Consejos y recuerdosSanta Teresa de Lisieux

IV. Caridad fraterna

1 Hablando de la caridad nuestra santa Hermanita no se agotaba nunca. Elia me comunicó las luces que había recibido leyendo este pasaje de Isaías (Isaías 58): «El ayuno que yo pido ¿consiste, acaso, en que un hombre mortifique por un día su alma, o en que se cubra de saco y de ceniza? ¿Por ventura llamaremos a esto ayuno y día aceptable al Señor? ¿Acaso el ayuno que yo apruebo no es, más bien, que rompáis las cadenas de la impiedad, que aligeréis de sus pesadas cargas a los que están abrumados, que dejéis libres a los que están oprimidos y que destruyáis todo lo que pesa sobre los otros? ¿Que partáis vuestro pan con el que tiene hambre y hagáis entrar en vuestra casa a los pobres y a los que no saben dónde ir? ¿Que cuando veáis a un hombre desnudo le vistáis y no despreciéis a vuestro prójimo?».

 

2 Al volver sobre cada una de estas expresiones, me las explicaba diciendo que se había de practicar mucha más caridad para con las almas que para con los cuerpos: «Hay pobres por todas partes, almas débiles, enfermos, oprimidos… ¡Pues bien! Tomad sus cargas… Dejadles libres, es decir: cuando se habla delante de vos de algún defecto de vuestras Hermanas, no añadáis nunca nada… Diestramente, pues a veces no es prudente contradecir, poned sus virtudes en la balanza, dejad libres a los que están oprimidos, y destruid todo lo que pesa sobre los demás. Partid vuestro pan, es decir, dad de vos misma, haced que entren en vuestra casa, prodigaos, dad de vuestros bienes: vuestra tranquilidad, vuestro descanso, a los que no saben dónde ir, porque son pobres».

«Entonces, si hacéis esto; vuestra luz brillará como la aurora, recobraréis en seguida vuestra salud, vuestra justicia irá delante de vos y la gloria del Señor os protegerá. Entonces, invocaréis al Señor y él os escuchará. Clamaréis y él os dirá: heme aquí. Si destruís las cadenas, si dejáis de extender maliciosamente la mano y de decir palabras ultrajantes, si atendéis al pobre con efusión, si consoláis al alma afligida, entonces una luz se elevará para vosotros de las tinieblas, y vuestras tinieblas se os harán como el mediodía, EL SEÑOR OS CONCEDERÁ PARA SIEMPRE EL DESCANSO, LLENARÁ VUESTRA ALMA DE RESPLANDOR; REANIMARÁ VUESTROS HUESOS; OS CONVERTIREIS EN UN JARDÍN SIEMPRE REGADO Y EN UNA FUENTE CUYAS AGUAS NO SE AGOTAN NUNCA (Nota 1) Los lugares desiertos desde hace siglos serán edificados: levantaréis los fundamentos abandonados durante una larga serie de años, y se dirá de vosotros que reparáis las murallas y hacéis seguros las caminos».

3 Ella proseguía: «¡Acabáis de oír la recompensa! Si dejáis de decir palabras poco caritativas, si rompéis las cadenas de las almas cautivas con vuestra dulzura y con vuestra afabilidad; si atendéis a los pobres y abandonados con efusión, es decir, de corazón, con amor, con desinterés; si consoláis a los que sufren, recibiréis vuestra salud interior, vuestra alma no estará ya enferma. Vuestra justicia irá delante de vos. Pero como estas obras, para que sean provechosas, han de quedar ocultas, como es propio de la virtud, a imitación de, la humilde violeta, que derrama su aroma sin que las criaturas sepan de dónde viene el perfume, la gloria del Señor os protegerá; no vuestra propia gloria, sino la gloria del Señor».

«El Señor os escuchará. Os dará el descanso; una luz se elevará para vos de las tinieblas, y vuestras tinieblas se harán para vos como el mediodía; no que las tinieblas desaparezcan, pues las pruebas no pueden faltarle al alma, sino que vuestras tinieblas se harán luminosas… y tendréis la paz, la alegría; una claridad brillará siempre para vos en medio de la noche interior. Os convertiréis en un jardín siempre regado, en una fuente cuyas aguas no se agotan nunca, de la cual todas las almas, todas las criaturas beben sin perjudicarla.

»Pero, eso no es todo: prestad atención a la última recompensa: Los lugares desiertos desde hace siglos serán edificados; vos levantaréis los fundamentos. ¿Qué quiere decir? ¿Cómo practicando la caridad, el amor del prójimo, puedo yo levantar los edificios?… ¡Estas cosas no se parecen en nada, no guardan entre si relación alguna!… Y, sin embargo, los Ángeles en el cielo dirán de vos que reparáis las murallas y hacéis seguros los caminos…».

Diciendo esto, ella me miraba con entusiasmo… «¡Qué misterio! Con nuestras pequeñas virtudes, con nuestra caridad practicada en la sombra, nosotras convertimos de lejos a las almas…, ayudamos a los misioneros, y aun, tal vez, se dirá en el último día que hemos edificado moradas materiales a Jesús y que hemos preparado sus caminos…»

 

Abnegación fraterna

4 Los actos de caridad que yo vi practicar a nuestra querida Hermanita son innumerables y variados. No dejaba escapar ninguna ocasión.

Por ejemplo, los domingos y fiestas de guardar, el poco tiempo que tenía libre lo empleaba en complacer a las demás.

Componía poesías a petición de las Hermanas; nunca se negó a ninguna de estas demandas, de suerte que casi no hallaba vagar para hacer poesías de propio impulso. Por eso mismo, no copió nunca un solo cántico para su propia devoción, a pesar de que deseaba tener algunos a su disposición. Igualmente, se privaba de entresacar los pasajes bellos de sus lecturas, si bien una de sus novicias, a quien ella había confiado sus preferencias a este respecto hubo de tomarse el cuidado de hacerlo, sin que ella lo supiese.

 

Dejar a las demás el mejor lugar

5 «Al salir de la recreación de la noche para ir a Completas, me decía, había cogido la costumbre de dejar nuestra canastilla de labor sobre uno de los bancos próximos al antecoro. Me resultaba cómodo, y además había menos peligro de. que las arañas fuesen a alojarse en ella que dejándola en el suelo. Pero pronto me di cuenta de que el sitio era ocupado muchas veces por la canastilla de otra Hermana que pasaba antes que yo. «¿Luego otras -pensaba yo- hallan también que esto es más cómodo? Pues bien: les dejaré el sitio; les agradará mucho que el sitio esté libre, pues así no hace falta agacharse».

 

Sacrificio de un pequeño triunfo

6 Una vez que quería ella inducirme a practicar la caridad, me contó que, siendo joven novicia y cifrando toda su dicha en adornar la estatua del Niño Jesús del claustro, se privaba siempre de poner flores olorosas, excepto una pequeña violeta, porque los perfumes molestaban a una de nuestras Hermanas ancianas.

Esta, viéndola una vez colocar una hermosa rosa al pie de la estatua, la llamó, con la evidente intención de hacérsela quitar. «En aquel momento, me dijo Teresa, adivinando su equivocación, probé un vivo deseo de dejarla comprobar su error, pues la rosa era artificial. Pero Jesús me había pedido el sacrificio de este pequeño triunfo. Adelantándome a toda reflexión, cogí la flor y le dije: «Mire, Madre, mía, qué bien se imita hoy a la naturaleza; ¿no se diría que esta flor acaba de ser cortada del jardín?».

«¡Oh!, añadió: no podéis imaginaros cuán dulce me fue este acto de caridad y cuánta fuerza me dio».

 

Tratar a las almas con delicadeza

7 Durante su enfermedad me hizo notar cómo Sor San Estanislao (Nota 2) usaba siempre ropas blancas muy suaves, escogidas con la más delicada atención, a fin de aliviarla un poco:

«¿Véis? Hay que usar los mismos cuidados con las almas; muchas veces no se piensa en ello y se las lastima. ¿Por qué? ¿Por qué no aliviarías con la misma, caridad, con la misma delicadeza que a los cuerpos? Algunas están enfermas, muchas son débiles, todas sufren. ¡Qué ternura deberíamos usar con ellas!».

 

Pequeños guisantes y gruesas habas

8 Cuando una Hermana se mantenía desagradablemente en su sinrazón, ella se mostraba aún más amable, obsequiosa y dulce, a fin de calmar el corazón irritado al que veía sufrir. La bondad del suyo se manifestaba a través de una gran ternura cuando volvían a ella después de haberla disgustado. Un día me explicó la razón de este proceder:

«¡Oh, qué misericordioso es Dios para con las almas imperfectas! Encuentro de ello una prueba en la naturaleza. Mirad los pequeños guisantes que se derriten en la boca, que son todo azúcar; su vaina es muy ligera. Sin embargo, pueden recibir los ardores del sol y la frescura de la noche, que no se les escatima. Son el símbolo de las almas perfectas. Las gruesas habas, por el contrario, que representan a las almas imperfectas, tienen una vaina bien forrada, que las preserva perfectamente, Hemos de obrar como Dios; desplegar todas nuestras delicadezas y nuestros agasajos para con las almas imperfectas».

 

Visitar a Jesús y a Maria

9 Cuando le parecía que me replegaba sobre mí misma, me decía: «¡Replegarse sobre sí misma esteriliza al alma! Hay que darse prisa en correr a las obras de caridad».

«A veces, precisaba, se está tan mal dentro de sí, en el interior, que hay que salir prontamente. Dios no nos obliga a permanecer en compañía de nosotras mismas; al contrario, a veces permite que. esa compañía nos sea desagradable para que la abandonemos. No veo otro medio en ese caso que salir de nosotras mismas e ir a visitar a Jesús y a María, corriendo a las obras de caridad».

 

Preparar la lamparilla para el Niño Jesús (Nota 3)

10 Yo le había confiado una pena.

Para animarme, demostrándome que no era insensible, me contó que siendo segunda tornera le aconteció una noche, durante el «silencio» (Nota 4), temer que preparar una lamparilla para afuera (Nota 5) Había que buscar aceite, mechas; no había nada preparado, todas se habían retirado a sus celdas, las puertas estaban trancadas.

«Tuve un gran combate, me confidenció ella. Murmuraba interiormente contra las personas y las circunstancias, reprochaba a las torneras externas el hacerme trabajar así durante un tiempo de descanso, cuando ellas. mismas podían haberse muy bien bastado. Pero de repente la luz se hizo en mi alma. Me figuré que estaba sirviendo a la Sagrada Familia en Nazaret, que preparaba aquella lamparilla para el Niño Jesús, y entonces puse en ello tanto, tanto amor, que andaba con paso muy ligero y con el corazón desbordando de ternura. Desde entonces, añadió, he empleado siempre este método, que me sigue resultando a las mil maravillas».

 

Cuidado de las enfermas.- Paciencia y gratitud

11 En la enfermería, donde yo estaba empleada desde mi entrada en el Carmelo, no había ninguna enferma grave, sino religiosas de salud deficiente. Entre ellas se hallaba una afectada de anemia cerebral crónica y atacada de manías que hacían el oficio de enfermera un perpetuo ejercicio de paciencia. Esta enferma tenía por principio «que se había de probar adrede a las novicias». Por consiguiente, sucedía que, hallándome en el otro extremo del monasterio, era llamada para oírme decir: «Hermanita mía, distingo vuestro paso del de vuestra compañera».

Un día, no pudiendo más, me fui a Sor Teresa, toda desecha en lágrimas; ella me recibió con ternura, me consoló, me animó. La veo aún, sentada junto a mí, sobre un baúl, estrechándome entre sus brazos.

Entretanto, me era necesario volver constantemente sobre mi campo de batalla, y muchas veces daba un gran rodeo para no pasar bajo las ventanas de la enfermería, pues la Madre, viendo que me aproximaba, me hacía una seña para que le prestase algún servicio superfluo. Algunas veces pasaba rápidamente, agachando la cabeza para no ser vista por ella sintiendo en el corazón una cierta amargura.

Sor Teresa, que conocía la situación y en el fondo me disculpaba de todo corazón, me dijo en una de estas circunstancias:

«Sería necesario pasar expresamente por delante de la enfermería, a fin de que se os moleste, y cuando vayáis cargada y no os podáis detener, responder con amabilidad, prometiendo volver, mostrando un semblante contento, como si se os hiciese un favor.

 

12 »La campana de la enfermería debería ser para vos una melodía celestial. Lo mejor para vos es que os llamen; deberíais desearlo. ¡Oh!, mirad: pensar bellas y santas cosas, escribir libros, escribir biografías de santos no vale tanto como un acto de amor de Dios ni como la acción de contestar cuando la campana de la enfermería toca y eso os molesta. Cuando se os pide un favor, o que dispenséis un servicio a las enfermas que no son agradables, tenéis que consideraros como una pequeña esclava a la que todo el mundo tiene derecho a mandar y que ni piensa en quejarse, pues es esclava.

- Sí, pero a veces, ya lo sabéis, se me molesta por nada; entonces me hierve la sangre.

- Comprendo muy bien que eso os cueste; pero ¡si vierais cómo los Ángeles, que os miran en la palestra, esperan el final del combate para arrojaros coronas y flores,. como en otro tiempo se las arrojaban a los caballeros! ¡Puesto que queremos ser pequeñas mártires, en nosotras está el ganarnos las palmas! Y no creáis que estos combates carezcan de valor: «El hombre paciente vale más que el hombre fuerte, y el que doma su alma, más que el que conquista ciudades» (Proverbios 16, 32)

 

13 «En cuanto a mí, si hubiese de vivir todavía, el oficio de enfermera sería el que más me gustaría. No quisiera solicitarlo, temiendo que eso fuera presunción, pero si me lo diesen, me creería muy privilegiada. ¡Oh, sí, me sentiría muy feliz, si me hubiesen pedido esto! Tal vez la naturaleza lo hubiera hallado costoso; pero me parece que habría obrado con mucho amor, pensando en las palabras de Nuestro Señor: «Estaba enfermo y me aliviasteis» (Mateo, 25, 36)

Me recomendaba mucho que cuidase a las enfermas con amor, que no hiciese este trabajo como uno de tantos, sino con tanto cuidado y delicadeza como si prestase este servicio al mismo Dios.

No obstante, después de una jornada de labor se me hacía muy duro tener que ir por la noche, durante la hora del descanso o después de Maitines, a llevar algún alivio a las Hermanas fatigadas. Me quejaba, y ella me dijo:

«Ahora sois vos quien lleva tacitas a diestro y siniestro; pero un día, en el cielo, será Jesús «quien irá y vendrá para serviros a vos» (Lucas, 12, 37).

 

Prudencia humana

14 «Vos decís: quiero ser buena con las que son buenas, dulce con las que son dulces; y cuando alguna os contradice, salís fuera de vos. Obráis en esto como los paganos de los que habla el Evangelio. Por el contrario: Haced bien a los que os odian, orad por los que os persiguen (Mateo 5, 44; Lucas 6, 27), Ser buenos con los que nos favorecen es prudencia humana: no queda. nada para Dios».

 

«Cuando os halléis en el momento de morir… »

15 Yo deseaba que los detalles de mi vida se engranasen como en el mecanismo de un juego de paciencia! ¡Ay de quien los alterase! Si una circunstancia imprevista rompía esta combinación y trastornaba el mecanismo, me mostraba descontenta. Un día, durante la última enfermedad de mi querida Hermanita, había contado con disponer de toda una tarde para concluir una labor, y fui llamada inopinadamente al locutorio. Yo le dije: «¡Oh, cuánto me ha contrariado verme interrumpida! ¡Sin eso, hubiera terminado mí labor! … Ella me miró: «Cuando os halléis en el momento de morir, ¡cuánto desearéis haber sido interrumpida!».

 

Dedicar tiempo a ser interrumpida

16 Yo tenía verdadero interés en hacer tranquilamente mi retiro mensual, y era difícil problema hallar un domingo en que no se me tendiese alguna trampa a causa de mi oficio o por cualquiera otra razón. Sor Teresa del Niño Jesús me dijo:

«Luego, ¿vos entráis en retiro para disponer de más tiempo libre, para buscar vuestra propia satisfacción? Yo voy por fidelidad, para dar más a Dios… Si tengo mucho que escribir ese día, para despegar mi corazón me pongo en la disposición de espíritu de querer yerme interrumpida, y me digo: «Dedico tal o cual hora libre a ser interrumpida; y si no me interrumpen, doy gracias a Dios, como Si me concediese un favor con el que no contaba». De esta forma, nada me coge desprevenida, estoy dispuesta a ser interrumpida, lo quiero, cuento con ello. Por eso, estoy siempre contenta».

En efecto, observé que siendo sacristana, y habiendo acabado su tarea personal, pasaba expresamente, los días de fiesta, por delante de la sacristía a fin de que se la llamase. Se hacía la encontradiza con su primera de oficio a fin de que ésta pudiese reclamarla para algún servicio, lo cual no fallaba nunca. Sabiendo que, en el fondo, esto le costaba mucho, yo le hacía señas de que no pasase por allí y le proporcionaba los medios para que no lo hiciese, pero era inútil.

 

Sacrificio, alegría y amor puro

17 En los últimos meses de destierro de mi angelical Hermanita me acontecía llegar tarde a la recreación, y no poner el mismo celo en servir a las otras enfermas, mucho menos graves, por emplear más tiempo en cuidarla a4ella. Y me dijo:

«En vuestro lugar, aunque no estéis estrictamente obligada a ello, haría todos los posibles para ir a las recreaciones y servir a las otras enfermas. Me daría maña en hacer mil sacrificios, me privaría de todo para obteneros gracias. No hay que buscarse a sí misma en nada, sea lo que sea, pues desde el momento en que una empieza a buscarse a sí misma, se deja de amar» (Imitación, lib. III, cap. y, 7), Al final de mi vida religiosa he llevado la existencia más feliz que se puede imaginar, porque no me buscaba nunca a mí misma. Cuando una se renuncia a sí misma, se alcanza la recompensa en la tierra. Me preguntáis muchas veces el medio para llegar al puro amor; ese medio es: olvidaros de vos misma y no buscaros en nada».

 

Ángel de paz

18 Había yo derramado algunas lagrimillas para hacer creer a una Hermana que estaba muy contrariada. Sin embargo, no había en mí ningún apego a lo que lamentaba. El mismo día había mantenido también mis derechos frente a otra Hermana, defendiendo la justicia; quería, además, convencerla de que no tenía razón. Mi Hermana Teresa del Niño Jesús me dijo:

«Cierto que, en el fondo, el alma no se ha turbado; la paz no se ha menoscabado, pero la pelusilla del melocotón ha sido restregada… Mantener vuestros derechos, querer la justicia no es un perjuicio para vuestro prójimo, pero ¡qué pérdida es para vos!

- ¡Oh! ¿Qué se va a hacer si han golpeado al melocotón?

- Una mirada de amor a Jesús y el reconocimiento de su propia miseria lo arregla todo. Buscar sus derechos es obrar en perjuicio de la propia alma, y querer juzgar a los otros, aun teniendo razón, es desollaros inútilmente. Además, no es una guerra leal, pues no estáis vos encargada de su conducta. ¡No tenéis que ser Juez de paz &endash;sólo Dios tiene ese derecho-; vuestra misión es ser un Ángel de paz

Juzgar favorablemente

19 Me, decía con frecuencia que se debe juzgar siempre a los otros con caridad, pues muchas veces lo que a nuestros ojos parece negligencia es heroísmo a los ojos de Dios. Una persona fatigada, que tiene jaqueca o sufre interiormente, hace más cumpliendo la mitad de su obligación, que otra sana de cuerpo y de espíritu que la cumple entera. Nuestro juicio debe ser, pues, en toda ocasión favorable al prójimo. Se ha de pensar siempre bien, se le ha de disculpar siempre. Y si no hay un motivo valedero, queda aún el recurso de pensar: «Tal o cual persona aparentemente obra mal, pero no se da cuenta de, ello, y si yo gozo de un razonamiento mejor, mayor motivo tengo para sentir compasión de ella y para humillarme por ser severa».

Me hacía también observar que ordinariamente Dios permite que pasemos por las mismas debilidades que nos han disgustado en los otros: olvidos, negligencias involuntarias, fatigas…; entonces, es muy natural que excusemos las faltas en las que hemos caído.

Instruida por un guía tan perspicaz yo misma vi por experiencia que las Hermanas a quienes había creído imperfectas no habían cometido falta. Una obra cumplida por obediencia, una acción más útil les había impedido, a los ojos de las demás, cumplir con su obligación, y llevaban en silencio esta humillación.

 

Enseñanza sacada de unas peritas sin apariencia

20 Paseándose por el jardín durante la recreación, me dijo, señalándome un árbol frutal: «Mirad esas peras tan feas en apariencia: son la imagen de las Hermanas que os disgustan. En otoño, cuando os den esos frutos despojados de todos los cuerpos extraños que los desfiguran ahora, los comeréis con gusto, sin sospechar siquiera que los habíais despreciado. De igual modo, en el último día quedaréis admirada al ver a vuestras Hermanas libres de todas sus imperfecciones, y os parecerán grandes santas».

 

Culto por el Sacerdocio

21 Lo que la atraía en el Carmelo era el sacrificio hecho en favor de la Iglesia, en favor de los sacerdotes…; quería que su vida estuviese consagrada a la santificación de los ministros del Señor. Decía que «rogar por los sacerdotes era hacer un negocio en gran escala, pues a través de la cabeza se llegaba a los miembros». Este deseo de la santificación de los sacerdotes y, por su medio, de la conversión de los pecadores fue verdaderamente el móvil de su vida. Nos enseñó en el noviciado una oración por ellos, bastante larga, cuyo autor ignoraba (Nota 6) Casi todas las cartas que me escribió cuando yo estaba en el mundo testimonian este rasgo, que nos era común.

 

22 Su espíritu de fe le inspiraba un gran respeto hacia los sacerdotes, a causa del sacerdocio de que están revestidos y del que es imposible tener una estima mayor de la que ella tenía. Expresó en diversas circunstancias, a lo largo de su vida, la pena que sentía de no poder ser sacerdote. Sintiéndose muy enferma, en junio de 1897, me dijo: «Dios me va a llevar consigo a una edad en la que no hubiera tenido tiempo de ser sacerdote si lo hubiera podido ser».

El pensamiento de que Santa Bárbara había llevado la comunión a San Estanislao de Kotska la encantaba: «¿Por qué no un ángel, me decía, por qué no un sacerdote, sino una virgen? ¡Oh, qué maravillas veremos en el cielo! Estoy en la idea de que los que lo hayan deseado en la tierra gozarán allá arriba de los privilegios del sacerdocio» (Nota 7)

 

CELO POR LAS ALMAS

23 En junio de 1897 la fotografié (Nota 8) para dar su retrato a nuestra Madre Priora (Madre María de Gonzaga), cuya fiesta celebrábamos el 21 de junio. Quiso ser sacada teniendo en la mano un rollo sobre el que ella había escrito estas palabras de nuestra Madre santa Teresa: «Daría mil vidas por salvar una sola alma» (Nota 9)

 

24 Cuando nuestro viaje a Roma -no tenia más que catorce años-, habiendo leído algunas páginas de los Anales de las Religiosas Misioneras, interrumpió en seguida su lectura y me dijo: «No quiero seguir leyendo; ¡tengo ya un deseo tan vehemente de ser misionera! ¿Qué sería si lo avivase contemplando el cuadro de este apostolado? Quiero ser Carmelita». -Me explicó luego el porqué de esta determinación: «Era para sufrir más y con eso salvar más almas».

 

25 Ha narrado en la historia de su vida la tenacidad de sus oraciones por el desgraciado asesino Pranzini, su emoción cuando se vio escuchada por el súbito retorno a Dios del condenado al pie del cadalso.

Fue a mí a quien ella dio, sonrojándose, el dinero destinado a hacer celebrar una misa por esta conversión. Su timidez le impedía pedir ella misma este favor a su confesor.

No me había comunicado la intención de esta misa y quedó muy aliviada cuando le dije que yo la había adivinado. Después compartió conmigo sus temores y esperanzas.

El celo por las almas había comenzado .a devorar su corazón cuando, en su adolescencia, la imagen sangrante de Jesús crucificado le reveló su vocación de corredentora al lado del Salvador.

 

26 En el Carmelo este celo no cesó de crecer y se manifestaba en toda ocasión. Yo la vi, después de la salida de un obrero alejado de Dios, que había de volver el mismo día a trabajar en el monasterio, esconder furtivamente una medalla de San Benito en el forro de su ropa de trabajo.

 

27 En un momento de crueles dolores, cuando la tuberculosis iba ganando todo su organismo y nosotras implorábamos con lágrimas el socorro del cielo, ella me decía: «Pido a Dios que todas esas oraciones que se hacen por mí no sirvan para aligerarme los sufrimientos, sino para salvar a los pecadores».

Me parece que aún la estoy oyendo decir: «No me explico tanto sufrir sino por el extremo deseo que he tenido de salvar almas». Estas fueron algunas de sus últimas palabras.

Después de su muerte

28 Muchas veces, y en formas muy variadas, prometió «hacer caer una lluvia de rosas», y expresó su deseo y su seguridad de hacer el bien después de su muerte, rogando por la Iglesia, continuando su misión de predilección hacia los sacerdotes. La oí, sobre todo, explicar, describir, en qué consistiría este bien, por qué medios llevaría las almas a Dios: enseñándoles su camino de confianza y de abandono total.

Respondiendo a una de sus reflexiones, le dije: «Entonces, ¿creéis que salvaréis más almas en el cielo?

- Sí, lo creo, me contestó: la prueba de ello es que Dios me deja morir precisamente cuando tanto deseo salvarle almas…».


(1) Este pasaje de Isaías ha sido aplicado por la Iglesia a la misma santa Teresa del Niño Jesús en d Oficio litúrgico de su fiesta: antífona del Benedictus.

(2) La primera enfermera, muerta el día 23 de mayo de 1914, a la edad de 89 años y medio.

(3) La Santa contó este mismo hecho a la Reverenda Madre Inés de Jesús el 12. de julio de 1897. Véase Novissirna Verba, pág. 64 [ed. francesa].

(4) Hora de tiempo libre y de descanso entre Completas y Maitines.

(5) Para personas seglares, parientes de una religiosa de la Comunidad, que eran particularmente atendidas. en el torno exterior del Carmelo.

(6) Un alma santa… Teresa Durnerin. Véanse algunos extractos de esta oración en el apéndice III.

(7) Sor Genoveva no se extiende más acerca del Culto del Sacerdocio en santa Teresa del Niño Jesús -tema fecundo en recuerdos- por haberle ya la Santa expresado todos sus pensamientos en las Cartas, ya publicadas.

(8) Esta fotografía no se logró. La demasiada claridad deformaba los rasgos y no se pudo obtener la expresión del rostro. El cliché fue destruido.

(9) El texto original anota este pasaje así: Castillo interior, Moradas VI, cap. VI; Vida, t. 1, c. XXXII, página 115; Fundaciones, t. 1, pág. 22 (edición. [francesa] del R. P. Gregorio). Sin embargo, la referencia íntegra y verdadera a que se alude se halla en Camino de perfección, cap. 1, n. 2, pág. 360, ed. cit., y las palabras genuinas de la Santa de Ávila son como siguen: «Parecíame que mil vidas pusiera yo para remedio de un alma de las muchas que allí [en Francia] se perdían». Otro texto parecido tiene la Santa española en Relaciones, IV, nº 3, t. II, de la BMC., Burgos «El Monte Carmelo» 1915, pág. 23, que dice así: «que ella siempre estuvo, con grandísimos deseos de la honra de Dios y bien de las almas, que por una se dejara matar muchas veces». -N. del T.

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