Consejos y recuerdosSanta Teresa de Lisieux

III. Amor de Dios

1 Al contrario de otros místicos que se ejercitan en la perfección para alcanzar el amor, Sor Teresa del Niño Jesús tomaba como camino de la perfección el amor mismo.

El amor fue el objetivo de toda su vida, el móvil de todas sus acciones.

 

Agradar a Dios

2 «Los grandes santos han trabajado por la gloria de Dios, pero yo, que no soy más que un alma pequeñita, trabajo por agradarle, por satisfacer sus «fantasías», y me sentiría dichosa de soportar los más grandes sufrimientos, aun sin que él lo supiera, si fuese posible, no para procurarle una gloria pasajera - ¡ aun esto seria ya demasiado hermoso!- sino sólo para hacer florecer una sonrisa en sus labios… ¡Hay ya bastantes que quieren ser útiles! Mi sueño es el de ser un juguetito inútil en las manos del Niño Jesús…; soy un «capricho» de Jesusín. . .».

 

3 Durante su enfermedad, me hizo esta confidencia:

«No he deseado otra cosa que agradar a Dios. Si hubiese procurado amontonar méritos, en este momento estaría desesperada».

Si, porque sabiendo que «todas nuestras justicias tienen mancha a los ojos de Dios», (Isaías 64, 5), ella, en su humildad, tenía en nada las obras que había realizado, y sólo estimaba el amor que las había inspirado.

 

4 «A Dios, decía ella, que tanto nos ama, bastante le cuesta ya verse obligado a dejarnos en la tierra para cumplir nuestro tiempo de prueba, sin que tengamos que ir constantemente a decirle que aquí estamos mal; ¡es necesario hacer como que no nos damos cuenta!».

Si sudaba en los grandes calores, o si sentía demasiado frío en invierno, tenía la exquisita delicadeza de no enjugarse el rostro y de no frotarse las manos «sino a hurtadillas, como para no dar a Dios tiempo de verlo…».

Igualmente, cuando se entregaba a un ejercicio de penitencia prescrito por la Regla: «Me esforzaba por sonreír, confidenciaba, a fin de que Dios, como engañado por la expresión de mi rostro, no supiese que yo sufría».

En su ingenuo lenguaje, decía: «¡Si al llegar al cielo no tengo todo lo que he deseado, me guardaré mucho de demostrarlo, y Dios no se dará cuenta de mi desilusión! …»

 

Alegrarse de no tener un solo sentimiento delicado…

5 «Vos sois delicada con Dios y yo no lo soy, pero ¡cuánto desearía serlo! … ¿Suple, acaso, mi deseo?

- Precisamente, sobre todo si aceptáis esa humillación. Y si llegáis a alegraros, eso agradará más a Jesús que si nunca hubieseis cometido falta de delicadeza; decid: «Dios mío, os doy gracias por no tener nunca un sentimiento delicado, y me alegro de que las otras los tengan… Me llenáis de alegría, ¡oh, Señor!, con todo lo que hacéis» (Salmo 91)

 

Sentirse pesarosa de haber leído

6 Si la llama de su amor era siempre pura y devoradora es porque tenía cuidado de aislarla de todas las cosas creadas, alimentándola solamente de sacrificio. Un día que nos encontrábamos delante de una biblioteca, me dijo con su habitual jovialidad: «¡Oh, qué pesarosa estaría si hubiese leído todos esos libros! -¿Pues, por qué?, repliqué yo: después de haberlos leído se trataría de un bien adquirido; yo comprendería lo de: estar pesarosa de tener que leerlos, pero no de haberlos leído. - Si los hubiese leído, me hubiera roto la cabeza, habría perdido un tiempo precioso que he empleado sencillamente en amar a Dios».

 

Generosidad

7 Una vez, le hacía observar que Dios me pedía a mí más que á las otras, que tal o cual Hermana se permitía algo de lo que yo me privaba. Tuve esta respuesta: «Yo, por mi parte, estoy siempre contenta de lo que Dios me pide; no me preocupo de lo que pide a las otras, y no creo tener más mérito porque él me pida más. Lo que me gusta, lo que yo escogería -si fuese posible- es precisamente lo que Dios quiere de mí. Hallo siempre bella mi suerte… Aun en el caso de que las otras tuviesen más mérito dando menos, yo preferiría tener menos mérito dando más, porque así cumpliría la voluntad de Dios.

Y al decirle que era gran dicha la suya al poder irse con Dios: «No es, en absoluto, por gozar por lo que deseo ir con El. El sufrimiento me atrae demasiado para que yo prefiera el cielo. Sólo la certeza de cumplir la voluntad divina me hace desear la muerte; preferiría vivir, y sufrir el martirio.

 

8 Aunque afligida por la persecución de que eran objeto las Comunidades religiosas, su mirada se animaba con una viva llama al pensamiento de que pudiéramos, tal vez, derramar nuestra sangre. Tenía entonces palabras vehementísimas, que traducían el fuego de amor en que se abrasaba su corazón.

Durante su última enfermedad la oí exclamar: «¡Cuando pienso que muero en una cama! ¡Hubiera querido morir en la palestra!».

 

El altar ofrecido por el Sr. Martin

9 Mientras varias personas de la familia criticaban a mi padre por haber costeado el Altar Mayor de la iglesia de San Pedro de Lisieux (Nota 1), regalo demasiado importante, decían, para sus medios, y que perjudicaba a sus hijas, Teresa se alegraba, diciendo: «Después que nos ha dado todas a Dios, es muy natural que le ofrezca un altar para inmolarnos y para inmolarse a sí mismo»

 

Coger las flores de 1os árboles frutales

10 Confidenciaba yo a mi Hermanita querida que durante el Oficio divino me imaginaba estar echando flores en honor de Dios. En la recitación alternada de los versículos veía yo una batalla de flores. A cada salmo las flores variaban. A veces eran lirios, a veces rosas. Todas las flores que espontáneamente se me representaban, pasaban por allí. Por fin, el jardín del que yo cortaba mis flores quedó despojado. No quedaban más que los árboles frutales. Vacilé un instante; luego amontoné flores de albérchigos, de cerezos, de albaricoques… Al final del Oficio no quedaba ya una flor.

La idea de coger las flores de los árboles frutales agradó a mi santa. Teresita. Me hizo notar que era propio del amor sacrificarlo todo, dar a troche y moche, despilfarrar, aniquilar hasta la esperanza de los frutos, obrar locamente, ser pródigo hasta lo sumo, no calcular nunca. «¡Oh, feliz indiferencia, dichosa borrachera de amor, dijo! ¡El amor lo da todo y se entrega! Pero, muchas veces, no damos sino después de deliberar: vacilamos en sacrificar nuestros intereses temporales y espirituales. ¡Esto no es amor! ¡El amor es ciego, es un torrente que no deja nada a su paso!».

 

Dedicarse únicamente al Amor

11 Le decía una vez: «Lo que os envidio son vuestras obras. Yo también quisiera hacer el bien, componer bellas cosas que hiciesen amar a Dios!

- «No hay que apegar el corazón a esto, me contestó. No se debe desear hacer el bien por medio de libros, de poesías, de obras de arte… ¡Oh, no! Ante nuestra impotencia,. debemos ofrecer las obras de los otros; en eso consiste la ventaja de la comunión de los Santos. Y no hemos de estar pesarosos de esta impotencia, sino dedicarnos únicamente al .amor.

»Taulero dijo: «Si amo el bien que hay en mi prójimo más que el que hay en mí, ese bien es más mío que suyo. Si amo en San Pablo todos los favores que Dios le concedió, todo eso me pertenece por el mismo derecho que a él. Mediante esta comunión puedo enriquecerme con todo el bien que hay en el cielo y en la tierra, en los Ángeles, en los Santos y en todos los que aman a Dios».

»Los Doctores nos enseñan que en el cielo el amor que une a los elegidos es tan grande que cada uno goza de la felicidad de los otros como si él mismo la hubiese merecido y la gozase (Nota 2)

»Haréis tanto bien como yo, y aun más, con el deseo de hacer ese bien y con la obra más oculta cumplida por amor: por ejemplo, haciendo un pequeño favor que cuesta mucho.

»Sabéis que yo soy pobre, pero Dios me da exactamente lo que me hace falta».

 

Sólo cuenta el amor y la obediencia…

12 Durante el invierno 1896-1897, no queriendo que Sor Teresa del Niño Jesús pasase frío en los pies, nuestra Reverenda Madre Priora (Madre María de Gonzaga) exigía que se sirviese de un brasero, de modo que tuviera siempre un par de alpargatas calientes; pero ella no usaba de él sino por obediencia y gran necesidad, dejándolo extinguirse inexorablemente, con gran disgusto mío, cuando juzgaba que no hacía demasiado frío. «Las demás se presentarán en el cielo con sus instrumentos de penitencia, y yo con un brasero, me decía: pero sólo cuenta el amor y la obediencia…»

 

La que había edificado la iglesia…

13 «He leído, nos contaba Sor Teresa, que un gran señor, queriendo levantar una iglesia, publicó un edicto por el que prohibía a sus vasallos hacer la más pequeña limosna a tal intención, pues quería tener él solo esta gloría. La iglesia se edificó. Sin embargo, un día, una pobre viejecilla, viendo que los caballos que transportaban las piedras subían con gran trabajo la colina, se dijo para sí: «Está prohibido dar dinero para construir a Dios este templo; sin embargo, me hubiera sentido dichosa de contribuir a su edificación. Pero,. ¡tal vez le agrade a Dios que yo ayude a los pobres animales, que inconscientemente cooperan a esta gran obra!». Con su dinero, el ultimo que tenía, compró un manojo de heno y se lo dio a los caballos.

»Cuando la iglesia estuvo terminada, el señor quiso celebrar la consagración; y al efecto, hizo grabar sobre una lápida su nombre y el de su familia, como testimonio perenne de su liberalidad. Pero he aquí que al día siguiente el nombre se halló borrado, y en su lugar se leía el de una pobre mujer desconocida. El señor, furioso, mandó varias veces volver a poner la inscripción; siempre se reproducía el milagro. Por fin, ordenó que se hiciesen averiguaciones, y habiendo hallado a la humilde mujer, le preguntó si había dado ella algo para construir la iglesia. Toda temblorosa, ella se disculpó. Al fin, acosada a preguntas, se acordó del manojo de heno, y dijo que, fiel a la prohibición, no había dado dinero, sino sólo ayudado a los caballos, dándoles a comer un poco de heno. Se comprendió entonces por qué su nombre estaba allí grabado, y nadie se atrevió en adelante a borrarlo.

»Así, concluyó Teresa, ya veis cómo la más pequeña obra, la más escondida, hecha por amor, tiene muchas veces mayor precio que las grandes obras… No es el valor ni aun la santidad aparente de las acciones lo que cuenta, sino solamente el amor que se pone en ellas, y nadie puede decir que no es capaz de dar estas cositas a Dios, pues están al a1cance de todos».

 

Un simple golpe de ala

14 «Acordaos de aquella bella estrofa del Cántico espiritual de nuestro Padre San Juan de la Cruz:

Vuélvete, paloma,
que el ciervo vulnerado
por el otero asoma
al aire de tu vuelo, y fresco toma (Estrofa 13)

»Ya lo veis: el Esposo, el ciervo herido, no es atraído por la altura, es decir, por las acciones brillantes, sino solamente por el aire del vuelo, y un simple golpe de ala -un acto de verdadera caridad- basta para producir esta brisa de amor».

 

La ofrenda al Amor misericordioso

15 Durante la hora de adoración delante del Santísimo expuesto en el ejercicio de las «Cuarenta Horas» -el martes, 26 de febrero de 1895- Teresa había compuesto de un tirón su cántico «Vivir de amor».

El domingo, 9 de junio de 1895 -en la fiesta de la Santísima Trinidad- durante la misa, sintió la inspiración de ofrecerse como victima de holocausto al Amor misericordioso de Dios.

En seguida, después de la misa, toda emocionada, me llevó consigo, sin saber yo para qué. Pero pronto se nos reunió nuestra Madre Priora (Madre Inés de Jesús), que se dirigía al torno. Teresa parecía un poco apurada al exponer su petición. Balbució algunas palabras, solicitando el permiso para ofrecerse, conmigo, al Amor misericordioso. No sé si pronunció la palabra «víctima». La cosa no parecía tener importancia; nuestra Madre dijo que si.

Una vez sola conmigo, me explicó brevemente lo que quería hacer; su mirada estaba inflamada. Me dijo que iba a poner por escrito sus pensamientos y a componer un acto de entrega.

Dos días después, arrodilladas ambas delante de la Virgen milagrosa de la Sonrisa, que se hallaba entonces en la oficina que estaba junto a su celda, ella pronunció el Acto en nombre de las dos. Era el martes 11 de junio.

 

16 Sor Teresa comunicó más tarde su Acto de Ofrenda a Sor María del Sagrado Corazón y a Sor Maria de la Trinidad . Ya habló de esto en su manuscrito. Invitó a su Acto a todas las almas pequeñas. En su intención, en efecto, no se trataba de ofrecerse con todo un lujo de sufrimientos supererogatorios, sino de entregarse, de abandonarse sin restricción a la Misericordia de Dios. Sor María del Sagrado Corazón, nuestra hermana mayor, rehusó desde el principio hacer este Acto de Ofrenda, no queriendo echarse encima un aumento de dificultades. He aquí, a este propósito, la relación consignada por su enfermera en unas notas intimas inéditas:

«Hoy, 6 de junio de 1934, hablaba con Sor María del Sagrado Corazón acerca del Acto de Ofrenda al Amor misericordioso.. Me dijo que Sor Teresa del Niño Jesús, que estaba junto a ella removiendo el heno del prado, le había preguntado si quería ofrecerse como víctima al Amor misericordioso de. Dios, y que ella había respondido: «No, ciertamente, no quiero ofrecerme como víctima; Dios me tomaría la palabra y el sufrimiento me asusta demasiado. Desde luego, esa palabra víctima me disgusta mucho».

»Entonces Teresita le dijo que la comprendía muy bien, pero que ofrecerse como víctima al Amor misericordioso de Dios no era en modo alguno lo mismo que ofrecerse a su Justicia, que no sufriría más, que era para poder amar mejor a Dios por los que no quieren amarle.

»En fin, estuvo tan elocuente, añade Sor Maria del Sagrado Corazón, que me dejé ganar, y tampoco yo me arrepiento ahora».

Nótese que Sor Maria del Sagrado Corazón se dedicó desde entonces a propagar el Acto entre todas sus amistades y personas con quienes trataba. Que yo sepa, sólo una se resistió a sus insinuaciones.

Finalmente, renovando esta Ofrenda en voz baja y recalcando claramente las palabras, murió el 19 de enero de 1940, a las dos y veinte de la mañana.

 

17 Añado ahora la confidencia que me hizo mi compañera de noviciado, Sor María de la Trinidad:

«Sor Teresa del Niño Jesús no me dio a conocer su entrega como víctima de holocausto al Amor misericordioso hasta el 30 de noviembre de 1895. Yo le manifesté en seguida el deseo de imitarla, y se decidió que haría mi consagración al día siguiente. Al quedarme sola y reflexionar sobre mi indignidad, llegué a la conclusión de que necesitaba una preparación más larga para un acto de tal importancia. Volví, pues, a ver a Sor Teresa, explicándole las razones por las cuales deseaba diferir mi ofrenda.

«Su rostro tomó una expresión de gran alegría: «Sí, me dijo, este acto es importante, más importante de lo que, podemos imaginar; pero ¿sabéis la sola preparación que Dios nos pide? Pues bien: es la de reconocer humildemente nuestra indignidad, y puesto que ya os concede esta gracia, entregaos a él sin miedo. Mañana, después de la acción de gracias, yo me quedaré junto a vos en el Oratorio, donde estará expuesto el Santísimo Sacramento: y mientras pronunciáis vuestro Acto, os ofreceré a Jesús como una pequeña víctima que yo le he preparado».

 

18 Si nuestra Maestra hubiera creído atraer sobre nosotras un aumento de sufrimientos, no habría apresurado de este modo nuestra entrega al Amor. Pero por el contrario, ella nos precisaba que este acto era enteramente distinto de la ofrenda como víctima a la Justicia divina: «No hay nada que temer de la Ofrenda al Amor misericordioso, decía con calor, pues de este Amor no se puede esperar otra cosa que misericordia».

No dejaba, sin embargo, de añadir que esta ofrenda requería buena voluntad y generosidad.

 

El calidoscopio

19 Me hablaba una vez refiriéndose a un juego muy conocido con el que nos divertíamos en nuestra infancia. Era un calidoscopio, especie de catalejo, a cuyo extremo se perciben bonitos dibujos de diversos colores; sí se da vueltas al instrumento, esos dibujos varían hasta el infinito. «Este objeto, me decía, cansaba mi admiración. Me preguntaba qué era lo que podía producir un fenómeno tan encantador, cuando un día, tras un examen serio, vi que se trataba simplemente de algunos pedacitos de papel y lana, echados acá y allá, y cortados de cualquier manera. Continué mis indagaciones y descubrí tres cristales en el interior del tubo. Ya tenía la clave del problema.

«Esto fue para mí la imagen de un gran misterio. Mientras nuestras acciones, aun las más pequeñas, no se salgan del foco del amor, la Santísima Trinidad, figurada por los cristales convergentes, les da un reflejo y una belleza admirables. Sí, mientras el amor esté en nuestro corazón, mientras no nos alejemos de su centro, todo va bien (Isaías 3, 10) y, como dice san Juan de la Cruz: «El amor sabe sacar provecho de todo, del bien y del mal que hay en mí y tras forma todas las cosas en sí» (Nota 3) Dios, mirándonos por el pequeño anteojo, es decir, a través de si mismo, encuentra siempre bella nuestras miserables pajas y nuestras más insignificantes acciones; ¡pero, para eso, es necesario no alejarse del pequeño centro! ¡Porque entonces, El no vería más que unos pedacitos de lana y unos minúsculos papelitos!

 

«¡Yo juego a la banca del Amor!»

20 Me decía frecuentemente que no quería ser «comerciante al por menor> (Nota 4), pues en este oficio no se gana de golpe, sino perra a perra. Sin embargo, hay muchas almas que se ganan la vida en esta pequeña escala; hay quienes cobran al contado. Pero yo, decía ella, juego a la banca del Amor…; lo hago a juego alto. Si pierdo, lo veré. No me preocupo de las especulaciones de la bolsa; es Jesús quien lo hace por mi. No sé si soy rica o pobre, más tarde lo veré».

 

«Dios es un fuego consumidor»

21 Una vez que tenía en las manos las epístolas de San Pablo, me llamó y me dijo entusiasmada: «Escuchad lo que dice el Apóstol: «No os habéis acercado (por medio del amor) a un monte que se pueda tocar con la mano, ni a un fuego que arde, ni a un torbellino…, sino al monte de Sión, a la ciudad del Dios vivo, que es la Jerusalén celestial, al coro de millares de ángeles, a la Iglesia de los primogénitos…, pues nuestro Dios es un fuego consumidor» (Hebreos, 12, 18, 22, 23, 29) Y volviendo a estas últimas palabras, me las comentó con emoción.

 

GRATITUD

22 Mi querida Hermanita me decía:

«Lo que alcanza más gracias de Dios es la gratitud, pues si le agradecemos un beneficio, se conmueve y se apresura a hacernos otros diez; y si se los agradecemos aún con la misma efusión, ¡qué multiplicación incalculable de gracias! Yo lo he comprobado por experiencia; probadlo vos y veréis. Mí gratitud no tiene límites por todo lo que me da, y se lo demuestro de mil maneras».

Era agradecida aun al menor favor recibido, pero particularmente al bien que le habían hecho los ministros de Dios con los que había tenido ocasión de tratar.

 

No dudar de Dios

23 Me lamentaba de que Dios parecía abandonarme… Sor Teresa replicó vivamente: «¡Oh, no digáis eso! Mirad: aunque no comprenda nada de lo que acontece, yo sonrío y digo: ¡gracias! Aparezco siempre contenta delante de Dios. No hay que dudar de él: eso es falta de delicadeza. No: «imprecaciones» contra la Providencia nunca, sino siempre gratitud».

 

«Acuérdate»

24 Entraba yo en el Carmelo con la impresión de haber dado mucho a Jesús. Por eso, pedí a mi Teresita que me compusiese, sobre el estribillo «Acuérdate», un poema, destinado a «recordar» a Jesús todo lo que yo creía haberle sacrificado y todo lo que nuestra familia había sufrido. Ella acogió el encargo con gusto, viendo en él la oportunidad de darme una lección. En numerosas estrofas, ella evocó, no lo que yo había hecho por Jesús, sino lo que Jesús había hecho por mi.

Pensé entonces en la parábola del Fariseo y del Publicano: ¿No había yo imitado un poco al primero, que se vanagloriaba de pagar las décimas de todos sus bienes?…

Teresa había querido enseñarme el completo olvido de mí misma para vivir en el amor y en la acción de gracias.

 

UNIÓN CON DIOS

«Lo que nos importa es unirnos con Dios»

25 Un día, me inflamé de indignación contra las Comunidades que cumplían las leyes injustas que se habían dado contra ellas: «¡Qué desgraciada sería yo si perteneciese a una de esas Comunidades! ¡Ah! ¡Cuando pienso en esto se me revuelve toda la sangre del corazón! ¡Preferiría hacerme acuchillar antes que dar ni una sola zanahoria!».

Ella me respondió: «Esto no os atañe. Pienso como vos, obraría como vos si tuviese responsabilidad en el asunto, pero no estoy encargada de él. Lo que nos importa es unirnos a Dios. Aunque perteneciésemos a una de esas Comunidades citadas en los periódicos como ejemplo de cobardía, eso no debería inquietarnos».

 

Ni demasiado celo, ni indolencia

26 Trataba ella de combatir en mí el demasiado celo en los asuntos, el deseo de hacer demasiado bien las cosas, la viva pena que sentía cuando no las había logrado hacer a mi gusto; en una palabra, el tráfago que me imponía en el obrar. «No habéis venido aquí, me decía, para trabajar a destajo. No se ha de trabajar tampoco para lograr éxitos. ¿Os preocupáis, en este momento, de lo que pasa en los otros Carmelos, de si las religiosas están apremiadas o no? ¿Os impiden sus trabajos rogar, hacer oración? Pues bien: debéis desentenderos del mismo modo de vuestra faena personal, emplear en ella a conciencia el tiempo prescrito, pero con holgura de corazón.

»Leí una vez que los Israelitas levantaron los muros de Jerusalén trabajando con una mano y sosteniendo la espada con la otra (II Esdras 4, 17). Esa es la imagen de lo que nosotras debemos hacer: no trabajar más que con una mano, en efecto, y con la otra defender nuestra alma de la disipación que le impide unirse con Dios».

Sabía que ella no usaba el mismo lenguaje con las almas que tenían la propensión contraria, pues no podía soportar que se trabajase con indolencia diciendo: «Sí está bien, si he terminado, tanto mejor; si está mal, si no he terminado, tanto peor!». Quería que pusiésemos entusiasmo en nuestro trabajo; ni demasiado, como para impedirnos guardar la presencia de Dios, ni demasiado poco, lo cual pone obstáculos a esa misma presencia. «El corazón que ama, añadía, trabaja con amor, es decir, con fervor: corre, vuela, nada halla imposible, nada le detiene» (Nota 5)

 

Oficio divino

27 Su continente en el coro, tan modesto y tan recogido, me edificaba de tal manera que le pregunté qué es lo que pensaba durante la recitación del Oficio divino (Nota 6). Ella me contestó «que no tenía método fijo, pero que muchas veces se imaginaba estar en un peñasco desierto, frente a la inmensidad; y allí, sola con Jesús, teniendo la tierra a sus pies, olvidaba todas las criaturas, y le repetía su amor en términos que ella no comprendía, es verdad, pero le bastaba con saber que aquello le agradaba».

Gustaba de ser hebdomadaria (Nota 7) para decir en alta voz la oración, como los sacerdotes en la Misa.

En su lecho de muerte dio de sí misma este testimonio: «No creo que sea posible un deseo mayor del que yo he tenido de recitar bien el Oficio y de no cometer faltas en él».

Me decía que desde que había pedido a los «bienaventurados habitantes de la Ciudad celeste que la adoptasen por hija» (Nota 8), escuchaba cada mañana con reverencia y piedad la lectura del Martirologio, feliz de oír el nombre de «padres tan queridos».

Me recomendaba que no dijese nada chistoso o preocupante a una Hermana justamente antes del Oficio divino, sino que aguardase a después, para evitar causarle distracciones Ella misma practicaba este consejo fidelísimamente.

 

La Oración: tiempo de Dios

28 Su vida entera se deslizó en la fe desnuda. No había alma menos consolada en la oración; me confidenció que había pasado siete años en una oración de las más áridas: sus retiros anuales y mensuales eran para ella un suplicio. Y sin embargo, se la hubiera creído inundada de consuelos espirituales, tal era la unción de sus palabras y de sus obras, y tan unida estaba con Dios.

No obstante este estado de sequedad, era cada vez más asidua en la oración, «feliz, por lo mismo, de dar más a Dios». No sufría que se robase ni un solo instante a este santo ejercicio, y formaba a sus novicias en este sentido. Un día que la Comunidad estaba ocupada en el lavado cuando tocaron a la oración y era necesario continuar la tarea, Sor Teresa, que observaba el ardor con que yo trabajaba, me preguntó:

- «¿Qué hacéis?
- Lavo, le respondí.
- «Está bien, replicó ella, pero debéis hacer oración interiormente, pues este tiempo es de Dios y no hay que robárselo».

 

29 La unión con Dios de Sor Teresa era sencilla y natural, lo mismo que su manera de hablar de él.

Como yo le preguntase si perdía alguna vez la presencia de Dios, me contestó sencillamente: «¡Oh, no, creo que no he estado nunca tres minutos sin pensar en Dios». Le manifesté mi sorpresa de que tal aplicación de la mente fuese posible. Ella replicó: «Se piensa naturalmente en quien se ama».

Era el Evangelio y lo poco que se nos permitía entonces leer del Antiguo Testamento lo que la ocupaba durante su oración; sobre todo al final de su vida, cuando ningún libro, ni siquiera los que mayor bien le habían hecho, le decían nada al corazón.

Al principio de su vida religiosa, cuando yo estaba todavía en el mundo, me aconsejó comprar la obra de Mons. de Ségur sobre nuestras «Grandezas en Jesús». Pero si ella. meditaba sus «grandezas» en Jesús, lo que más gustaba de profundizar era el conocimiento de su «pequeñez», hasta el punto de confesar que «prefería las luces que recibía sobre su nada a las que recibía sobre la fe».

 

30 En aquel tiempo, y aun más tarde, ella gustaba particularmente de las obras de. San Juan de la Cruz. Al llegar al Monasterio, fui testigo de su entusiasmo cuando se paraba delante del gráfico de «La Subida del Monte Carmelo» de nuestro Bienaventurado Padre, y me hacía notar la línea en la que él había escrito: «Aquí no hay ya camino, porque para el justo no hay ley». Y a causa de su emoción, le faltaba el aliento para traducir su felicidad. Esta sentencia la ayudó mucho a hacerse independiente en sus exploraciones del amor puro, que muchos tachaban de presunción. Llevó su atrevimiento hasta buscar y hallar un camino completamente nuevo, el de la Infancia espiritual; el cual, tan derecho y corto es, que deja de ser camino, pues va a parar de un solo golpe al Corazón mismo de Dios.

Creo que toda su oración se encaminaba a la búsqueda de «la ciencia del amor».

 

PIEDAD

Predilección por la Sagrada Escritura

31 Poseía en alto grado la ciencia de las cosas de Dios y de la espiritualidad. Dotada de una excelente memoria, retenía fácilmente lo que leía u oía, y sabía emplear en el momento oportuno observaciones juiciosas e insignificantes anécdotas. Pero lo que sobre todo asimiló con prontitud y con segura apreciación fueron los pasajes de la Sagrada Escritura, la cual constituyó, en el Carmelo, su mayor tesoro. Descubría el sentido oculto y hacia aplicaciones sorprendentes.

Había yo copiado varios extractos del Antiguo Testamento (Nota 9); se los comuniqué, y aquellas pocas páginas fueron para ella un alimento delicioso en la oración.

Procuraba conocer a Dios, descubrir, por decirlo así, «su carácter», y ¿cómo podía hacerlo mejor que estudiando los libros inspirados, especialmente el Santo Evangelio? Por eso, lamentaba la diferencia de las traducciones (Nota 10) «Si yo hubiese sido sacerdote, me decía, habría estudiado el hebreo y el griego, a fin de poder leer la palabra de Dios tal como él se dignó expresarla en el lenguaje humano».

Llevaba noche y día el Santo Evangelio sobre su corazón, y se Interesaba mucho por buscar los textos editados por separado, a fin de hacerlos encuadernar y procurarnos a nosotras la misma dicha.

 

Su amor a la Santísima Trinidad

32 Santa Teresa del Niño Jesús tenía una. gran devoción a la Santísima Trinidad. Hubiera deseado que su fiesta fuese elevada a un rito superior.

Llamar a Dios «Padre Nuestro»

33 Un día, entré en la celda de nuestra querida Hermanita y quedé sobrecogida ante su expresión de gran recogimiento. Cosía con gran actividad y, sin embargo, parecía perdida en una contemplación profunda:

- «¿En qué pensáis?, le pregunté.
- Medito el Pater, me respondió. ¡Es tan dulce llamar a Dios: Padre nuestro! …».
Y las lágrimas brillaron en sus ojos.

 

Amó a Dios como un niño querido ama a su padre, con demostraciones de ternura increíbles. Durante su enfermedad llegó a no hablar más que de él, tomó una palabra por otra y le llamó: «Papá». Nos echamos a reir, pero ella replicó toda emocionada: «¡Oh, sí, él es en verdad mi «Papá»! Y qué dulce es para mí darle este nombre!».

 

La familiaridad con Jesús

34 Jesús lo era todo para su corazón. Cuando escribía y trataba de Nuestro Señor Jesucristo, ponía siempre con mayúscula «El», por respeto hacia su persona adorable.

Me preguntó: «Cuando oráis, ¿cómo preferís tratar a Jesús, de tú o de vos?». Yo le contesté que prefería tratarle de tú. Toda complacida, replicó: «Yo también, prefiero mucho más trabar a Jesús de tú. Esto expresa mejor mi amor, y no dejo nunca de hacerlo cuando hablo con El a solas; pero en mis poesías y en las oraciones que han de ser leídas por otros no me atrevo».

 

Devoción a la Santa Faz

35 Esta devoción fue para Sor Teresa del Niño Jesús el coronamiento y el completo desarrollo de su amor hacia la santa Humanidad de Jesús. La Santa Faz era el espejo donde ella veía el Alma y el Corazón de su Amado,. donde ella le contemplaba todo entero. Del mismo modo que la fotografía del solo rostro de un ser amado nos basta para hacérnosle presente.

Se puede decir que la devoción a la Santa Faz orientó la vida espiritual de Sor Teresa. Si se quiere marcar la nota justa de sus piadosas inclinaciones, hay que reconocer que ésta las sobrepasa a todas, sin duda porque las resume todas.

Contemplando la Faz entristecida de Jesús, meditando sus humillaciones, ella hacía crecer su humildad, el amor a los sufrimientos, la generosidad en el sacrificio, el celo de las almas, el despego de las criaturas, en fin, todas las virtudes activas, fuertes, viriles que la hemos visto practicar. Seguía, sin conocerlo, el consejo de perfección que Nuestro Señor dio a Santa Gertrudis cuando le dijo: «Que el alma que desea adelantar en el bien vuele a mi seno. Pero si quiere volar más lejos y subir aún más alto, en alas de sus deseos, que se eleve con la rapidez de un águila, que: vuele en torno a mi Faz, sosteniéndose como un Serafín sobre las alas de una caridad generosa».

Eso fue lo que hizo Sor Teresa del Niño Jesús, y la consecuencia de su vuelo fue un amor verdaderamente seráfico, que produjo frutos de generosidad heroica.

Señaló a sus novicias la Faz de Jesús como un libro de donde sacaba la ciencia del amor, el arte de las virtudes…

Cerca de la Santa Faz escribió en su blasón místico, esta divisa: «¡El amor no se paga más que con amor! » Sus cartas, su Historia de un alma, sus poesías están impregnadas de amor hacia esta Faz bendita.

Estoy persuadida de que fue mi Hermanita querida la que inspiró mi proyecto de reproducir la Santa Faz según el Santo Sudario de Turín y de que a ella le debo el éxito de esta copia, ejecutada en 1904, siete años después de su muerte.

 

Piedad eucarística

36 La santa Misa y el Banquete eucarístico constituían sus delicias. No emprendía nada importante sin pedir que se ofreciese el santo Sacrificio por aquella intención. Cuando nuestra tía le daba dinero con ocasión de sus fiestas onomásticas y cumpleaños, en el Carmelo, solicitaba siempre el permiso de hacer celebrar algunas Misas, y me decía a veces muy bajito: «¡Es por mi hijo (Pranzini) (Nota 11);. tengo que ayudarle ahora!».

 

37 Antes de su Profesión dispuso de sus ahorros de jovencita, que constituían un centenar de francos, para hacer decir Misas por nuestro venerado padre, entonces tan enfermo. Estimaba que nada podía ser mejor para merecerle abundantes gracias que la efusión de la Sangre de Jesús.

 

38 Deseó ardientemente comulgar todos los días, pero no permitiéndolo la costumbre, fué éste uno de los mayores sufrimientos que tuvo en el Carmelo. Pedía a San José que obtuviese un cambio en esta costumbre. El decreto de León XIII dando una mayor libertad a este respecto (Nota 12), le pareció una respuesta a sus ardientes súplicas. Le estuvo siempre agradecida a San José por ello, tanto que cuando en el jardín pasaba por delante de su estatua le arrojaba flores con amor.

Nos predijo que después de su muerte no nos faltaría nuestro «pan cotidiano», lo que se realizó plenamente (Nota 13)

 

39 Su afecto a la santa Eucaristía la llevó a desempeñar con amor su oficio de sacristana. Su felicidad llegaba al colmo cuando en la patena o en el corporal quedaba alguna partícula de la Santa Hostia. Un día que el copón estaba insuficientemente purificado, llamó a varias novicias para que la acompañasen al oratorio, donde ella lo depositó con una alegría y un respeto indecibles. Me contó su dicha cuando, una vez, en el momento de la Comunión, habiendo caído la Santa Hostia de las manos del sacerdote, ella tendió el escapulario para recibirla; estimaba haber tenido con esto el mismo privilegio que la Santísima Virgen, pues había llevado en sus brazos al Niño Jesús.

Al preparar los Vasos sagrados para la santa Misa, gustaba, dijo, de mirarse en el cáliz y en la patena: le parecía que habiéndose reflejado su rostro en ellos, las divinas Especies reposaban sobre ella.

 

40 ¡Con qué devoción compuso y pintó un fresco en torno al tabernáculo del Oratorio! Es un verdadero monumento a la obediencia, pues no conocía a fondo el dibujo (Nota 14), y en manera alguna la pintura, y tenía que realizar el trabajo subida a una escalera y con un alumbrado tan insuficiente, que un artista experimentado se hubiera visto mal para conseguirlo. Sin embargo, lo realizó felizmente, y los angelitos que nos ha dejado tienen una expresión a la vez infantil y celeste.

 

Flores para la estatua del Niño Jesús

41 Mi Teresita se sintió dichosa al ser encargada de adornar la estatua del Niño Jesús colocada en el claustro, y lo hizo con él mayor cuidado. La pintó de rosa y la rodeó siempre de alegres flores y de pajarillos disecados, de plumaje tornasolado. En lugar de descansar, como estaba permitido durante la hora de silencio, de media a una hora en el verano, pasaba en parte este tiempo adornando a su Jesusín. Pero las flores en el Carmelo eran raras en aquel tiempo. ¡Prisionera a los quince años, no pudiendo pasearse por los campos ni coger un solo capullo de oro, aquello era penoso para una naturaleza como la suya! Sin embargo, Jesús se encargó de proveer de flores a su pequeña prometida. Ella misma me contó la siguiente anécdota:

«El primer verano que pasó en el Carmelo, llegó a decirse a sí misma: ¡Ya no volveré, pues, a ver nunca acianos, margaritas, amapolas, ni avena, ni trigo! …, lo cual le causaba una verdadera pena. En esto, la portera fue a llevar a nuestra Madre una soberbia gavilla campestre, compuesta de todas las flores y espigas que Teresa había deseado. La tornera externa la había hallado colocada en el reborde de su ventana, sin ninguna explicación. Ignorando la pena de Teresa, nuestra Madre le mandó el ramillete para la estatua del Niño Jesús. A partir de aquel momento nunca le faltaron las flores del campo».

 

Rosas para el Crucifijo

42 Sentía mucha devoción en echar flores al gran Cristo del patio y, más tarde, durante su enfermedad, cubría su crucifijo (Nota 15) de rosas, separando con cuidado los pétalos marchitos. Un día que la vi tocando dulcemente la corona de espinas y los clavos de su Jesús con la punta de los dedos, le dije: «¿Qué hacéis?». Entonces, con un suave gesto de admiración ante mi sorpresa, me confesó: «Le estoy desclavando y quitándole la corona de espinas».

No quería dar a las criaturas el testimonio de amor de echarles flores. Un día, le había yo puesto en la mano unas rosas pidiéndole que se las arrojase a alguna Hermana en señal de afecto; ella rehusó.

 

Piedad mariana

43 La estatua de la Santísima Virgen que se había animado para sonreírle en su milagrosa curación era su consuelo. Cuando a mi entrada en el Carmelo se llevó allí dicha estatua, Sor Teresa del Niño Jesús se llegó a la puerta conventual para recibirla, y tomándola con un movimiento rápido, y estrechándola con amor, la llevó con la misma facilidad con que se levanta una pluma, aunque era muy pesada (Nota 16). Las Hermanas que estaban presentes quedaron sorprendidas y .edificadas.

Muchas veces, desde entonces, la vi arrodillarse a sus pies y rezarle con gran fervor. Durante su última enfermedad la colocaron delante de su lecho. Sus miradas estaban vueltas constantemente hacia ella.

 

44 Teresa gustaba de distribuir medallas de la Santísima Virgen, no dudando de su eficacia. En el mundo las había prendido sobre el pecho de dos niñitas pobres que ella instruía, y había persuadido a una asistenta, mujer incrédula, a llevar la que ella le ofrecía.

En su primera Comunión prometió rezar todos los días un «Memorare», y lo cumplió fielmente durante toda su vida. Más tarde, rezaba todos los días el rosario; en el mundo no dejaba nunca de hacerlo. Pero estas prácticas exteriores no eran más que un pálido reflejo de su intimidad con su Madre querida, a quien ella llamaba: Mamá.

Juzgaba que todas las conversiones debían ser obtenidas por la invocación de María, y encomendaba a la Santísima Virgen todas sus intenciones. Una tarde, a las tres, noté que estaba rezando, y le pregunté qué decía: «Rezo un Avemaría para ofrecer mi trabajo a la Santísima Virgen. He cogido la costumbre de hacerlo así cada vez que me pongo a trabajar». Nos hacía poner el rosario alrededor del cuello durante la noche.

 

45 Nuestra queridita Maestra estaba ya muy enferma cuando compuso su cántico: «Por qué te amo, ¡oh María!». Puso en él todo su corazón. Todavía me parece oírle decir «que quería antes de morir expresar en una poesía, todo lo que ella pensaba sobre la santísima Virgen».


(1) Un domingo de 1888, desde el púlpito el señor canónigo Rohée, arcipreste de la Catedral, había señalado la suma de 10.000 francos, suficiente entonces, así lo creía él, para comprar un nuevo altar. El señor Martin aportó en seguida el dinero, exigiendo el secreto, que fue tan bien guardado que nadie en la parroquia conoció el nombre del donante. Sin embargo, la cosa no se le pudo tener oculta al Sr. Guérin.

(2) Cfr. Santo Tomás: En el cielo cada uno de los elegidos se gozará de la felicidad de todos los demás. (Summa Theologica, Suppl., 9, 71, art. 1).
La Santa había leído, en una obra particularmente saboreada por ella (Fin de la vida presente y Misterios de la vida futura, del abate ARMINJON), el pasaje siguiente: «Los elegidos no tendrán entre si más que un corazón… Cada uno será rico con la riqueza de todos, cada uno se alegrará de la felicidad de todos» (7ª conferencia: «De la bienaventuranza eterna y de la visión sobrenatural de Dios»).

(3) Glosa a lo divino. Los versos del Santo son:
«Hace tal obra el amor
después que le conocí,
que, si hay bien o mal en mi,
todo lo hace de un sabor… »

(4) En el original: «marchande des quatre saisons».

(5) Imitación, lib. III, cap. IV, 4.

(6) Por no comprender el latín la Santa no podía prestar habitualmente una atención literal al texto, pero comprendía algunos pasajes leídos fuera del Oficio, en algunas traducciones.

(7) La religiosa designada cada semana para desempeñar en la recitación coral del Oficio divino el papel de preste.

(8) Historia de un alma, cap. XI.

(9) Sor Genoveva hizo estas copias estando aún en el mundo, cuando Teresa la dejó para entrar en el Carmelo. Se sirvió para este trabajo, en primer lugar de una Biblia que pertenecía a su tío, el señor Guérin. Era una obra de lujo, de gran tamaño, ilustrada por Gustavo Doré, traducción de Bourassé y Janvier. Prefirió luego utilizar un libro más manejable, y continué su trabajo en la Biblia traducida por Lemaistre de Sacy, editada en 1864 en la casa Fume y Compañía, de París.
El cuaderno manuscrito copiado por Sor Genoveva contiene pasajes de los Libros siguientes (por el orden en que están copiados): Cantar de los Cantares, Eclesiastés, Sabiduría, Proverbios, Isaías, Tobías, Eclesiástico, Ezequiel, Oseas, Habacuc, Sofonías, Malaquías, Joel, Amós, Miqueas, Zacarías.
Después de su entrada en el Carmelo, 14 de septiembre de 1894, Sor Genoveva dio este pequeño cuaderno a santa Teresa del Niño Jesús, que se sirvió de él para sus meditaciones y lecturas. Fue allí, según toda probabilidad, donde leyó la frase que tanto le gustaba: «Si alguno es pequeñito, que venga a mí» (Proverbios, IX, 4, citada en la Historia de un alma, c. IX).

(10) Como las Hermanas jóvenes no estaban autorizadas para leer una Biblia completa, santa Teresa del Niño Jesús no tenía ningún ejemplar a su disposición. Pero, a falta del Antiguo Testamento completo, ella leyó, además del cuadernito de Sor Genoveva, traducciones del Salterio, concretamente la edición de Glaire, los Libros de los Profetas y, sobre todo, el Nuevo Testamento. Este lo leyó en el Manual del Cristiano, que contiene los Salmos, el Nuevo Testamento, la Imitación de Cristo, todo esto precedido del Ordinario de la Misa, de las Vísperas y de las Completas. (Edición aprobada por el señor Arzobispo de Tours; Mame e Hijos, editores. Tours, 1864. Sin nombre de Traductor). «Salmos traducidos del hebreo». Además de. los ejemplares de la Sagrada Escritura propiamente dicha, santa Teresa tenía a su disposición obras que traen largos extractos de la misma, como la traducción del Breviario, leída todos los días a la Comunidad en el refectorio, la Semana Santa en latín y francés, los Feligreses, y otros libros que contienen numerosas citas escriturísticas, tales como el Año Litúrgico de Dom GUERANGER, las Obras de san JUAN DE LA CRUZ, etc… El examen de las citas del Antiguo y Nuevo Testamento hechas por la Santa prueban que las sacó, en efecto, de diversas fuentes.

(11) Un condenado a muerte, cuya conversión había ella obtenido in extremis en agosto de 1887 (véase Historia de un alma, cap. V).

(12) Este decreto está fechado el 17 de diciembre de 1890. He aquí el pasaje esencial: «En lo que concierne al permiso o a la prohibición de acercarse a la sagrada Mesa, el Santísimo Padre decreta que estos permisos o prohibiciones estén reservados solamente al Confesor ordinario, sin que los Superiores tengan autoridad alguna para ingerirse en este asunto…; quien haya obtenido del Confesor la autorización para comulgar con más frecuencia, o aun diariamente, estará obligado a advertir de ello al Superior.» El Capellán del Carmelo de Lisieux, el señor abate Youf, no cambió, prácticamente, los usos establecidos, salvo durante el período de la gripe (diciembre de 1891 - enero de 1892), en que Santa Teresa del Niño Jesús pudo comulgar todos los días (véase: Historia de un alma, cap. VIII).

(13) El señor abate Youf murió algunos días después que la Santa, y su sucesor, el señor abate Hodierne, ajustándose al decreto de León XIII, introdujo en el Carmelo de Lisieux el uso de la comunión diaria.

(14) Celina habla dado algunas lecciones a Teresa seis meses antes de que ésta entrara en el Carmelo.

(15) Se trata del Crucifijo que cada Carmelita lleva consigo.

(16) Esta estatua es de yeso y mide 90 centímetros.

Anterior

II. Humildad

Siguiente

IV. Caridad fraterna