiereis en la oración, como tengáis fe, lo alcanzaréis (Mt 21,22). Ante su omnipotencia se rompen todas las leyes de la naturaleza. La fe traslada montañas. Esta confianza en la oración se afirma de un modo absoluto, cuando Jesús dice: Yo ya sabía. Padre, que siempre me oyes (Jn 11, 42). Los logros de la oración de petición no se deben al que reza, sino a Dios mismo, por eso la fe es imprescindible: Por eso os digo: todo cuanto pidáis en la oración, creed que ya lo habéis recibido y lo obtendréis (Mc 11, 22 y ss.). Es un querer activo, lo que podría denominarse “activa pasividad de amor” y que se resume en las palabras: no se haga mi voluntad, sino la tuya (Lc 22,42).

Cuando el Espíritu venga e invada al orante, todo recurso mental habrá desaparecido y se hace presente otro tipo de conocimiento superior al del hombre: Cuando venga el Espíritu de la verdad, les iluminará para que puedan entender la verdad completa (Jn 16,13).

Los deseos del Padre son para Jesús, aun en la agonía, lo principal, lo decisivo. La oración en el monte de los Olivos se tiñe de angustia, atormentado por el miedo de la muerte, pero con la constatación de acatar la voluntad del Padre y la afirmación incondicional a la voluntad divina. Su oración estaba exclusivamente al servicio del Reino de Dios, de la honra de su Padre. Inmediatamente antes de su muerte explica el motivo central de su vida y su muerte: Padre, la hora es llegada: glorifica a tu Hijo, y aun esto tenía que servir a la glorificación del Padre: para que tu Hijo te glorifique a ti (Jn 17, 1). En el relato evangélico de Juan, Dios es Luz (1Jn 1,5) y Jesús es la luz del mundo y los hombres (Jn 1, 4-5, 8-12). Él es la Palabra hecha carne que lleva la salvación al mundo (Jn 3,19). El sistema de salvación presentado en Juan es “vertical” (2): Dios tiene la iniciativa y envía su Hijo, que es la Palabra que salvará al hombre. Se mantiene el esquema de absoluta dependencia del hombre frente a Dios, que es quien tiene la iniciativa. La fórmula para la salvación en Juan es clara: creer en Jesucristo (Jn 3, 17-18). Esa fe transforma las cosas. Jesus cambia el nombre a Simón (Jn 1,42) por Pedro, lo que en el contexto judío indicaba que se había producido una profunda transformación. Implica un cambio radical en su relación con Dios; de hecho en el AT sólo se da el nombre de Cephas a Abraham, como roca de la que brota el pueblo judío (Is 51,1). De este modo se expresa cómo la fuerza de Dios cambia al hombre en su ser profundo cuando sigue su voz, voz que, paradójicamente, está dentro del propio ser humano. En el episodio de la samaritana en Siquem (Jn 13,14) no puede quedar más claro: el que beba del agua que yo le dé, no tendrá sed jamás. Esta agua no es sino su Espíritu. El hombre poseerá -por así decirlo- a Dios cuando renuncie a sí mismo y se deje cambiar el nombre. El que ha gustado a Dios en el recogimiento profundo se verá “herido de amor” y ya no le satisfará nada de este mundo, como han dicho de varias formas los místicos: “Muero porque no muero”, exclama Teresa de Jesus en su bello poema Vivo sin vivir en mí..


(1) JACQUES DUPONT. La prière et son efficacité dans l’Evangelie de Luc, “Recherches de Science Religieuse”, 69 45-55,1981 62
(2) BROWN, R. El evangelio según Juan I-XII. Ed. Cristiandad, Madrid 1999
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