En el umbral de la contemplación (introducción)

Fotografía: Christine (Creative Commons)
En el progreso natural de la oración existe una antesala de la iluminación, en la que el hombre, auxiliado por la gracia de Dios, puede adentrarse, quedando a la “intemperie de Dios”. La llamada vida interior no es otra cosa sino la práctica incansable de la oración. En la historia del cristianismo, de forma más o menos sistemática y en diversos ambientes y momentos, existieron movimientos que han cultivado esta actitud de apertura al misterio de Dios. Actualmente resurge el interés por recuperar para todos los fieles este espacio oracional. De modo erróneo se ha presentado como una novedad importada del mundo oriental. Esta confusión se debe a que el mundo cristiano, en el pasado más reciente, ha tenido que redescubrir las claves antropológicas religiosas mediante la influencia de culturas de Extremo Oriente, más proclives a la mirada interior.
Sin embargo, es riquísima la tradición en la Iglesia cristiana acerca de esta oración, especialmente durante el apogeo de la mística española de los siglos XVI y XVII. En ese período aparecen santos de gran elevación y acertada pluma, por lo que es designado como la Edad de Oro o Primavera de la Mística. En aquel tiempo se hace muy popular la llamada “vía del recogimiento”, que alude a cómo proceder para progresar en la oración personal, con figuras representativas como Juan de Ávila, Luis de León, Juan de la Cruz, Pedro de Alcántara y tantos otros. Pero la mejor formulación de esta vía oracional fue la de Teresa de Jesús, que la denomina como oración de “simple mirada” o de recogimiento activo, en la que se centra la atención de esta obra. Se pretende, en una aproximación somera, un acercamiento muy elemental a los conceptos teológicos implicados, ya que ha sido siempre difícil interpretar y sistematizar los testimonios de los místicos, cuya traducción al lenguaje teológico es generalmente insuficiente. Teresa de Jesús supo, en lenguaje franco y directo, expresar muy adecuadamente sus experiencias, para ilustración y consejo a sus hermanas Carmelitas. Es este lenguaje y su voluntad de explicar llanamente hasta donde el ser humano puede llegar, lo que le acredita como maestra de oración y nos permite adentrarnos –siquiera de modo elemental- en el inmenso océano de la experiencia del orante en manos de Dios. Se hace también una indagación en las claves antropológicas de la oración avanzada, en la que el hombre entero se involucra, por lo que se producen cambios psicológicos y fisiológicos todavía no completamente estudiados ni conocidos, sin olvidar el papel fundamental de la Gracia, que posibilita al ser humano el progreso en todo el proceso de la oración. Se ha intentado asimismo indagar en la fundamentación bíblica y el devenir histórico de esta oración.
Este no es un texto más sobre la teoría de la contemplación o un ensayo sobre la mística española. Intenta, mediante una perspectiva general que parte del hecho de la espiritualidad del recogimiento, subrayar el sentido universal de la vocación de santidad en la Iglesia. Ha sido común la opinión de que el camino contemplativo queda reservado a unos pocos elegidos y a personas de estado religioso. Que este camino es para el común de los fieles lo expresa rotundamente las palabras del Concilio Vaticano II, que en su declaración Lumen Gentium, 11 nos dice que todos están llamados a ser santos. Se ha redactado principalmente para seglares que pretenden profundizar su fe y su oración, pero que no encuentran fácilmente una exposición sencilla y en lenguaje actual de la oración fuera de textos especializados. Es habitual que prevalezca en su entorno la supremacía de la oración mental, modo casi exclusivo de oración de la mayoría; al no estar apercibidos, la entrada a la oración de simple mirada, que muchísimos inician, se frustra al chocar con los cánones de “efectividad” que, lamentablemente, impregnan la vida religiosa. Hay que darse cuenta de que Dios no sirve para nada. Sin embargo, la fe y el amor no se relacionan directamente con los contenidos y aun desde modos básicos de oración, Dios puede llamar a la contemplación. Pero más común es que las personas religiosas que buscan profundidad en su vida oracional, sean llamadas por la Gracia e introducidas de modo paulatino en este “diferentísimo modo de oración”, en palabras de Juan de la Cruz.
Algunos pensarán que en la oración la cuestión es rezar como sea y que Dios haga el resto. Esta reflexión puede ser tan ingenua como insuficiente. El orante puede, sólo hasta cierto punto y mediante una inteligente pedagogía, contribuir al encuentro a través del silenciamiento, que comprende tres aspectos: el ambiente, el cuerpo y la mente, fundamentalmente esta última. El factor primordial que debe estar presente durante toda la oración es la advertencia amorosa, en palabras de Juan de la Cruz: la atención cada vez más intensa unida al Amor, que se manifiesta en el abandono y desposesión de sí mismo
Desafortunadamente, es muy sutil la diferencia entre la contemplación y el iluminismo en cualquiera de sus formas. Ocasionales excesos y crisis históricas muy concretas, como la de movimientos de “puros” como los cátaros, o los alumbrados en España, han supuesto un descrédito de la oración de profundidad, y con ello el consejo de retornar al empleo de las llamadas potencias volviendo a la meditación discursiva; se aborta así no pocas veces un proceso oracional que iba por buen camino. Sería muy gratificante que esta obra contribuya a orientar a quienes se sienten perplejos en un terreno siempre oscuro.
…Y vendremos a él, y haremos morada en él. (Jn 14,23)