Consejos y recuerdosSanta Teresa de Lisieux

II. Humildad

HUMILDAD

1 Entre todas las virtudes, la humildad, sobre todo, alcanzó en santa Teresa del Niño Jesús los últimos limites. Siguió el «Camino de la infancia espiritual» precisamente para ser más humilde y más pequeña, o mejor, este Camino, seguido fielmente, la hizo humilde y sencilla como un niñito.

 

2 Sor Teresa del Niño Jesús miraba con alegría el hecho de que, no obstante sus nueve años de vida religiosa, había permanecido siempre en el noviciado, sin formar parte del Capitulo conventual, y había sido considerada como una «pequeña» (Nota 1)

 

«¡Señor, sufrir y ser despreciado!»

3 Cuando sufrió la tribulación, tan humillante, de la enfermedad de nuestro venerado padre, demostró que sus deseos de desprecio no eran letra muerta. ¡Cuántas veces, desde su adolescencia, no había ella repetido con entusiasmo aquel dicho de S. Juan de la Cruz: «Señor, sufrir y ser despreciado por vos!». Este era el tema de nuestras aspiraciones cuando en las ventanas del «Belvedere» platicábamos juntas sobre la vida eterna (Nota 2)

 

Querer que se os mande y se os reprenda.

4 «Sería necesario, sobre todo, me decía ella, ser humilde de corazón, y vos no lo sois mientras no queráis que todo el mundo os mande. Estáis de buen humor mientras las cosas os salen bien; pero tan pronto como no van a vuestro gusto, vuestro rostro se ensombrece. No está en esto la virtud. La virtud está en «someterse humildemente bajo la mano de todos» (Nota 3) , en gozaros de todo aquello que supone: una reprensión para vos. Al principio de vuestros esfuerzos, la contrariedad aparecerá al exterior y las criaturas os juzgarán muy imperfecta; pero ahí está el mejor negocio, pues practicaréis la humildad, que consiste, no en pensar o en decir que estáis llena de defectos, sino en gozaros de que los otros lo piensen y aun lo digan.

 

5 «Debiéramos estar muy contentas de que el prójimo nos vitupere alguna vez, pues si nadie se ocupase de hacerlo, ¿qué sería de nosotras? Va en ello nuestra ganancia…».

En una fiesta de Comunidad en la que se habla representado una «piadosa recreación» compuesta por ella, fue censurada por su larga duración, y se la mandó interrumpir (Nota 4) Yo la sorprendí, entre bastidores, enjugándose algunas lágrimas; luego, habiéndose recobrado, permaneció tranquila y dulce bajo la humillación.

Sor Teresa del Niño Jesús aceptaba con una alegría celestial cualquier reproche:, no sólo de las Superioras, sino también de las inferiores. Así, se dejaba decir por parte de las novicias cosas desagradables, sin reprenderías nunca de momento.

 

6 «Estoy dispuesta a aceptar las observaciones cuando son justas, le decía yo; puesto que obro mal, me avengo a ello. Pero no puedo soportar las reprensiones cuando no he faltado.

- A mí, replicó ella, me sucede todo lo contrario: prefiero ser acusada injustamente, pues así no tengo nada que reprocharme, y se lo ofrezco a Dios con alegría; después me humillo al pensar que sería muy capaz de hacer aquello de que se me acusa».

 

7 «Me parece, confesaba ella con sencillez, que la humildad es la verdad. No sé si soy humilde, pero sé que veo la verdad en todas las cosas».

Era costumbre suya clasificarse entre los débiles, de donde vino el apelativo de «almas pequeñas».

En las instrucciones particulares que daba a cada una de sus novicias siempre se insistía en la humildad. El fondo de su doctrina era enseñarnos a no afligimos al ver que éramos la debilidad misma, sino antes bien a gloriarnos en nuestras imperfecciones… (Nota 5) «¡Es tan dulce sentirse débil y pequeña!», decía ella (Nota 6)

 

«Tenéis una perrita…»

8 En una ocasión en que Sor Teresa del Niño Jesús me había hecho ver todos mis defectos, me sentía triste y un poco desamparada. «Yo que tanto deseo poseer la virtud, me decía a mí misma, heme aquí muy lejos de ella: desearía ardientemente: ser dulce, paciente, humilde, caritativa; ¡ah, nunca llegaré a serlo! . . . ». Sin embargo, por la tarde, en la oración, leí que al expresar santa Gertrudis este mismo deseo, Nuestro Señor le había contestado: «En todas las cosas y por encima de todo ten buena voluntad: esta. sola disposición dará a tu alma el brillo y el mérito especial de todas las virtudes. Quien tiene buena voluntad, deseo sincero de procurar mi gloria, de darme gracias, de compartir mis sufrimientos, de amarme y de servirme tanto cuanto todas las criaturas juntas, ése recibirá indudablemente recompensas dignas de mi liberalidad, y su deseo le aprovechará a veces más de lo que aprovechan a los otros sus buenas obras».

 

9 Muy contenta con este buen pensamiento, enteramente a mi favor, se lo comuniqué a nuestra queridita Maestra, la cual pujó la postura y añadió: «¿Habéis leído lo que se cuenta en la vida del Padre Surin? Estaba haciendo un exorcismo, y los demonios le dijeron: «Salimos adelante con todo; lo único que no logramos hacer es resistir a esa perra de la buena voluntad» (Nota 7) Pues bien: si no tenéis la virtud, tenéis en cambio una «perrita» que os salvará de todos los peligros; ¡consolaos, ella os llevará al Paraíso!

- ¡Ah! ¿Qué alma no desea poseer la virtud? ¡ Este es el camino común! ¡ Pero qué pocas son las que aceptan caer, ser débiles, las que se gozan de verse por tierra y de que los demás las sorprendan caídas!

 

Motivos de humillación

10 Un día que yo estaba desanimada, y atribuía este estado de depresión a mi fatiga, ella me dijo: . «Cuando no practicáis la virtud, no habéis de creer nunca que es debido a una causa natural, como la enfermedad, el tiempo, o el mal humor. Debéis buscar un gran motivo de humillación y colocaros entre las almas pequeñas, puesto que no podéis practicar la virtud sino de una manera tan débil. Lo que ahora necesitáis no es practicar las virtudes heroicas, sino adquirir la humildad. Para ello será necesario que vuestras victorias vayan siempre mezcladas con algunas derrotas, de suerte que no podáis complaceros en ellas. Por el contrario, su recuerdo os humillará, mostrándoos que no sois un alma grande. Hay algunas que mientras están en este mundo no tienen nunca la alegría de verse apreciadas de las criaturas lo cual les impide creer que tienen la virtud que ellas admiran en otras.

 

«Un pequeño sistema…»

11 «Últimamente, me dijo, sentí un movimiento natural contra una Hermana; creo que ella no se dio cuenta, pues el combate era interior. Sin embargo, he fomentado en mí el pensamiento de que aquella religiosa me había hallado sin virtud, y me he sentido muy dichosa pensándolo así».

Otra vez, en una ocasión semejante, me decía: «Me colma de. alegría el haber sido imperfecta, Dios me ha concedido hoy grandes gracias, es un buen día…». Yo le pregunté entonces cómo podía probar esos sentimientos. «Mi pequeño sistema, me contestó, consiste en estar siempre alegre, en sonreír siempre, lo mismo cuando caigo que cuando consigo una victoria».

 

12 Esta alma, tan fuerte, dudaba tanto de si misma que se creía capaz de los más grandes pecados,. Había escrito al pie de una estampa de Jesús crucificado éstas palabras, que traducían las disposiciones habituales de su alma: «Señor, vos sabéis que os amo… (Nota 8) , pero tened piedad de mi, pues no soy más que un pecador» (Nota 9)

 

13 Me recordaba una pequeña anécdota en la que había tocado como con el dedo la frivolidad humana, a la que nadie puede sustraerse.

La noche de Navidad de 1887, noche en que esperaba entrar en el Carmelo, fue para ella de extraordinaria aflicción: viéndose todavía en el mundo, a pesar de todas sus diligencias, su alma agonizaba.

«¡Pues bien!, me dijo ella más tarde; ¿queréis creer que a pesar de este océano de amargura en el que me veía abismada, estaba contenta de estrenar mi bonito sombrero azul, adornado con una paloma blanca? ¡Qué extrañas son estas sinuosidades de la naturaleza!».

 

La verdadera alegría

14 Yo notaba que cualquiera cosa de 1a que uno se alegra, un pensamiento festivo, aun piadoso, acaba por cansar el corazón cuando nos apegamos a ella, y que la persistencia de una alegría se convierte en tristeza. Ella me contestó:
- «Sólo en Dios se halla el reposo, y la verdadera alegría que no cansa nunca es la que nace del desprecio de sí mismo. Por eso, a propósito de vuestra debilidad de ayer… (yo había derramado algunas lágrimas, pues me costaba ir a visitar a las enfermas después de Maitines, por estar muy cansada, y una Hermana lo había visto): si la Hermana que os ha sorprendido os juzga sin virtud y vos misma convenís en ello de todo corazón, he ahí la verdadera alegría.
- ¡Oh! Tenéis razón. Comprendo muy bien lo que debería hacer, lo veo claramente, y, sin embargo, no puedo obrar. ¡No, yo no llegaré nunca a ser buena!
- Sí, sí, llegaréis: Dios os hará llegar.
- Sí, pero las criaturas no se darán nunca cuenta de ello, y si caigo siempre, se me juzgará siempre imperfecta, mientras que en vos ellas reconocen la virtud.
- ¡Es porque nunca lo he deseado! Lo que hace falta es que se os juzgue siempre imperfecta: ahí está vuestra ganancia. La dicha consiste en creerse a sí misma imperfecta y en hallar perfectos a los demás. Con que se os juzgue sin virtud no se os quita nada ni os vuelve más pobre; las otras son las que pierden alegría interior, pues nada hay más dulce que pensar bien de nuestro prójimo. Tanto peor para los que os juzgan desfavorablemente, y tanto mejor para vos, si os humilláis por amor de Dios.

 

15 - Yo le confesaba: «Me encuentro en una disposición de espíritu en la que me parece que ya no pienso.

- No importa, me contestó: Dios conoce vuestras intenciones. Y empleando adrede para hacerme sonreír un jerga especial bien conocida de nosotras dos, añadió: «Tanto seréis dichosa, cuanto seáis humilde». (Nota 10)

 

16 - ¡Oh, cuando pienso, le decía yo, en todo lo que tengo que adquirir!

- ¡Decid mejor: perder!… Jesús llenará vuestra alma de esplendores a medida que vos la desembaracéis de imperfecciones.

«No llegaréis a practicar la virtud, me decía ella con frecuencia: queréis escalar una montaña, y Dios quiere haceros descender al fondo de un valle fértil donde aprenderéis el desprecio de vos misma».

 

El Santo que jugaba al columpio

17 Yo soñaba siempre con dar buen ejemplo a mi alrededor, quería que las novicias me tomasen por modelo; por eso, cuando tenía la desgracia de caer, lo creía todo perdido:

«Eso, me decía ella, es buscarse a si misma, un celo falso y una ilusión. Se cuenta que un Obispo, deseando conocer a un Santo que gozaba de alta reputación, fue a buscarle, acompañado de los grandes de su séquito. El Santo, viendo venir de lejos al Prelado con su corte, tuvo un movimiento de vanidad; por lo que, queriendo reaccionar y viendo a unos niños que jugaban en un columpio sobre el tronco de un árbol, hizo bajar prontamente a uno y ocupó su lugar. El Obispo le tomó por loco y se volvió sin más examen.

»Así, con frecuencia, el alma no se halla con suficiente fuerza para soportar la alabanza; entonces debe sacrificar, a veces, por su propia santificación aun lo que en apariencia es un bien. Habéis de alegraros de caer, porque, si cayendo no hay ofensa de Dios, ha de hacerse expresamente a fin de humillarse».

 

Como la Santísima Virgen…

18 Era indiferente a lo que se pensaba de ella, hasta cuando las demás se desedificaban de alguna apariencia. Por eso, al principio de su enfermedad, viéndose obligada a ir a tomar medicinas algunos minutos antes de la comida, una Hermana anciana se sorprendió de ello, y se quejó, pareciéndole que faltaba a la observancia regular. Sor Teresa del Niño Jesús no habría necesitado más que decir una palabra para excusarse y devolver la calma a aquella Hermana. Sin embargo, se guardó bien de hacerlo, tomando como ejemplo la conducta de la Santísima Virgen, que prefería dejarse difamar antes que excusarse ante san José. Ella me hablaba muchas veces de esta conducta, tan sencilla y tan heroica.

A imitación de María, su gran táctica era el silencio. Gustaba de «guardar todas las cosas en su corazón»(Nota 11), anto sus alegrías como sus penas. Esta reserva constituyó su fuerza y el punto de arranque de su perfección, algo así como su sello exterior, pues era notable sobre toda ponderación.

 

POBREZA ESPIRITUAL

19 Como recuerdo de mi Profesión, mi querida Hermanita me pintó un escudo de armas que yo había compuesto con la divisa: «Quien pierde gana». Ella me explicaba que en la tierra era necesario perderlo todo, dejarse despojar de todo para llegar a la pobreza de espíritu.

 

20 Prefería que las otras recibiesen gracias interiores antes que recibirlas ella misma; y yo vi cómo habiendo encontrado un libro que le hacía mucho provecho, se lo pasaba, sin acabarlo, a las Hermanas, y no lograba nunca terminar la lectura.

Si Dios le concedía luces, nos las comunicaba en cuanto le era posible… Pero hubo a veces luces de éstas, vivas y penetrantes, que no hicieron sino mostrársele, sin dejar en ella recuerdo alguno: «Al punto quería recobrarlas, me dijo, pero era imposible; entonces, en lugar de fatigarme en buscar lo que había producido aquella alegría en mi alma, me contentaba con gozar del bálsamo que me había dejado, sin saber cómo había venido, y me sentía dichosa con esta pobreza. . . .»

Como los niñitos que no tienen nada propio y dependen absolutamente de sus padres, ella deseaba que se viviese al día, sin hacer provisiones espirituales.

 

21 «Si Dios quiere pensamientos bellos y sentimientos sublimes, tiene a sus ángeles… Hasta podría crear almas tan perfectas que no tuviesen ninguna de las debilidades de nuestra naturaleza. Mas no: él cifra sus complacencias en las pobrecitas criaturas débiles y miserables. … ¡Sin duda que esto le gusta más!».

 

No apoyarse en nada

22 Sor Teresa traía a la memoria las palabras y los pasajes de los Libros Santos para alimentar su piedad.

Yo le dije: «¡Eso es lo que yo querría hacer, pero no tengo bastante memoria!».

- ¡Ah! ¿De modo que queréis poseer riquezas, tener posesiones? Apoyarse en eso es apoyarse en un hierro ardiente: queda siempre una pequeña marca. Es necesario no apoyarse en nada, ni siquiera en lo que puede ayudar a la piedad. La nada, en verdad, consiste en no tener ni deseo ni esperanza de alegría. ¡Qué dichoso es uno entonces! ¿Dónde se hallará alguien que esté perfectamente exento de la vergonzosa búsqueda de sí mismo?, dice la Imitación de Cristo: Habrá de buscársele muy lejos y en los últimos confines de la tierra (Nota 12) Muy lejos, es decir, muy bajo… Muy bajo en su propia estimación, muy bajo por su humildad; muy bajo, es decir, alguien que sea enteramente pequeño…».

 

«Todo el mundo busca los pronósticos»

23 Ella me decía:

«Os entregáis demasiado a lo que hacéis, como si cada cosa fuese vuestro último fin, y estáis constantemente deseando haberlo logrado, os sorprendéis de caer. ¡Es necesario contar siempre con caer! (Nota 13) Os preocupáis del futuro como si fueseis vos quien debe disponerlo; así, comprendo vuestra ansiedad. Os estáis diciendo continuamente: ¡Oh Dios mío!, ¿qué saldrá de mis manos? Todo el mundo busca de esta manera los pronósticos, es lo corriente; quienes no los buscan son únicamente los pobres de espíritu».

 

Vanidad de la estimación de las criaturas

24 Yo manifestaba el deseo de que las criaturas tomasen en cuenta mis esfuerzos y notasen mis progresos.

«Obrar así, replicó vivamente Sor Teresa, es imitar a la gallina, que tan pronto como ha puesto, se lo advierte a todos los que pasan. Vos queréis, como ella, que luego que habéis obrado bien, o que vuestra intención ha sido irreprochable, todo el mundo lo sepa y os estime…

»Gran vanidad es querer ser apreciada de veinte personas que viven con nosotras, y de las cuales cada una se ocupa, en su pequeño centro, de sus respectivas intenciones, de su salud, de su familia, de sus progresos espirituales o de sus intereses personales, que dejan escapar palabras más o menos felices! Pero al leer las semblanzas de los santos, pienso que también ellos estuvieron sujetos a muchas debilidades, que de su boca salieron en algunos casos expresiones enteramente humanas, a veces vulgares. Entonces pienso que no quiero ser amada ni estimada más que en el cielo.. , pues solamente allí será todo perfecto».

 

25 Al contrario de mi querida hermanita, que no tenía más que un deseo, el de que nadie se percatase de sus sacrificios, yo, siempre seducida por la vanagloria, me esforzaba en atraer la atención sobre lo que hacía. Ella me decía entonces:

«¡Os empeñáis en hacer que vuestras obras rindan! Hay muchos que se dedican a eso. Yo, por mi parte, me guardo mucho de hacerlo; tendría miedo de no ganar bastante. Por el contrario, escondo cuanto me es posible lo que hago y lo pongo en el banco de Dios, sin preocuparme de si rinde o no».

 

Mantas gastadas e interés personal

26 Un día que apaleábamos unas mantas, se me ocurrió decir de mal talante que tuvieran más cuidado, pues estaban muy deterioradas.

Sor Teresa del Niño Jesús me hizo entonces esta observación: «¿Qué haríais si no estuvieseis vos encargada de remendar esas mantas? ¡Obraríais con desinterés de espíritu! Si entonces advirtieseis que fácilmente se pueden desgarrar, obraríais sin apego. Por lo tanto, cuidad de que en ninguna de vuestras acciones se deslice ni la más ligera sombra de interés personal».

 

«Hacer el sacrificio de no recoger los frutos»

27 «Hasta la edad de catorce años, me confidenció ella, practiqué la virtud sin sentir su dulzura; no recogía los frutos: era mi alma como un árbol cuyas flores caen a medida que se abren. Haced a Dios el sacrificio de no coger los frutos, es decir, de sentir durante toda vuestra vida repugnancia en sufrir, en ser humillada, en ver todas las flores de vuestros deseos y de vuestra buena voluntad caer en tierra sin producir nada. En un abrir y cerrar de. ojos, al momento de morir, él hará madurar hermosos frutos en el árbol de vuestra alma».

Dios tuvo a bien demostrarme cuánta razón tenía mi Teresa, pues leí en el Eclesiástico este pasaje, que le comuniqué y la encantó:

«Había un hombre falto de fuerza y muy necesitado, y Dios le miró con ojos benignos, le alzó de su abatimiento y le hizo levantar la cabeza; muchos se maravillaron, y glorificaron a Dios. Abandónate en Dios y sé fiel, pues le es fácil al Señor enriquecer de un golpe al pobre. Su bendición se apresura a recompensar al justo y hace fructificar sus: progresos en un breve instante» (Nota 14)

 

ESPÍRITU DE INFANCIA

28 Nuestra querida Maestra nos enseñaba en todo momento su «Caminito». Así llamaba a su espiritualidad, es decir, a su sistema de ir a Dios. «Para andar por el caminito, declaraba, hay que ser humilde, pobre de espíritu y sencillo».

¡Cómo habría ella gustado, de haberla conocido, esta oración de Bossuet! (Nota 15)

«¡Gran Dios! …, no permitáis que ciertos espíritus, de los que unos se clasifican entre los sabios y otros entre los espirituales, puedan jamás ser acusados ante vuestro inapelable Tribunal de haber contribuido en algún modo a cerraros la puerta de no sé cuántos corazones, por el solo hecho de que vos queríais entrar en ellos de una manera cuya sola sencillez les extrañaba, y por una puerta que, aunque está abierta de par en par por los santos desde los primeros siglos de la Iglesia, ellos, tal vez, no conocían aún suficientemente. Antes bien, haced que, volviéndonos todos tan pequeños como niños, a la manera que Jesucristo lo ordenó, podamos entrar una vez por esta puertecita, a fin de poder después enseñársela a los demás más segura y más eficazmente».

Así sea.

 

29 Teresa supo maravillosamente, con la luz revelada a los pequeños, descubrir esta puerta de salud y enseñársela a los otros. ¿No han fijado, acaso, tanto la Sabiduría divina como la sabiduría humana en este espíritu de infancia «la verdadera grandeza del alma?». Por ejemplo, dos grandes filósofos chinos, anteriores a la era cristiana, así lo habían establecido en estas poderosas definiciones:

«La virtud madura tiende al estado de infancia». (Lao-Tsé, siglo VII antes de Jesucristo).
«Es grande el hombre que no ha perdido su corazón de niño». (Meng-Tsé, siglo IV antes de Jesucristo) (Nota 16)
Para nuestra Santa, este «caminito» consistía prácticamente en la humildad, como ya he dicho.
Pero se traducía también por un espíritu de infancia muy acusado.
Por eso, gustaba ella mucho de hablarme sobre estas sentencias que sacaba del Evangelio:
«Dejad que se me acerquen los niñitos, pues de ellos es el reino de los cielos… Sus Ángeles contemplan continuamente el Rostro de mi Padre Celestial… Quien se hiciere pequeño como un niño, será el más grande en el reino de los cielos. Jesús abrazaba a los niños después de haberles bendecido». EVANGELIO.

Ella había copiado estas palabras, tal como las reproducimos (Nota 17), en el reverso de una estampa sobre la que estaban pegadas las fotografías de nuestros cuatro hermanitos, que habían volado al cielo en tierna edad. Me la regaló, guardándose otra parecida en su breviario. Las fotos están ahora borradas, en parte, por el tiempo.

 

30 A estos textos evangélicos había añadido otros, sacados de la Sagrada Escritura, que la encantaban, y siempre en relación con el Espíritu de infancia:

«Dichosos aquellos a quienes Dios justifica sin las obras, pues al que trabaja, el salario no se le cuenta como una gracia, sino como una deuda… Reciben, pues, un don gratuito los que sin hacer las obras son justificados por la gracia en virtud de la redención, cuyo autor es Jesucristo». (Epístola de San Pablo a los Romanos 4, 4-6)
«El Señor conducirá a los pastos su rebaño. Reunirá a los corderitos y les tomará en su regazo». Isaías, cap. XL, 11.
En el reverso de otra estampa grande, había reunido otras citas escriturísticas, algunas de las cuales repetían las precedentes. Pero es interesante ver hasta qué punto esclarecían su Camino.
«¡Si alguno es pequeñito, que venga a mí!» (Proverbios) «Quien se hiciere pequeño como un niño, será el más grande en el reino de los cielos. . . » (Evangelio)
El Señor reunirá a los corderitos y les tomará en su regazo.
«Como una madre acaricia a su niño, así os consolaré yo: os llevaré sobre mi regazo y os acariciaré sobre mis rodillas». (Isaías 46, 13).
«De la misma manera que un padre siente ternura para con sus hijos, el Señor siente compasión para con nosotros; tanto como dista el levante del poniente, tanto ha alejado él de nosotros los pecados de que somos culpables. El Señor es compasivo y lleno de dulzura, parco en castigar y abundante en misericordia» (Salmo 102, 12)

 

31 Amaba también muy particularmente otra estampa que representaba a un niño sentado sobre las rodillas de Nuestro Señor y haciendo esfuerzos por alcanzar su divino rostro y besarlo.
Le enseñé un recordatorio con la fotografía de un niño, muerto en tierna edad; ella señaló con su dedo el rostro del niño, diciendo con ternura y orgullo:
«¡Están todos bajo mi dominio!», como si previese ya su título de «Reina de los Pequeñitos».

 

32 Sor Teresa del Niño Jesús era alta, medía un metro sesenta y dos, mientras que la Madre Inés de Jesús era mucho más baja. Yo 1e dije un día:

«Si se os hubiese dado a escoger, ¿qué hubierais preferido: ser alta o baja?
Y me contestó sin vacilar:
«Hubiera escogido ser baja para ser pequeña en todo».

 

Devoción al misterio de la Encarnación y del Pesebre

33 Festejaba con la mayor piedad todos los años el 25 de marzo, pues decía ella: «Este es el día en que Jesús, en el seno de Maria, fue más pequeño».

Pero amó muy particularmente el Misterio del Pesebre. Allí le reveló el Niño Jesús todos sus secretos sobre la sencillez y el abandono.

Al contrario del heresiarca Marción, que decía con desprecio: «Quitadme esos pañales y ese pesebre indignos de un Dios», Teresa estaba prendada de la humillación de Nuestro Señor al hacerse pequeñito por amor nuestro.. Ella escribía con gusto sobre las estampas de Navidad que pintaba este texto de San Bernardo: «Jesús, ¿quién os hizo tan pequeño? - ¡El Amor!».

El nombre de Teresa del Niño Jesús, que le había sido dado a los nueve años, cuando manifestó su deseo de hacerse carmelita, continuó siendo siempre para ella una actualidad, y se esforzó constantemente por merecerlo. Haría esta oración: «Oh, Niñito Jesús, mi único tesoro: yo me abandono a tus divinos caprichos; no quiero otra alegría que la de hacerte sonreír. Imprime en mí tu gracia y tus virtudes infantiles, a fin de que el día de mi nacimiento en el cielo, los Ángeles y los Santos reconozcan en mí a tu pequeña esposa: Teresa del Niño Jesús».

Estas virtudes infantiles que deseaba, habían causado antes que su admiración la del austero San Jerónimo, que no fue por eso tachado de puerilidad.

 

Ladrones del cielo

34 «Mis protectores del cielo y mis privilegiados son los que lo han robado como los santos Inocentes y el buen ladrón. Los grandes santos lo han ganado por sus obras; pero yo quiero imitar a los ladrones, quiero obtenerlo por astucia, una astucia de amor que me abrirá la entrada, a mí y a los pobres pecadores. El Espíritu Santo me anima a ello, puesto que dice en los Proverbios: «¡Oh, pequeñín! Ven, aprende de mí la astucia!» (Proverbios 1, 4).

 

La morada de los niñitos

35 Le hablaba yo de las mortificaciones de los santos; ella me contestó: «¡Qué bien ha hecho Nuestro Señor con advertirnos de que en la casa de su Padre hay muchas moradas! (Juan 14, 2) De lo contrario nos lo hubiera dicho…

»Sí, si todas las almas llamadas a la perfección hubieran debido, para entrar en el cielo, practicar esas maceraciones, él nos lo hubiera dicho, y nosotros, nos las hubiéramos impuesto valientemente. Mas él nos anuncia que en su casa hay muchas moradas. Si hay las de las grandes almas, la de los Padres del desierto y la de los mártires de la penitencia, debe haber también la de los niñitos. Nuestro lugar está reservado allí, si le amamos mucho a El y a nuestro Padre celestial y al Espíritu de Amor».

Sor Teresa del Niño Jesús era, ya se ve, un alma muy sencilla, que se santificó por medios ordinarios.

Se comprende que la frecuencia de dones extraordinarios en su vida hubiera sido contraria a los que decía ser los designios de Dios sobre ella. Su vida había de ser sencilla para servir de modelo a las almas pequeñas.

 

Los niñitos no se condenan

36 «¿Qué haríais, le decía yo, si pudieseis volver a empezar vuestra vida religiosa?

- Me parece, respondió, que haría lo mismo que he hecho.
- Entonces, ¿no compartís el sentimiento de aquel solitario que afirmaba: «Aunque hubiese vivido largos años en la penitencia, mientras me quedase un cuarto de hora, un soplo de vida, temería condenarme?».
- No, no puedo compartir ese temor; soy demasiado pequeña para condenarme: los niñitos no se condenan».

 

Pasar bajo el caballo

37 Toda desanimada, con el corazón todavía oprimido por un combate que me parecía insuperable, fui a decirle: «¡Esta vez es imposible, no puedo sobreponerme!

- Eso no me maravilla, me respondió. Somos demasiado pequeñas para sobreponernos a las dificultades; es necesario que pasemos por debajo de ellas».

Me recordó entonces este episodio de nuestra infancia:

«Nos hallábamos en casa de unos vecinos (Nota 18) , en Alençon; un caballo nos impedía la entrada al jardín. Mientras las personas mayores buscaban un modo de pasar, nuestra amiguita (Nota 19) no halló otro más fácil que el de pasar por debajo del animal. Se deslizó la primera, y me tendió la mano; yo la seguí arrastrando a Teresa, y sin curvar mucho nuestra pequeña estatura, logramos nuestro objeto.

«Ved lo que se gana con ser pequeña, concluyó ella. No hay obstáculos para los pequeños; se cuelan por todas partes. Las almas grandes pueden pasar sobre los negocios, examinar las dificultades, llegar por el razonamiento o por la virtud a colocarse por encima de todo; pero nosotras, que somos pequeñitas, hemos de guardarnos mucho de intentarlo. ¡Pasemos por debajo!

«Pasar por debajo de los asuntos es no mirarlos de demasiado cerca, no razonarlos» (Nota 20)

 

Dirigir la intención

38 Durante su enfermedad, aceptaba los remedios más repugnantes y los tratamientos más penosos con una paciencia inalterable, aun dándose cuenta de que era cosa perdida; pero nunca manifestó la fatiga que se le seguía de ello. Me confidenció haber ofrecido a Dios todos aquellos cuidados inútiles por un misionero que no tendría ni tiempo ni medios para cuidarse, pidiendo que todo aquello le fuese provechoso… Como yo le manifestase mi pena por no tener tales pensamientos, me contestó:

«Esta intención explícita no es necesaria para un alma que se ha entregado enteramente a Dios. El niñito, en el seno de su madre, toma la leche maquinalmente, por decirlo así, sin presentir la utilidad de su acción, y mientras tanto vive y se desarrolla; sin embargo, no es ésa su intención».

Y me decía además: «Un pintor que trabaja para su maestro no necesita repetir a cada pincelada: esto es para el señor tal, esto es para el señor tal… Basta con que se ponga al trabajo con la intención de trabajar para su maestro. Bueno es recoger frecuentemente el pensamiento y dirigir la intención pero sin apremio de espíritu. Dios adivina los pensamientos bellos y las intenciones ingeniosas que quisiéramos tener. El es un Padre y nosotros sus hijitos».

 

«Jesús no puede estar triste a causa de nuestros regateos»

39 Yo le decía: «Tengo que trabajar, si no Jesús estaría triste…».

- «¡Oh, no! Estaríais triste vos. El no puede estar triste a causa de nuestros regateos (Nota 21) ¡Pero, qué pena para nosotros no darle todo lo que podemos!».

 

Ser santa sin crecer…

40 Porque era profundamente humilde, Sor Teresa del Niño Jesús se sentía incapaz de subir la «áspera escalera de la perfección»; por eso se dedicó a volverse cada vez más pequeña, a fin de que Dios se hiciese completamente cargo de sus cosas y la llevase en sus brazos, como acaece en las familias con los niñitos. Quería ser santa, pero sin crecer, porque así como las pequeñas travesuras de los niños no contristan a sus padres, así las imperfecciones de las almas humildes no pueden ofender gravemente a Dios, y sus faltas no les son tenidas en cuenta, según el dicho de los Libros Santos: «A los niños se les perdona por compasión» (Sabiduría 6, 6) . En consecuencia, se guardaba mucho de desear ser perfecta y de que las demás la creyesen tal, pues con eso habría crecido, y Dios la dejaría andar sola.

 

41 «Los niños no trabajan para ganarse una posición, decía ella; si son buenos, es para complacer a sus padres. Por eso, no se ha de trabajar para llegar a ser santas, sino para agradar a Dios».

Cómo besar el crucifijo

42 Durante su enfermedad, habiéndome portado imperfectamente, y arrepintiéndome mucho de ello, me dijo: «Besad el crucifijo ahora mismo.»

Yo le besé en los pies.
- «¿Es ahí donde una hija besa a su padre? ¡Pronto, pronto; se besa el rostro!».
Yo lo besé.
- «Y ahora se deja una besar».
Hube de arrimar el Crucifijo a mi mejilla, y entonces me dijo:
- «¡Esta vez está bien, todo queda olvidado!».

 

El patrimonio de los niñitos

43 «Nuestro Señor respondía en otro tiempo a la madre de los hijos de Zebedeo:

«Estar a mi derecha y a mi izquierda pertenece a aquéllos a quienes mi Padre se lo ha destinado» (Mateo 20, 23; Marcos 10, 40) . Me figuro que estos puestos de elección, rehusados a los grandes santos, a los mártires, serán el patrimonio de los niñitos…

«¿No hacía ya David esta predicción cuando dijo que el pequeño Benjamín presidirá las asambleas (de los santos)?» (Salmo 67, 28)

Le preguntaban una vez bajo qué nombre deberíamos invocaría cuando estuviese en el cielo.

«Me llamaréis Teresita respondió humildemente».

 

CONFIANZA

44 Sus conversaciones sobre el amor y la misericordia de Dios no se agotaban nunca. Su confianza era invencible, y si deseaba desde su adolescencia «llegar a ser una Santa y una gran Santa», como lo declara en el capítulo IV de su Vida, su ambición iba a perderse en la infinita riqueza de los méritos de Jesús, «que eran propiedad suya», decía ella. Por eso, aun las más altas esperanzas no le parecían temerarias.

Aseguraba que no se había de temer el desear demasiado, el pedir demasiado a Dios: «En la tierra hay gentes que saben hacerse invitar, que se cuelan por todas partes… Si pedimos a Dios algo que no entraba en sus cálculos darnos, es tan poderoso y tan rico, que se le hace ya puntillo de honor decirnos que no, y lo da…»

45 Pero no empleaba nunca esta santa audacia para solicitar consuelos, ni aun aligeramiento de penas. En cuanto a las gracias temporales, era muy circunspecta. Creía que Dios no le rehusaría nada, y usaba de una gran reserva «por miedo, confidenciaba ella, de que Dios se creyese obligado a escucharla». Por consiguiente, cuando pedía un favor o un alivio, era por complacer a los demás, y aun entonces hacía «pasar sus oraciones por manos de la Santísima Virgen» y daba esta razón: «Pedir a la Santísima Virgen no es lo mismo que pedir a Dios. Ella sabe muy bien lo que tiene que hacer con mis pequeños deseos, si los ha de trasmitir o no…; en fin, a ella le toca juzgar, para no forzar la voluntad de Dios a que me escuche, para dejarle hacer en todo su voluntad». Cuando expresaba su deseo de «hacer el bien en la tierra después de su muerte», ponía como condición que «miraría los ojos de Dios para saber si aquello era su voluntad». Nos hacía notar que este abandono imitaba la oración de la Santísima Virgen, la cual en Caná se contenta con decir: «No tienen vino» (Juan 2, 3) Del mismo modo, Marta y María dicen solamente: «Aquél a quien vos amáis está enfermo» (Juan 11, 3) Ellas exponen sencillamente sus deseos sin formular una petición, dejando a Jesús en libertad de hacer lo que quiera.

 

Quietismo, no

46 Aunque caminó por esta vía de confianza ciega y total, que ella llama «su caminito» o «Camino de infancia espiritual», nunca descuidó la cooperación personal, antes bien dio a ésta una importancia que llenó toda su vida de actos generosos y continuados,

Así lo entendía ella y así nos lo enseñó constantemente en el noviciado.

Un día que yo había leído estas palabras en el Eclesiástico: «La misericordia prepara a cada uno su lugar según el mérito de sus obras y según la prudente conducta de su peregrinación en esta vida» (Eclesiástico 16, 15), le hice observar que ella tendría un hermoso lugar, pues había dirigido su barca con una sublime prudencia; pero ¿por qué se decía: según el mérito de sus obras?

Me explicó entonces con energía que el abandono y la confianza en Dios se alimentaban del sacrificio. «Hay que hacer, me dijo, todo cuanto está en nosotros, dar sin medida, renunciarse continuamente, en una palabra, probar nuestro amor por medio de todas las buenas obras que están en nuestro poder… Pero como, al fin de cuentas, todo esto es bien poca cosa…, es necesario, cuando hayamos hecho todo lo que creemos deber hacer, confesarnos «siervos inútiles» (Lucas 17, 10), esperando, no obstante, que Dios nos dé por gracia todo lo que deseamos.

«He aquí lo que esperan las almas pequeñas que «corren» por el camino de infancia: Digo «corren» y no «descansan».

 

«No ir al Purgatorio»

47 Mi querida Hermanita me inculcaba a cada momento este deseo humildemente confiado, del cual vivía intensamente. Esta era la atmósfera que respiraba como el aire.

Era yo todavía postulante cuando la noche de Navidad de 1894 hallé en mí zapato una poesía que Teresa me había compuesto a nombre de la Santísima Virgen. Allí leí esto:

Tu corona trenzará
Jesús, si buscas su Amor.
Un día te hará reinar,
si le das tu corazón.

Tras la noche de la vida
verás su dulce mansión,
y a aquella cumbre divina
volará tu alma veloz.

En su Acto de ofrenda al Amor Misericordioso de Dios, hablando de su propio amor, ella termina así: «…¡ Que este martirio, después de haberme preparado para comparecer delante de Vos, me haga por fin morir, y que mi alma se lance sin demora al eterno abrazo de Vuestro Misericordioso Amor! . . .»

Estaba, pues, siempre bajo la impresión de esta idea, cuya realización no ponía en duda, según el dicho de nuestro Padre San Juan de la Cruz, que ella se apropiaba: «Cuanto más quiere darnos Dios, tanto más nos hace desear» (Nota 22)

 

48 Basaba su esperanza relativa al Purgatorio sobre el abandono y el Amor, sin olvidar su tan amada humildad, virtud característica de la infancia. El niño ama a sus padres, y no tiene otra pretensión que la de abandonarse totalmente en ellos, pues se siente débil e impotente.

Me decía: «¿Riñe un padre a. su hijo cuando él mismo se acusa? ¿Le impone un castigo? No, seguramente, sino que le estrecha contra su corazón.

En apoyo de este pensamiento me recordó una historia que habíamos leído en nuestra infancia: Habiendo salido un rey de caza, perseguía a un conejo blanco, que sus perros estaban a punto de alcanzar; en esto, el conejito, viéndose perdido, retrocedió rápidamente y saltó a los brazos del cazador. Este, conmovido ante tanta confianza, no quiso separarse más del conejo blanco ni permitió que nadie le tocara, reservándose el cuidado de alimentarle.

«Así obrará Dios con nosotras,, me dijo, si perseguidas por la justicia, figurada en los perros, buscamos refugio en los brazos mismos de nuestro Juez…».

 

49 Si es verdad que al decir esto pensaba en las almas pequeñas que siguen el Camino de la Infancia espiritual, no por eso excluía de esta esperanza atrevida aun a los grandes pecadores.

Por eso Sor Teresa del Niño Jesús pudo escribir en su manuscrito: «¡Ah, lo sé! Aún cuando yo tuviese sobre la conciencia todos los crímenes que se pueden cometer, no perdería nada de mi confianza; iría, con el corazón roto por el arrepentimiento, a arrojarme en los brazos de mi Salvador. Sé que ama al hijo pródigo, he oído las palabras que dirige a santa Magdalena, a la mujer adúltera, a la Samaritana. ¡No! Nadie podría asustarme, pues sé a qué atenerme respecto de su amor y de su misericordia. Sé que toda esa multitud de ofensas se abismaría en un abrir y cerrar de ojos, como una gota de agua arrojada en un brasero ardiendo» (Nota 23)

 

50 Inmediatamente después de mi entrada en el Carmelo, había pedido permiso para leer la historia de los Padres del desierto. Había sacado de ella algunas notas, entre las cuales ésta, que impresionó a mi querida Hermanita hasta tal punto que sintió no haberla introducido en su autobiografía, y recomendó con instancia que se le añadiese:

«Una pecadora, llamada Paesia, asolaba la comarca con sus escándalos. Un Padre del desierto, Juan el Nain, fue a buscarla, y como la exhortase a la penitencia de sus pecados, ella le dijo: Padre mío: ¿hay todavía posibilidad de penitencia para mí?

- Sí, dijo el Santo; os lo aseguro.
- Llevadme a donde creáis conveniente para hacerla, le respondió ella.

»Se levantó en seguida, y le siguió sin decir nada en su casa, sin siquiera decir una palabra a nadie.

»Como hubiesen entrado en el desierto y se acercase la noche, Juan hizo un montón de arena en forma de almohada, lo señaló con el signo de la cruz, y dijo a Paesia que se acostase. Luego, él se colocó más lejos para dormir también, después de haber orado. Pero, habiéndose despertado a media noche. vio un rayo de luz que descendía del cielo sobre Paesia y que servía como de camino a muchos ángeles que llevaban su alma al cielo. Sorprendido de esta visión, fue hacia Paesia, a quien empujó con el pie para ver si estaba muerta, y vio que había entregado su alma a Dios. Al mismo tiempo, oyó una voz milagrosa que le decía: Su penitencia de una hora ha sido más agradable a Dios que la que otros hacen durante largo tiempo, pues éstos no la hacen con tanto fervor como aquélla» (Nota 24)

 

51 Muchas veces, Sor Teresa me había hecho notar que la justicia de Dios se contentaba de bien poca cosa cuando el motivo de obrar era el amor, y que entonces moderaba hasta el exceso la pena temporal debida al pecado, pues Dios es todo dulzura.

«He comprobado por experiencia, me confidenció, que después de una infidelidad, aun ligera, el alma debe sufrir durante algún tiempo cierto malestar. Entonces me digo a mí misma: «Hija mía, es el precio de tu falta», y soporto pacientemente el pago de la pequeña deuda».

Mas a eso se limitaba, así lo esperaba ella, la satisfacción reclamada por la justicia, en los que son humildes y se abandonan en Dios con amor. No veía abrirse para ellos la puerta del Purgatorio; antes bien, pensaba que el Padre de los cielos, respondiendo a su confianza con una gracia de luz a la hora de la muerte, haría nacer en sus almas, a la vista de su miseria, un sentimiento de contrición perfecta que borrase toda deuda.


(1) Sor Teresa del Niño Jesús habría debido dejar el noviciado, según la costumbre, de entonces, tres años. después de su Profesión, es decir, en septiembre de 1893. Pero, según una interpretación corriente de las leyes, no se admitía como capitulares a más de dos hermanas de la misma familia. Siendo capitulares la Rvda. Madre Inés de Jesús y Sor Maria del Sagrado Corazón, su joven hermana no ocupó nunca en el Capitulo conventual el lugar que le correspondía de derecho, y no tuvo en él ni voz ni asiento. Encargada de la formación de las novicias, bajo la autoridad de la Madre Maestra titular, permaneció entre ellas como su «decano» hasta la muerte.

(2) Véase en apéndice la nota sobre las conversaciones en el «Belvedere».

(3) Imitación, libro III, cap. XLIX, 7.

(4) Se trata del cántico de «el Ángel del Desierto», en la pieza de la «Huida a Egipto», 21 de enero de 1896.

(5) 2 Corintios 12, 5.

(6) Se comprende claramente que la Santa no pretendía en modo alguno aprobar la aceptación sin combate de las faltas morales, ni aun de las ligeras. Semejante actitud le hubiera parecido atentatoria de los derechos de Dios. Sabido es con qué vigor denunció el error especioso del quietismo. Hubiera aplaudido el firme lenguaje de Su Santidad el Papa Pío XII, el cual deplora en su Mensaje del 23 de diciembre de 1949 que algunos hagan «del pecado una simple debilidad, y de la debilidad hasta una virtud».
Lo que Teresa subraya muchas veces en ‘su «pequeña Doctrina» es la necesidad, fundamental para la criatura, de no creer en su propia fuerza, de no’ apoyarse sobre sus propios méritos, sino de contar exclusivamente con la gracia divina, sola capaz de inspirar, de ayudar, de coronar nuestros esfuerzos y de prestar vigor a nuestra buena voluntad.
Reconocer, aceptar, amar la propia debilidad no es excusar el pecado ni acomodarse a él, sino establecerse en la verdad, perder toda ilusión acerca’ de sí mismo y hacer brotar del fondo mismo de una miseria mejor juzgada el grito de confianza apasionada en la infinita Misericordia. Esto vale de lleno para las impotencias, las depresiones, las tentaciones, las pruebas, las imperfecciones, las desgracias que escapan a la fragilidad humana, y ante las cuales sentían tendencia a desasosegarse las novicias a las que la Santa se dirigía.
Esto vale también, pero con matices importantes -otros textos teresianos, concretamente el conmovedor final del capítulo X de la Historia de un alma, lo evidencian-para la herencia de culpas pasadas, aunque sean abrumadoras como las de la Samaritana, las de la mujer adúltera, las del buen ladrón, las de a pecadora del desierto. A estas culpas no se las puede amar; se las ha de rechazar, y prevenir la recaída. Pero lejos de desesperarse o de enojarse orgullosamente, se ha de sacar partido humildemente de ellas para desconfiar de sí mismo y confiar, tanto más, en el Amor Misericordioso que perdona, que levanta y colma. Teresa se acerca aquí a la célebre frase de san Agustín interpretando y completando a san Pablo: «A los que aman a Dios todo se les vuelve en bien, hasta los pecados».

(7) Vida del Padre José Surín de la Compañía de Jesús, publicada por el P. Marcel Bouix (compendio de la Vida escrita por M. Enrique María Bourdon), París, 1879, pág. 145.

(8) Juan, XXI, 15-16-17.

(9) Lucas, XVIII, 13.

(10) En el original: «Tant que vous serez humble, tant que uous serez hereuse».-(N. del T.)

(11) Lucas 2, 19.

(12) Imitación, lib. II, cap. XI, 4.

(13) Para hacer, por medio de esta actitud de pobreza espiritual, provechosas nuestras caídas: «Mi paz consiste en permanecer pequeña. Así, cuando caigo en el camino, puedo levantarme en seguida. Y Jesús me toma de la mano». (Poesías de Santa Teresa del Niño Jesús: Mi paz y mi alegría, estrofa cuarta), «. . los niños caen muchas veces, pero son demasiado pequeños para hacerse mucho daño». (Novissima Verba)).

(14) Eclesiástico, XI, 12, 13, 21, 23, 24.

(15) BOSSUET, final de su opúsculo sobre la «Manera breve y fácil de hacer oración».

(16) Citados por Juan Wu-Chin-Houng, antiguo ministro de China cerca de la Santa Sede, en el opúsculo «Dom Lou», su vida espiritual; un gran testimonio. Desclée de Brouwer, 1949.

(17) He aquí las referencias: Mateo 19, 14; Marcos 10, 14; Lucas 17, 16; Mateo 18, 10 y 4; Marcos 10, 16.

(18) La familia Lehoux, que, al igual que la familia Martin, vivía en la calle San Blas.

(19) Teresa Lehoux, de cerca de siete años, de la edad de Celina.

(20) La Santa se dirigía a las novicias, que no tenían responsabilidad en los asuntos que debían tratarse, y cuyo deber era desentenderse de ellos. Hubiera usado otro lenguaje con las personas encargadas de resolver y decidir. A aquéllas sólo les aconsejó que no analizasen inútilmente las dificultades.

(21) Por «nuestros regateos» [nos arrangements]. santa Teresa del Niño Jesús hacia alusión al Espíritu de Infancia. Jesús no puede apenarse por faltas involuntarias que escapan a la debilidad y fragilidad de las almas humildes y amantes que confían en El.

(22) Carta a la Madre Leonor de San Gabriel, religiosa carmelita descalza del convento de Sevilla. Las palabras genuinas del Santo son: «.. .pues lo ha hecho Su Majestad para aprovecharla más; porque cuanto más quiere dar, tanto más hace desear…». Carta XIII, n. 1, en Obras de San Juan de la Cruz, edic. breviario, del R.P. Silverio de Sta. Teresa, Burgos, 1931.-(N del T.)

(23) Historia de un alma, cap. X

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