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XVI - Variedad y eficacia de las meditaciones. Seis grados de oración

Para distinguir los ejercicios de la vida activa, conviene tener en cuenta una doble finalidad en estas meditaciones, a saber: el temor y el amor. Sea el temor servil, que siente sobrecogimiento por los sufrimientos del Purgatorio o el castigo del Infierno; o bien el temor filial con que se horroriza de ofender a Dios o serle ingrato. Las meditaciones disminuyen mérito a medida que se aproximan al temor servil. Cuanto más cerca estuvieren del temor filial o del amor, tanto más aceptas serán a Dios y de mayor mérito; purifican mucho más el alma de sus pecados y ayudan a la vida de perfección.

Meditaciones

Por tanto, se consideran de menor mérito aquellas meditaciones que infunden solamente temor, como son las meditaciones de la muerte, juicio, purgatorio, infierno y cosas por el estilo. Hay meditaciones sobre la vida eterna que, en el hombre incipiente, se orientan más a la conveniencia y provecho propios que al honor y beneplácito divinos. En cambio, los ejercicios de vida eterna en el hombre proficiente y perfecto son mucho más nobles y ventajosos en gracia y méritos. Además de éstas, hay meditaciones sobre la contrición y pesar de los pecados, de la vergüenza ante Dios, de la aversión al pecado y al mundo. Cosas que provienen de recordar las culpas pasadas con amargura del corazón, como decía el rey Ezequías: «Te glorificaré todos mis años, a pesar de la amargura de mi alma» (Is 38,15).

En esta contrición y amargura, el hombre debe ponderar la deformación de los pecados, la indignación causada a Dios y la pérdida de la gracia y la gloria, más que el propio menoscabo, confusión, peligro, pérdida de bienes temporales y cosas semejantes.

Grados en la meditación de la Pasión de Cristo

Además de estas meditaciones, en cuarto lugar están los ejercicios de la Pasión del Señor para sentir compasión. San Bernardo, en el Sermón del Miércoles después de las Palmas, distingue tres grados en el ejercicio de la Pasión del Señor analizando el hecho, el modo y la causa.

- El hecho

El primer grado consiste en pensar la historia de la Pasión, moviéndose a compasión para hacernos partícipes de sus divinos sufrimientos y gloria. Esto dice relación con los hombres activos e incipientes.

- El modo

El segundo grado está en meditar el modo de su Pasión, es decir, con qué profunda humildad, paciencia, mansedumbre y deseo ha padecido. De este modo, en su Pasión podemos hallar la perfección de todas las virtudes que debemos considerar en ella, para imitar al Señor, especialmente aquellos que van aprovechando. Esto ya sería más bien materia para el quinto grado de meditación, o sea: ejercitar las virtudes para asimilarías y practicarlas.

- La causa

El tercer grado es pensar detenidamente en la causa por la cual Cristo sufrió, esto es: la inmensa bondad que quiso demostrarnos. Debemos meditar en ello para inflamarnos vigorosamente en su amor. Esto es ya propio de los perfectos; sin embargo, conviene ejercitarlo en los grados dichos si realmente se quiere aprovechar en la vida divina.

El modo de ejercitarse en la Pasión del Señor está incluido en el sexto y supremo grado de meditaciones, que consiste en que, al meditar, se ejerciten en amor de Dios. Quedan otros ejercicios más sublimes de amor puro, según se dirá más adelante.

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