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LXV - Operación del Padre en la memoria

El Padre celestial actúa con su atracción en la memoria. Esta operación quedó significada por Moisés, cuando no se contentó con estar sentado en tiniebla, sino que, llamado por el Señor el día séptimo, se le acercó y habló con El familiarmente «como habla un hombre con su amigo». Oraba diciendo: «Déjame ver, por favor, tu gloria» (Éx 33,11.13.18). Y el Señor respondió: «Yo haré pasar ante tu vista toda mi bondad», pero no mi verdadera esencia. «Porque no puede yerme el hombre y seguir viviendo», sino que «verás mis espaldas», es decir, te mostraré una noticia imperfecta (Ex 33,18-23). Moisés consiguió luego contemplar a Dios en su esencia.

Atracción del Padre

La operación interna y atracción espirituales que nuestro espíritu recibe del Padre celestial están figuradas aquí. Cuando nos adherimos a nuestro liberal y generoso Padre suplicando perseverante espíritu, El hace descender a lo intimo de nuestro desnudo y elevado pensamiento una clara luz intelectual, que excede todo entender y consideración natural. Esta luz no es Dios, sino un medio clarificado entre Dios y el espíritu amante. Lo más noble que existe entre todas las cosas creadas por Dios. Con ello la naturaleza se ennoblece y perfecciona (Sab 7). Nuestro simple y desnudo pensamiento es un ejemplo vivo en que refulge esa luz, exigiendo de nosotros conformidad y unión con Dios. Por lo demás, esta luz se llama candor de la luz eterna y requiere un espejo sin mancha de cualquier otra imagen. Se llama también espíritu del Padre, en el cual Dios sencillamente se manifiesta sin distinción de personas, tan sólo en la desnudez de su naturaleza y sustancia. Pero no se manifiesta tal cual es en su inefable gloria. Se comunica a cada uno según el modo de luz conferida, con lo cual el ojo del mismo espíritu se hace claro y apto. Esta luz da a los espíritus contemplativos verdadera convicción de que ven a Dios, en cuanto se le puede ver en la presente vida.

Contemplación propiamente

Y esto se llama propiamente contemplación: ver a Dios simple e indistintamente de manera que el ojo del pensamiento desnudo no reciba ninguna otra imagen. Sólo e íntegramente la imagen divina. La reconoce al punto de recibirla, porque por la presencia de esta imagen el espejo se clarifica y dispone a contemplarla.

Sabor de la divina imagen

Esta imagen de Dios da inmensa claridad. Es tan profundamente sabrosa a nuestro espíritu que, profundizándolo más, lo sumerge esencialmente en aquella claridad y lo hace una sola cosa con su inmensa luz, muerto para sí, viviendo en la misma luz. Recibe entonces esta luz divina sin ningún objeto intermedio y se hace vidente en la luz deiforme. El alma se esclarece en la luz de gloria con que contemplamos a Dios esencialmente. Y puesto que esta luz se renueva sin interrupción en lo más recóndito, también nuestra alma se regenera gloriosamente en eterna novedad. Allí el espíritu glorificado posee sin medida todas las delicias, riquezas, conocimientos, y todo lo deseable. Más aún: las cosas admirables, reservadas en el infinito tesoro de esta inmensa gloria, sobrepasan muy por encima el entender de todas las criaturas, que no son atraídas por el lumen gloriae al conocimiento fruitivo de Dios.

Sería gran presunción querer escribir sobre estas cosas, porque, aunque alguien tuviese visión esencial como San Pablo, no lo podría expresar. Nada se le puede comparar.

He hecho lo posible para presentar el camino que lleva a la vida contemplativa supraesencial. Pero qué sea lo que el alma recibe cuando entre allí lo dejo para que lo piensen aquellos que lo conocen experimentalmente y que, con San Pablo, han merecido ser arrebatados hasta el tercer cielo (2 Cor 12).

Amor inaccesible

Tal estado señala el noveno grado en la escala del amor. Se llama amor inaccesible, porque guía al hombre hasta la luz donde sólo Dios mora, siempre que hacemos lo posible por disponemos a ello. Es tan vehemente el ímpetu de este amor, que quienes lo hayan experimentado una vez quedan fácilmente extasiados en Dios. Andan embriagados constantemente con el sabor de la dulzura de este bien incomparable. Las potencias externas e inferiores, mediante esta divina embriaguez, son atraídas a las superiores y éstas a su origen, el ápice de la mente. De ahí se levanta nuestro espíritu hacia el espíritu de Dios y se consume en El. Puede volar al abismo infinito donde siempre se renueva y regenera felizmente. El Padre celestial puede decirle: «Tú eres mi hijo, yo te he engendrado hoy» (Sal 2,7).

Concédanoslo oir en este tiempo y en el futuro la amable majestad, sabiduría y bondad del Padre, Hijo y Espíritu Santo. Amén.

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