En el umbral de la contemplaciónOración contemplativa

En el umbral de la contemplación (resumen para el lector apresurado)

Orando

Fotografía: Iglesia en Valladolid (Creative Commons)

Un hecho peculiar

La espiritualidad del recogimiento española representa un hecho peculiar en la historia de la Iglesia: la práctica de la meditación y oración avanzada, hasta entonces reservada a comunidades monásticas y clérigos selectos, rebasa estos límites y se difunde, como una fecunda corriente, hasta llegar a todos los ambientes sociales, desde los púlpitos a los palacios. La contemplación se pone, por así decirlo, al alcance de todos, laicos y religiosos, ricos y pobres, letrados e ignorantes. No es un movimiento popular de entusiasmo místico y rebeldía contra el clero, como en el caso de los “puros” de la Edad Media, (cátaros, albigenses) sino que se trata de una renovación programada, en el seno de la reforma eclesiástica promovida por el Cardenal Cisneros y apoyada por amplios sectores de la Iglesia en España, conscientes de la urgente necesidad de cambio en las estructuras y conductas. La vía del recogimiento bebe en las fuentes de la espiritualidad centroeuropea, origen de la devotio moderna (con figuras como Eckhart, Taulero y Kempis), y como ella insiste en el carácter íntimo de la experiencia religiosa y la necesidad de la lectura y reflexión sobre la Escritura.

 

La vía del recogimiento

En el siglo XVI coinciden, como quizá nunca después se ha visto, un gran número de hombres y mujeres de altísima elevación espiritual y que además, han dejado monumentales obras sobre su experiencia interior, cuyo fin era la guía y consejo de sus contemporáneos, lo que da idea de lo extendido de este tipo de oración. En estas obras aparece la palabra “recogimiento” como una característica definitoria: el orante debe recogerse en sí mismo para llegar a la contemplación. Esta “vía del recogimiento” alcanza sus más altas cotas con Teresa de Jesús y Juan de la Cruz, místicos insignes que junto al testimonio de sus vidas –fundamentalmente dedicadas a la reforma del Carmelo- nos dejaron una serie de escritos que, dentro de la línea de su época, son guías excelentes para el orante que se adentra en esta tierra “de nadie”; textos para cuya comprensión no se precisa un elevado conocimiento teológico ni altas letras. Teresa escribe en lenguaje llano y acorde con su finalidad, que es la formación de las religiosas, pero con viveza y frescura encantadoras y frases de gran rotundidad; Juan de la Cruz alcanza sublimes cotas de creación poética y en las “declaraciones” de estos poemas, describe el proceso de elevación mística de modo magistral. Junto a ellos brillan también elevados escritores espirituales: Juan de Ávila, Fray Luis de Granada, Francisco de Osuna, Bernardino de Laredo, Fray Luis de León, y tantos otros.

La originalidad de la vía del recogimiento, además de su apertura a todos los estamentos sociales, era su fundamentación y método: Dios llama a toda persona a entrar en la vía contemplativa y se puede entrar en ella, mediante una firme convicción, siguiendo ciertas orientaciones. Éstas consistían en el progresivo aquietamiento y la simplificación de los contenidos oracionales, con el abandono paulatino y voluntario de los contenidos mentales hasta un punto en que el vaciamiento de la conciencia permitía la irrupción de un Dios que siempre está dispuesto a entregarse, pero al que no se percibe por el estorbo de nuestros pensamientos y afectos. El amor es la constante de todo este proceso; los diversos tratados de oración de la época dan consejos y señales para auxilio de los que se adentran en este camino sin caminos. Teresa de Jesús elabora un muy acertado juicio y descripción sobre este abandono que el orante puede hacer, hasta cierto punto; se trata del recogimiento “activo”, denominado posteriormente oración de “simple mirada”. Es un momento crucial del desarrollo oracional, tras el que, comúnmente, se pasa a lo que la santa llama recogimiento “pasivo”, que ya es contemplación propiamente dicha. Tras este momento de transición, existe un camino sin fin que es descrito y definido hasta fases muy elevadas por Teresa, principalmente en su obra Las Moradas.

 

Antecedentes del recogimiento

La espiritualidad del recogimiento, si bien está circunscrita a un tiempo y lugar determinados, no es más que la expresión del hecho de la continua llamada de Dios a la santificación del hombre, llamada que se inserta en su propia naturaleza desde la Creación, de un modo misterioso que hoy se trata de explicar con la fórmula del “existencial sobrenatural”. Esta llamada se concreta históricamente en la convocatoria a Abraham y las promesas bíblicas, así como en el devenir del pueblo judío. Este pueblo ha sido rico en místicos y profetas que han llamado continuamente a la santificación, la aceptación de la voluntad de Dios y el amor como valores supremos. Un bello ejemplo de literatura mística se encuentra en el Cantar de los Cantares, poema que canta la unión del alma con Dios en género epitalámico, al modo como lo hará Juan de la Cruz en su obra poética.

El misterio de la Encarnación es la confirmación de las promesas bíblicas y la realización de la unión entre Dios y el Hombre, en la figura del Verbo encarnado, cuya irrupción histórica es la garantía del infinito amor de Dios, que envía al mundo a su Hijo, en palabras del evangelista. Jesús de Nazaret hizo la mejor catequesis de la oración con el ejemplo de su propia vida y definió las cualidades de la auténtica oración, como era la suya: retirándose frecuentemente a sitios aislados, sin grandes discursos, con “el corazón”, en suma. La oración es la expresión de la aceptación de la voluntad de Dios, como única guía de conducta; esta aceptación le lleva al suplicio y la muerte. Los primeros discípulos y la Iglesia primitiva tuvieron en alta estima la oración continua, ensalzada por Pablo, y patente en las vidas de los mártires de los primeros siglos de la era cristiana. Los Padres de la Iglesia apreciaron la vía contemplativa y escribieron tratados más o menos sistemáticos, destacando la figura de Agustín de Hipona. Con la cristianización del Imperio Romano, numerosos fieles sintieron la necesidad de volver a una espiritualidad más rigurosa; surgen entonces los Padres del Desierto, que elaboran un sistema de formación ascética original, fundamentado en el fervor religioso y en un agudo conocimiento de la psicología humana. Pronto esta espiritualidad se concreta en comunidades de monjes organizadas alrededor de unas Reglas, en las que se fomenta el progreso espiritual como actividad central. En los años oscuros de la Alta Edad Media, estas comunidades conservaron y cultivaron la religiosidad y la ciencia, que se difunden posteriormente a las prósperas ciudades en las que se produce el fenómeno humanista, punto de arranque del Renacimiento. Tras un período de deplorable secularización de las altas instancias de la Iglesia junto a la incuria del clero, se advierte un movimiento interno que reclama la reforma de estas estructuras, ambiente del que surge, como se ha mencionado, la espiritualidad del recogimiento.

 

Crisis y declive de la vía del recogimiento

Poco después de su momento de mayor esplendor, esta espiritualidad ve obstaculizado su progreso y se hace sospechosa de heterodoxia, por acontecimientos de suma gravedad para la Iglesia: La Reforma protestante en Europa y la aparición de los alumbrados y el quietismo en España, principalmente estos últimos. La Reforma supuso una continua sospecha sobre cualquier idea que pudiera apoyar las tesis luteranas, siendo especialmente perseguido el Erasmismo en España. Pero el mayor enemigo de la vía del recogimiento fue la confusión que podía darse entre sus postulados y los de los alumbrados o con el quietismo de Molinos; confusión mayor en cuanto muchos alumbrados y quietistas leían de continuo las obras de los místicos españoles, interpretándolas a su modo y esgrimiéndolas como fundamentación de sus erróneas doctrinas. La continua vigilancia de la Inquisición, que llegó a procesar a algún autor espiritual, como Fray Luis de León, y el abandono de esta línea de oración por otras más “seguras”, cortó de raíz las pretensiones de los místicos del recogimiento. A partir de fines del siglo XVII, la oración personal común para los fieles era la verbal, reservándose la meditación discursiva para el clero, los religiosos y algún ilustrado. Se separa el estudio de la ascética del de la mística, como si fueran partes diferentes del proceso oracional, y se considera que la contemplación es para muy pocos elegidos, introduciéndose sutilmente una visión jansenista de predestinación a las gracias místicas. Esta parece ser la tendencia oficialista de la Iglesia hasta finales del siglo XIX y principios del XX, en que hay un proceso de renovación, principalmente por parte de órdenes monásticas como las del Carmelo y el Císter.

 

El renacer de la mística

Renace hoy el interés por la oración contemplativa y se divulgan de nuevo las claves de la espiritualidad del recogimiento. Tras el Vaticano II hay una renovación generalizada en la Iglesia que alcanza a los modos de oración, tanto litúrgica como personal. La oración ahora se define como un proceso de simplificación y de profundización en la propia conciencia, desde cuya desnudez se vive la experiencia mística. La incorporación de elementos de psicología y fisiología, importadas en parte del ámbito religioso y filosófico hindú y budista, introduce una nueva visión de la disposición corporal y psicológica más adecuada para la práctica de la oración de simple mirada, al tanto que se divulga el concepto de la llamada universal a la santidad. En cambio, desde instancias científicas no religiosas se interpreta todo el proceso oracional como una despersonalización, cuando no se define como una alteración patológica de la conciencia aderezada con algún fenómeno alucinatorio. Proliferan los talleres de oración y aparecen maestros que introducen a los fieles en nuevos tipos de Ejercicios Espirituales, con atención a elementos poco explicitados por los autores de la vía del recogimiento, como el ambiente, el cuerpo y la disposición mental, que facilitan la construcción de este momento cumbre de la oración, hasta donde ésta se puede “hacer”. Tampoco faltan obstáculos y riesgos a este renacimiento de la oración de recogimiento activo: desde las suspicacias del Magisterio a los peligros del sincretismo religioso y de una visión panteísta y relativista del cristianismo. Como en tantos momentos de la vida religiosa, la correcta discriminación es difícil, por lo que sería útil recordar que Santa Teresa ya decía hace cuatrocientos años que estas cosas de oración son “todas dificultosas”, y que la mejor guía es la confianza en Dios: Poned los ojos en vos y miraos interiormente, como queda dicho; hallaréis vuestro Maestro, que no os faltará.

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