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XXIII - Triple intención: recta, simple y deiforme. La oración vocal. Aprovechamiento o consurrección de la vida activa por la fe, el amor y la esperanza

Intención recta

En la vida activa, de que ahora estamos hablando, nos elevamos y unimos con Dios primeramente por la recta intención iluminada por la fe. Tiene lugar cuando el hombre en todas las cosas que hace o sufre, que planea o rehúsa, fija su mirada sólo en Dios. Busca en todo puramente su honra, gloria, amor y beneplácito, sin pretender ninguna otra cosa. Siempre se debe procurar esta intención, pues, por bien que se haga cualquier cosa, faltando tal rectitud queda vacía y sin fruto. Por el contrario, la intención recta convierte toda obra indiferente en buena y grata al Señor.

Son muy pocos los que tienen pureza de intención y, sin embargo, nuestra salvación y aprovechamiento dependen de la recta intención. Aquí la vamos a considerar en tres grados.

Grados de la buena intención

El primero es la intención recta, que ordena todas las cosas a Dios y por El. Procede de una voluntad afectuosa, activada por el calor del amor divino. Esta voluntad así enardecida por el fervor, al actuar, induce la intención a conseguir el bien eterno deseado y hace que el alma halle sosiego solamente en el sumo bien. Aquí está la diferencia entre los hijos adoptivos y los reprobados. Llegarán a unirse con Dios sólo aquellos que al practicar las buenas obras no tienen otros móviles fuera del amor divino.

- Repliegue de la naturaleza sobre sí misma

Proviene la diferencia de que la naturaleza se repliega y torna sobre sí misma. Los que carecen de amor divino, gratuito y sobrenatural, giran en torno a sí mismos con amor meramente natural, buscándose en todo. Incluso se ejercitan en obras virtuosas por el gusto de hallar amor sensible, dulzura espiritual y cosas semejantes. Pero quien ama de veras se desprecia a sí mismo y no busca más que a Dios en todo.

La caridad es el lazo de amor que nos lleva a Dios y nos une con El. Así, Dios se une con nosotros hasta lograr la generosa renuncia de nosotros mismos. A juzgar por los actos externos, el amor natural se confunde con la caridad divina. Son, en cambio, muy diferentes por la intención que motiva uno y otro. La caridad en nada se busca a sí misma, mientras que el amor natural no pretende otra cosa. Adán en el paraíso, al mirar por sí mismo, cayó en cuatro pecados (Gén 3): soberbia, porque despreció el precepto divino; avaricia, porque codició la sabiduría de Dios; gula, porque buscó el deleite de un gusto prohibido. Como consecuencia: la lujuria.

- Búsqueda de sí mismo

Así proceden los que se dejan guiar por el amor natural.

Podrá parecer muy alto y noble este conocimiento de grandes cosas, hasta tener visiones. Todo, sin embargo, le serviría para condenación, si cae en los cuatro pecados mencionados.

Primeramente en la propia complacencia y vanagloria, creyéndose algo, cuando en realidad no es nada. Lo segundo, en la codicia, porque la curiosidad suscita deseos de recibir noticias en las cosas espirituales y revelaciones que lo iluminen, visiones e inteligencia difusa. Tercero, la gula, pues, a exigencias del gusto, requiere los deliciosos sabores del paladar para recrearse en ellos saboreándolos, y ordena a estos fines toda su preocupación piadosa. Conseguidas estas cosas, cae en adulterio espiritual, porque pone el fin de su devoción en el placer de los sentidos y en ellos descansa.

De donde puedes colegir que hay muchos en la vida activa y en la contemplativa que se creen haber llegado a los grandes ejercicios y santidad, y, sin embargo, el amor natural los tiene engañados y asfixiados. No se dan cuenta que ignoran los pecados del espíritu.

- Dónde buscar la santidad

Por lo cual, no debe el hombre buscar la santidad en la devoción sensible o en devociones frecuentes, sino en el desprecio y mortificación de sí mismo, como queda dicho, y en la rectitud de intención, única cosa que distingue los verdaderos de los falsos ministros. Señal de la intención recta es la alegría espiritual en la adversidad, como dice Orígenes en el Comentario a los Cantares: «No he hallado más auténtico signo de bondad en el hombre que cuando éste, en medio de aflicciones y adversidades, rezuma frecuentemente dulzura del alma con entusiasmo y gozo moderado».

Esto muestra la impasibilidad de ánimo lo mismo en la contradicción que en la prosperidad. Es signo interior de la recta intención que busca a Dios solamente, sin volver para nada sobre si mismo, y que presenta igual perfección cuando todo resulta a su gusto, como en los asuntos que le salen mal; más aún entonces. Por eso, San Gregorio, comentando aquello de Job: «Había un hombre llamado Job, hombre cabal y recto» (Job 1,1), dice:

- Quién es el justo

Es recto aquel a quien lo adverso no quebranta ni los bienes temporales doblegan; el que se eleva a las cosas más altas y somete plenamente a la voluntad de Dios. Por rectificada que esté su intención, sin embargo, no llega todavía a la dignidad suprema, porque aún pertenece a la vida activa y está ocupada en multitud de cosas, aunque sea solamente por Dios. A este propósito dice San Bernardo en su Comentario a los Cantares que pretender algo fuera de Dios, aunque sea por Dios, no es de María ocio, sino de Marta negocio.

Esto no quiere decir que todo lo que pertenece a Marta es imperfecto. No he afirmado tampoco que esta intención haya llegado a la perfecta nobleza, pues anda muy preocupada y la desasosiegan otros muchos quehaceres. Siempre se le pega un ligero polvillo de las cosas terrenas, que la pureza de intención y el diálogo de la buena conciencia con Dios lavarían pronto y fácilmente.

Intención simple

El segundo grado se llama intención simple, que está más directamente unida a Dios. El perfume del amor increado la cautiva y atrae más dulcemente. Es propia del hombre contemplativo y radica en la voluntad actuada por el gusto experimental del espíritu. La experiencia o sabor del bien eterno hace que el hombre menosprecie todas las cosas y no le permite fijar su intención en algún otro bien sino en Dios. Con tal experiencia el alma no camina, sino vuela.

- Dos cosas necesarias a la intención simple

Dice asimismo San Bernardo en el libro De praecepto et dispensatione que la intención requiere dos cosas para ser simple: amor del bien en la intención y verdad en la elección. La razón de esto es porque la caridad dirige la intención a todas las cosas que sirven para el fin deseado, que es el mismo Dios, y se une a El más estrechamente cuando tiene una finalidad exclusiva en todo, tendiendo a un solo fin y buscando unir con él todas las cosas en cuanto es posible. La verdad en la elección no permite errar al hombre que tiende a este fin. De otro modo, según San Bernardo, ¿cómo podría unirse el ojo simple de la intención con la ignorancia de la verdad, puesto que desconoce toda malicia quien practica el bien? Cuando se dan ambas cosas a la vez, amor del bien y conocimiento de la verdad, entonces la intención es simple, porque la verdad no deja al hombre equivocarse de camino, y la caridad no le permite descansar mientras que, por la intención, no haya elevado a sí mismo y todas las cosas hasta su fin, que es Dios.

Esta intención es «el cojo sano que hace luminoso todo el cuerpo» de las buenas obras (Mt 6,22). Consiste en una amorosa inclinación del espíritu hacia Dios, iluminada con la luz divina. Es inseparable de las tres virtudes teologales y fundamento interno de toda la vida espiritual. Recoge en la unidad del espíritu todas las fuerzas dispersas del alma y lo que une el espíritu con Dios en comunicación amorosa. Aquí está la diferencia entre la intención recta y la simple: que la primera hace todo por Dios, pero no busca a Dios en todas las cosas; o sea, su ejercicio consiste más en las obras exteriores de virtud que en la interior tendencia hacia Dios, aunque hace todas las cosas por El. Por eso, en su corazón están más impresas las imágenes de las obras que Dios por quien las hace.

En cambio, en la intención simple busca también en las obras exteriores la simplicidad del corazón. Por ejemplo, tener siempre, sin imaginar lo que hace, la simple amorosa comunicación con Dios, por encima de toda multiplicidad, distracción e inquietud. Esto ocurre en las obras exteriores lo mismo que en las interiores. Pongamos un caso acerca del ejercicio interior, en el cual, porque es más sutil, puede resultar más difícil de entenderse. Supongamos dos hombres, uno en la vida activa con recta intención, otro en la contemplativa con intención simple. Los dos oran por los amigos, parientes vivos y difuntos, y por toda la Santa Iglesia. Aquel que está en la vida activa con recta intención, mientras ora, no podrá prescindir totalmente de otros pensamientos, en especial de recordar a aquellos por quienes está orando. El que ha llegado a la vida contemplativa, y disfruta de la intención simple, con una sencilla mirada hace pasar por su mente a los amigos, parientes, vivos y difuntos, y a todo el cuerpo de la Santa Iglesia. De momento, en un golpe de intuición, contempla a miles de personas de tal manera que ni se disipan sus sentidos ni mezcla otros pensamientos extraños. Esto hecho, fija su simple mirada en Dios, espejo divino en que verá a todos los hombres, pues es origen de donde salieron. Así ora por ellos, porque entonces las criaturas no se interponen entre Dios y el alma, especialmente si el alma se hubiera instruido y ejercitado en aquella amorosa aspiración de que se hablará más abajo.

Oración vocal

Las oraciones vocales más frecuentes de la vida activa deben recitarse con deseos vigorosos de alabar a Dios, ensalzarle, darle gracias, honrarle, pedirle virtud para sí y para los demás hombres, hasta que el fuego del amor encienda la llama de nuestra voluntad. Entonces hay que prescindir de la oración vocal, desembarazar la razón de toda multiplicidad, que impediría la elevación del alma, y levantar el espíritu hacia Dios con continuos actos espirituales. Como se amontonan juntamente el trigo y la paja hasta la limpia y luego se echa ésta a los animales.

La oración vocal se considera como la paja y debe practicarse hasta que brote la verdadera devoción, a la manera del trigo. Esto logrado, hay que echarla como alimento para satisfacer el hambre de nuestras potencias animales. Dios es el fin de la intención simple en todas las cosas. La intención tiende sólo e inmediatamente hacia el Señor en cuanto es posible, por El mismo. Sin embargo, Dios no es su fin exclusivo; también lo hace por sí misma, buscando ser de muchas maneras consolada, aunque Dios sea su principal intención. Habrá algunos, quizá, que parecen no buscarlo, pero son muy raros los dispuestos al abandono, a verse privados de consuelos y gustos sensibles, a carecer de gracias semejantes. No están muertos del todo a sí mismos para soportar cualquier adversidad, mientras no se levanten a un grado más perfecto de intención.

Intención deiforme

El tercer grado se llama intención deífica, porque está plenamente atraída por el amor del fin eterno, absorta y divinizada. Es propia de los bienaventurados en la gloria y la que hace salir de sí a la voluntad deiformemente afectada. Algunos, por lo demás, aun en este mundo, de tal manera se sienten dominados por el Espíritu, que tienen vivos deseos de conseguir esta intención. No cesan en su empeño por hacerse dignos de alcanzar, en este valle de lágrimas, la divinización de que habla San Bernardo en el libro De diligendo Deum, cuando dice: «La deificación, es decir, el amor o intención que deifica al hombre, nada deja en la voluntad mezclado o impropio; lo dirige todo a Dios por la intención».

¡Oh pura y divinizada intención de la voluntad! Tanto más pura, porque ya nada queda en ella de propiedad o mancha. Tanto más suave y dulce, porque todo lo que siente es divino. Aficionarse así es deificarse. Tal deificación podría comenzar, pero culminará únicamente en la vida eterna, donde los santos carecerán necesariamente de toda humana afición y se identifican plenamente con la voluntad de Dios. Permanecerá, cierto, la propia voluntad, pero otra forma, otra gloria, otro poder. Si no fuera así, ¿cómo sería Dios todo en todas las cosas?, según dice San Pablo (1 Cor 15,19). Quedaría algo del hombre en el hombre.

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