V. Fidelidad a la regla
1 La fidelidad de mi querida Hermanita en la observancia corrió parejas con su estima por nuestras santas Reglas y Constituciones: «Somos demasiado afortunadas con no tener que hacer otra cosa sino practicar lo que nuestros santos Reformadores con tanto trabajo instituyeron». Por eso, no podía sufrir que desaprobásemos nada de lo que estaba prescrito.
2 Nos aseguraba «que en Comunidad, cada una debería intentar bastarse a sí misma y arreglárselas de manera que no tuviese que pedir favores sin gran necesidad».
Para guardar un justo medio cuando una cree poder dispensarse de algún trabajo común o solicitar alguna excepción de la Regla, ella le aconsejaba que se dijese interiormente -¿Si todas hiciesen lo mismo? -«La respuesta, añadía, rara vez será a nuestro favor, pues todas tendrían buenas razones siempre y ocupaciones de propia elección o de oficio para sustraerse a las obligaciones comunes. ¡Qué desorden resultaría de: ello!».
Faltar lo menos posible a los actos de Comunidad: Oficio divino, oración, recreación; tal era su consigna. «Hay, decía, quienes, bajo el pretexto de entregarse al trabajo, abrevian las horas de oficio determinadas por la Regla; ¡eso es robar el tiempo a Dios!».
Ella misma nos daba ejemplo abandonando su trabajo al primer tañido de la campana, sin entretenerse a terminar una palabra comenzada o a poner un punto mas. Cuando era tañedora, la veía desocuparse, al final de la recreación, medio cuarto de hora antes del tiempo reglamentario, como estaba prescrito entonces en nuestros «Usos». Se iba aun a la mitad de la más interesante conversación. A la larga, tal conducta se hace muy mortificante.
3 A fin de no faltar a Maitines o a otras horas en que la Comunidad está reunida, practicaba actos de virtud muy meritorios.
Siendo todavía postulante o novicia, si se sentía enferma, no lo decía, a menos que no hubiese recibido orden expresa de manifestarlo, pues no tomaba en ninguna ocasión ayudas o alivios si no se le proponían, sin adelantarse ella para nada. Por el contrario, cuando sufría, mostraba mayor ánimo, para disimular su malestar. Muchas veces iba al coro, al rezo del Oficio divino, con tal dolor de estómago, que creía no poder observar el horario de sus comidas sin desfallecer; pero reunía toda su energía, diciéndose: «¡Si caigo, lo van a ver!» (Nota 1) Esta frasecita, que se repetía a sí misma muchas veces, la ayudó mucho, según me confidenció, sobre todo en los principios de su vida religiosa.
4 Una vez que habían tocado a fin de un ejercicio, como yo no me desocupase con bastante rapidez, me: dijo: «id a vuestro deber, no a vuestro gusto…».
OBEDIENCIA
5 La obediencia de Sor Teresa del Niño Jesús se extendía a todo. Ella me decía: «No nos debemos procurar una vida cómoda. Puesto que quisiéramos ser mártires, es necesario que nos sirvamos de los instrumentos que tenemos y hacer de nuestra vida religiosa un martirio».
Este consejo lo practicaba ella rigurosamente, al pie de la letra. Las Superioras habían de tener un gran cuidado con lo que decían en su presencia, pues un consejo era para ella una orden, y no lo seguía un día sólo, ni quince, sino continuamente.
6 Así es como la vi observar algunas pequeñas cosas, como cerrar tal puerta, no pasar por tal corredor, no cruzar el coro, y otras mil recomendaciones de este género, de las cuales nuestra Madre Priora -la Reverenda Madre María de Gonzaga-, pasados algunos días, ya no se acordaba. No sospechaba ella que tenía a sus órdenes un alma que tomaba sus palabras como oráculos y las cumplía como si fuesen la voluntad expresa de Dios.
7 Obedecía de igual manera a cada una de las Hermanas, sin que se la viese ni por asomo buscar su propia voluntad, sacrificada en todo momento. Un día que la Comunidad se había reunido en una ermita para entonar unos cánticos, agotada por la enfermedad, se sentó; una Hermana le hizo señas de que se levantara, y ella obedeció enseguida con rostro amable.
Después de la reunión, yo le pregunté el porqué de aquella obediencia, que yo reputaba demasiado ciega. Me contestó sencillamente «que, en las cosas de poca importancia, había cogido la costumbre de obedecer a todas y a cada una por espíritu de fe, como si fuese Dios mismo quien le manifestase su voluntad».
8 Había yo contestado vivamente a una Hermana que me había hecho un reproche a mi ver inmerecido. «¡No tiene razón, eso no le concierne a ella!, decía yo. -Es verdad, me contestó nuestra Maestra; pero Nuestro Señor no dijo: obedeced solamente a vuestros Superiores, sino: «Dad a quienquiera que os pida» (Lucas 6, 30) y «dad mil pasos con quien os obligue a dar cien» (Mateo 5, 41)
9 Algo antes de morir, Sor Teresa dijo delante de mí a la Madre Inés de Jesús: «Tengo que daros un pequeño consejo: convendría que las Prioras recomendasen a las enfermeras que éstas obligasen a sus enfermas a pedir todo lo que les haga falta. Esto es muy necesario, Madre mía…» (Nota 2)
No hacer nada sin permiso
10 Sor Teresa del Niño Jesús nos recomendaba con mucha frecuencia que fuésemos muy fieles en pedir nuestros permisos.
«En cuanto a mí, me dijo, cuando me había olvidado de hacerlo el sábado y no pensaba en ello en el momento en que hubiera podido pedirlos, me privaba de cualquier cosa indispensable antes que obrar por mí misma.(Nota 3)
»Yo era muy escrupulosa en esto, y me veía muy atormentada cuando tenía que hacer alguna cosa sin la autorización de nuestra Madre. Así, Dios permitió que ella no me mandase escribir mis poesías a medida que las componía, y no quise pedírselo por miedo de faltar a la pobreza Esperaba, pues, la hora de tiempo libre, y a duras penas me acordaba a las ocho de la tarde de lo que había compuesto por la mañana. Estas pequeñas nadas constituyen un martirio, es verdad; pero hay que guardarse mucho de disminuirías permitiéndonos, o procurando que se nos permitan, mil cosas que harían la vida religiosa agradable y cómoda. No hay que concederse a sí misma ninguna holgura» (Nota 4)
Cuando entró en el Carmelo, a los quince años, su caligrafía, mal formada, disgustó a la Madre Inés de Jesús.
Teresa le propuso entonces escribir en redondilla, lo cual le era mucho más cómodo; pero no se lo permitieron, y se sometió, poniendo interés en corregirse. Sólo al final de su vida le fue dado el permiso.
Conformarse a los usos
11 Aunque nos recomendó obrar lo más perfectamente posible, juzgaba que no era necesario tratar de obrar mejor que las otras, sino conformarse en todo a los usos, pues un celo indiscreto puede perjudicar a sí misma y a las demás. «Por ejemplo, me decía, si estáis en retiro riguroso, descargada de las labores de la Comunidad, y hay ropa que tender en el granero, no os mezcléis con las Hermanas que hacen ese trabajo. Aunque se trate de un acto de caridad, es mejor abstenerse, como es costumbre, porque, una vez pasado vuestro fervor, la obligación que os habéis impuesto podría convertirse en cansancio para vuestra alma y cansar a las demás, las cuales se creerían obligadas a imitar vuestro ejemplo y tendrían miedo de rehusar algo a Dios no haciéndolo.
»O bien: si accidentalmente se pide a una Hermana ayuda para un oficio que no es el suyo, ha de conformarse en todo a lo que se le ha indicado, aun en el caso de que ella conciba el trabajo de una manera más perfecta, pues de lo contrario se corre el riesgo de disgustar a las oficialas habituales, que pueden tener sus razones para obrar como obran y que las demás ignoran.
»Puesto que en la vida acontece que la continuidad de una cosa cansa, es mejor no emprender, en plan de costumbre, sino lo que se cree poder cumplir con perseverancia.
POBREZA
12 Habiéndome pedido una Hermana que le prestara algunas poesías que yo había copiado en hojas volantes, no me mostré de buen humor. Me decía a mí misma: «Hubiera hecho mejor con copiarlas en un cuaderno como lo hacen las demás; ¡así, al menos, no me expondría a perderlas!».
Sor Teresa del Niño Jesús me miró fijamente, y me dijo: «Deberíais estar gozosa de desprenderos; deberíais, no sólo prestarlas con alegría, sino obrar de suerte que os las volvieran a pedir. Puesto que deseáis hacer tanto bien a las almas componiéndolas, deberíais gozaros en prestarlas, pero en prestarlas en plan de apostolado. Se cuenta de san Luis Gonzaga que nunca reclamaba un objeto prestado, por espíritu de pobreza».
13 Otra vez me dijo: «Hace un instante os quejabais de que habían revuelto vuestra canastilla de labor, de que os faltaba esto o aquello. Deberíais estar contenta de ello y deciros: soy pobre, es, pues, natural que me falte alguna cosa; han hecho bien con servirse de ella, pues no es mía».
14 Me habían pedido un alfiler que me era muy útil, y lo lamentaba. Sor Teresa del Niño Jesús me dijo: «¡Oh, qué rica sois! No podéis sentiros dichosa… ».
15 «He observado que siempre se da más aún de lo que se pide, pero hay pocas almas que se dejan coger lo que les pertenece. Eso es lo difícil. Y sin embargo, ahí están las palabras del Evangelio: «Si se os pide lo que os pertenece, no lo reclaméis» (Lucas 6, 30)
16 «Quisiera quedarme, como recuerdo,, con esta estampa que os pertenece, le decía yo durante su enfermedad.
- ¡ Ah, todavía tenéis deseos!… Cuando esté con Dios, no pidáis nada de lo que he tenido a mi uso; recibid sencillamente lo que se os quiera dar. Obrar de otra manera sería no estar desprendida de todo; en lugar, de haceros dichosa, eso os haría desgraciada. Sólo en el cielo tendremos el derecho de poseer».
17 Poco tiempo después de su muerte, habiéndome propuesto una de nuestras Hermanas que hiciese las diligencias necesarias para obtener algún objeto que hubiese pertenecido a mi hermana querida, yo se lo consulté a ella, preguntándole: «¿Cómo he de obrar?», y abrí los Santos Evangelios para hallar allí la respuesta. Leí: «Como un hombre que, partiendo de viaje, abandona su casa y lo deja todo en manos de sus servidores» (Mateo 25, 14)
18 Sor Teresa del Niño Jesús, por amor de Dios, gustaba servirse de los objetos más feos y más usados. Digo por amor de Dios, pues naturalmente, con su temperamento de artista, hubiera preferido las cosas de buen gusto y no deterioradas. Me di cuenta de ello un día que había echado yo una mancha irreparable en su reloj de arena (Nota 5).
Noté la violencia que se tuvo que hacer para seguir conservándolo de esta manera y para no dejarme traslucir el sacrificio que le había impuesto sin querer.
19 No se cuidaba en absoluto de que sus ropas le cayeran bien o le viniesen demasiado largas. En apariencia, era del todo indiferente en cuanto a su exterior, sin negligencia alguna de su parte; pero en todas las cosas, cuanto más se acercaba a la verdadera pobreza, tanto más contenta estaba. Ella misma se remendaba sus alpargatas y sus vestidos hasta el extremo límite de lo posible.
20 Siempre dentro del mismo espíritu, si tenía un libro o una, estampa con canto dorado, los raspaba cuidadosamente. Como su canastilla de labor se empezase a destejer, una Hermana la ribeteó con una cinta de terciopelo viejo, pues esta tela no se gasta, dura mucho. Aunque muy ocupada, Teresa deshizo el trabajo y volvió a colocar el terciopelo al revés, es decir, la trama al exterior, para que pareciese más pobre y menos bonito.
Habiendo dado una novicia aceite de linaza a su escritorio de celda, el cual ordinariamente está pobremente teñido de nogalina, se lo hizo lavar inmediatamente con un cepillo. Y no permitió que los muebles de su celda estuviesen barnizados de esta manera sino porque los había encontrado así a su llegada; pero le disgustaban mucho, y si sólo ella los hubiera tenido, los hubiera lavado sin piedad.
21 A mi entrada en el Carmelo, se deshizo, para dármelos a mí, de su escritorio y de su pila de agua bendita, y de los graneros tomó para sí objetos fuera ya de uso.
Modelo nuestro en todas las cosas, Sor Teresa no tenía nada más que lo que rigurosamente necesitaba, y desechando cuidadosamente todo lo que sabía a comodidad.
22 No tuvo en el Carmelo más que un par de tijeras de niña, que había traído del mundo y que eran muy insuficientes para sus labores.
Durante toda su vida religiosa se sirvió de una lámpara cuyo mecanismo no funcionaba ya, sino que era necesaria la ayuda de un alfiler para subir la mecha. Pero lo hacía con tanta gracia, que parecía natural tomarse aquel trabajo, y cualquiera se engañaba, creyendo que prefería esta lámpara a otra mejor.
23 Cuando necesitaba un cortaplumas, si no tenía tiempo de volverlo al taller de pintura, lo dejaba tirado en el suelo, fuera, junto a la puerta de su celda, para dar bien a entender que no formaba parte de los objetos que tenía a su uso.
24 Para escribir su manuscrito se procuró, por medio de nuestra hermana Leonia, un cuaderno muy barato y de muy mal papel. Al empezar, creyó que sólo emplearía uno, por eso, su sorpresa fue grande cuando se vio obligada a pedir otro.
En cuanto a la parte que dirigió a la Madre Maria de Gonzaga, parte que ella redactó cuando estaba ya muy enferma, fue necesario obligarla a que escribiese menos cerrado, dejando una distancia conveniente entre las líneas, y en un papel cuadriculado.
Cuando componía sus poesías las anotaba en trocitos de papel, que todo el mundo desechaba, de todos los colores y tamaños; por eso, sus borradores son casi ilegibles.
Se servía de las plumas hasta el límite extremo. Al final de su vida, sujeta a .un régimen lácteo, las mojaba en un poco de leche puesta a su disposición. Hacía esto, según decía, «para suavizarlas».
25 Temiendo la Madre Inés de Jesús, en la Profesión de su Hermanita, que el crucifijo de Teresa fuese demasiado pesado y pudiese lastimarla, le dio el suyo, que era más pequeño. Sor Teresa no me ocultó, más tarde, el sacrificio que esto le costó, pues había soñado con tener un gran crucifijo; pero no hizo reclamación alguna, y conservó el pequeño durante toda su vida. Fue el que tuvo entre sus manos al morir, y el que se conserva todavía hoy en su urna.
ESPÍRITU DE MORTIFICACION EN LAS COMIDAS, EN LAS RECREACIONES Y EN LAS VISITAS
26 Aprovechaba todas las pequeñas ocasiones de mortificación que no pueden dañar a la salud, y se las imponía siempre y en todo tiempo. Se trata de prácticas bien pequeñas, sin duda, pero Dios muestra lo mismo su potencia en la creación de las cosas infinitamente pequeñas, y parece que Teresa ha manifestado su fuerza precisamente en la multiplicidad de actos microscópicos, si es lícito expresarse así.
27 Mi querida Hermanita me confió haber sentido, desde su más tierna infancia, una repugnancia instintiva por las comidas. No podía comprender que las gentes se invitasen para eso, que éste fuese el fin de algunas reuniones. «Tan pronto como se desea gozar de la presencia de alguno, decía ella, se le invita a comer. ¡Qué extraño! Debería sentirse vergüenza en comer, y esconderse. ¡Ah! Si Nuestro Señor y la Santísima Virgen no hubieran comido, no me hubiera podido nunca consolar de tener que hacerlo!».
Al final de su vida, cuando estaba tan enferma, tuvo caprichos en cuanto al alimento. Por eso, me dijo con un poco de tristeza: «¡Esto me humilla mucho! Pero lo deseo, pues es voluntad de Dios que pase por esta debilidad».
Pureza de intención en el refectorio
28 Interrogada sobre su manera de santificar sus comidas, me contestó: «Hay que realizar esta acción, de suyo tan baja, en unión de Nuestro Señor.
»Con mucha frecuencia me vienen en el refectorio las más dulces aspiraciones de amor. A veces me veo obligada a detenerme… ¡Qh, me encanta el pensar que si Nuestro Señor hubiera estado en mi lugar, delante de mi ración, él hubiera comido ciertamente! Tomaría lo que le fuese ofrecido… Además, es muy probable que durante su vida mortal haya gustado los mismos manjares que yo. La Santísima Virgen le hacia sopa. Se alimentaba de pan, de frutos, de legumbres, de pescado…».
En estos y parecidos pensamientos se entretenía, y su alma se exhalaba en perfume de amor.
29 He aquí las penitencias que se permitía en el refectorio, pues las otras le estaban prohibidas:
Cuando el mango de su cuchillo o de su cuchara no estaba suficientemente enjuagado y, ligeramente pegajoso, se adhería a su mano, se guardaba muy bien de poner fin a esta mortificación, que le costaba mucho, y la sufría hasta el final de la comida.
Un año en que, durante las últimas semanas de Cuaresma, se leía un libro sobre la Pasión de Nuestro Señor, me dijo que «le repugnaba tanto tomar el alimento escuchando aquella lectura, que se veía obligada a realizar casi furtivamente, aquel acto que le parecía tan bajo, y a privarse de beber hasta que la lectora se paraba un instante o la lectura era menos emocionante». Entonces, bebía rápidamente y como a hurtadillas, «porque, decía, a pesar de todo, el comer es una necesidad, pero en cuanto al beber, puede uno privarse, es un alivio».
Me contó este hecho, no para animarme a seguir su ejemplo, sino para manifestarme lo conmovida que estaba por el relato de los sufrimientos de Nuestro Señor.
30 En el refectorio, Sor Teresa. del Niño Jesús observaba pequeñas rúbricas infantiles que nos confiaba con sencillez:
«Me figuro estar en Nazaret, en la casa de la Sagrada Familia. Si me sirven, por ejemplo, ensalada, pescado frío, vino, o cualquiera otra cosa de sabor fuerte, se lo ofrezco al buen san José. A la Santísima Virgen le doy las raciones calientes, los frutos muy maduros, etc.; y los alimentos de los días de fiesta, particularmente la papilla, el arroz, las confituras, se los ofrezco al Niño Jesús. Por fin, cuando me traen una comida mala, me digo alegremente: ¡Hoy, hijita mía, todo esto es para ti!».
Nos ocultaba su mortificación bajo apariencias graciosas. Sin embargo, un día de ayuno en que nuestra Rda. Madre le había impuesto un alivio, una de las novicias la sorprendió condimentando con ajenjo aquella dulzura demasiado a su gusto.
Otra vez, la vi beber lentamente una medicina execrable.
«¡Pero, daos prisa, le dije yo: bebedlo de un trago!
- ¡Oh, no! ¿No he de aprovecharme de las pequeñas ocasiones que se me ofrecen para mortificarme un poco, puesto que me están prohibidas las mortificaciones grandes?».
Cómo santificar las recreaciones
31 «En la recreación, más que en parte alguna, decía Sor Teresa, hallaréis ocasión de ejercitar vuestra virtud. Si queréis sacar de ella un gran provecho, no vayáis con la intención de recrearos, sino con la de recrear a las demás; practicad en ella un gran desapego de vos misma.
»Por ejemplo, si estáis contando a una de vuestras Hermanas una historia que os parece interesante, y ella os interrumpe para contaros otra cosa, escuchadla con interés, aunque no os interese en absoluto, y no procuréis reanudar vuestra conversación primera. Obrando así, saldréis de la recreación con una gran paz interior y revestida de una fuerza nueva para practicar la virtud, pues no habréis buscado satisfaceros, sino complacer a las demás. ¡Si se supiera cuánto se gana en renunciarse a sí mismo en todas las cosas!
- ¡Vos sí que lo sabéis bien! ¿Habéis obrado siempre así?
- Sí, me he olvidado de mi misma, he procurado no buscarme en nada».
¡Qué verdadero es este testimonio! Ella practicaba, en efecto, la perfecta abnegación con tanta soltura, que se la hubiera podido creer natural en ella. Y sin embargo, esta abnegación era debida a su generosa correspondencia a la gracia de Dios. Testigo, esta confidencia:
Como yo le hiciese notar que en recreación se siente a veces una verdadera picazón de decir algún dicho ingenioso, me confesó que había probado esta tentación. ¡Nada extraño que, con su espíritu vivo, réplicas finas y picantes le hayan quemado los labios! Pero siempre salió victoriosa en el arte de, abstenerse de brillar.
Abnegación en las visitas
32 En el locutorio escuchaba en silencio, no tomando la palabra más que cuando se le preguntaba. Su reserva era tal, que aun dentro de nuestra propia familia se la juzgaba insignificante, y se decía «que habiendo entrado demasiado joven en el convento, su instrucción había sido truncada, y que de ello se resentiría toda su vida».
«Cuando yo no sea ya de este mundo, nos dijo a nosotras, sus tres hermanas, cuidad de no vivir vida de familia, de no contaros nada de las visitas sin permiso, y ni aun de preguntar, a no ser que se trate de cosas útiles y no sólo divertidas».
En cuanto al locutorio, buscaba siempre el modo de esquivarse de él cuando preveía que iba a encontrar gusto, mientras que, por el contrario, se quedaba sin hacerse de rogar cuando se trataba de sacrificarse.
DESAPEGO
33 Cuando Sor Teresa estaba enferma se lo decía por obediencia a nuestra Madre, sin ocuparse de ser atendida o no, y si alguna cosa le faltaba, pensaba que Dios estaba seguro de su paciencia, de lo cual se enorgullecía y se gozaba.
«Cuando emprendáis un trabajo, me decía, es necesario que lo hagáis con desprendimiento, que permitáis que vuestras Hermanas os den consejos y aún que lo retoquen en vuestra ausencia, y que os hagan perder, en consecuencia, varias horas de esfuerzo si por ventura no tienen el mismo gusto que vos. Aun más: si vuestra labor, de esta suerte retocada, pierde valor, os debéis alegrar de ello, pues se ha de trabajar no tanto con el fin de realizar una obra perfecta cuanto con el de hacer la voluntad de Dios» (Nota 6)
Amor propio
34 Durante su enfermedad imaginé, para aliviarla, toda una táctica, que llevé a la práctica tan rápidamente y le parecía tan ingeniosa que me miraba toda sorprendida. Me agradeció entonces mi caritativa prontitud, mi destreza, y añadió:
«Si os hubiesen mandado esto, si hubiese sido idea de vuestra primera de oficio, ¿lo habríais ejecutado con tanta alegría?». Y, desarrollando su pensamiento, me demostró lo muy inclinada que está la naturaleza a encontrar fácil lo que nace de la propia inspiración personal, mientras que por el contrario siempre hay peros y condiciones cuando se trata de adoptar las ideas de los otros. Así, vemos con buenos ojos los alivios que se dan .a las demás cuando los hemos obtenido por nuestra mediación. Si no intervenimos en su concesión, ¡mil tentaciones se levantan en nuestro corazón, y hallamos modos de desaprobar todo aquello en lo que no hemos puesto las manos!».
Sacrificio de los afectos familiares
35 Un nuevo ejemplo de su desapego resalta de su conducta cuando sacaban alguna fotografía de un grupo de Comunidad.
Estando encargada yo de preparar el aparato, cuando era llegado el momento de colocarme no hallaba lugar disponible entre las novicias, por haberse ya éstas reunido en torno de nuestra Maestra de manera que pudiesen estar lo más cerca posible de ella. Mi querida Hermanita las dejaba hacer, no sin lamentar, sin embargo, alguna vez, el que no tuviesen la delicadeza de proporcionarnos la dicha de estar la una cerca de la otra. Me confesó que esto le había hecho sufrir.
Una vez, no obstante, alteró este modo habitual de comportarse: fue en el grupo del lavado»: en aquella ocasión ella rogó a Sor Marta de Jesús que se alejase un poco para dejarme sitio.
En verdad, no hubiera sido posible encontrar un corazón más afectuoso que el suyo, pero sólo en la intimidad nos testimoniaba a nosotras, sus hermanas, toda su ternura.
Habiendo leído que ciertos Santos se alejaban de sus parientes por deseo de perfección o modificaban sus relaciones para con ellos, ella nos decía «que estaba muy gozosa de que hubiera muchas moradas (Juan 14, 2) en la casa de Dios», añadiendo que «la suya no sería la de los grandes santos, sino la de los pequeños, los cuales aman mucho a su familia».
RENUNCIAMIENTO
«No pactar con el mundo»
36 Cuando, desterrada en el mundo, me veía obligada a seguir la corriente del ambiente en que vivía, mi querida Teresita probaba una pena profunda; sobre todo un día en que había de asistir a una velada de baile.
Lloró, me dijo, como nunca había llorado, y me rogó que la visitase para hacerme sus recomendaciones. Como me pareciese que exageraba un poco y que era demasiado severa, pues no hay que ponerse en ridículo, ella se mostró indignada y me dijo con energía: «¡Oh, Celina! Considera la conducta de los tres jóvenes Hebreos, que prefirieron ser arrojados en un horno ardiente antes que doblar la rodilla delante de la estatua de oro; y tú, la esposa de Jesús, ¿quieres pactar con el mundo, adorar su ídolo entregándote a placeres peligrosos? Acuérdate de lo que te digo de parte de Dios; mira cómo recompensó la fidelidad de sus servidores y trata de imitarles».
Después de tomar la firme resolución de no bailar, y no sabiendo cómo arreglármelas para poner en práctica mis designios, me metí en el bolsillo un gran crucifijo y recé una fervorosa plegaria.
Estaba la velada casi terminada y había resistido todo el tiempo a las apremiantes. solicitaciones que se me habían hecho, hasta el punto de disgustar a ciertas personas, cuando, yo no sé cómo, me vi arrastrada por un joven. Pero me fue imposible ejecutar un sólo paso de baile. Era verdaderamente extraño. Cada vez que la música se reanudaba, el pobre señor trataba de lanzarse, y yo hacía verdaderamente lo posible; ¡trabajo inútil! Por fin, después de pasearse conmigo muy religiosamente, se esquivó, rojo de confusión.
En cuanto a mí, no me hallaba en manera alguna turbada, y me volví muy contentas entre las señoras que estaban de mironas y a quienes divertí mucho contándoles mi aventura.
«Hacer su propia voluntad no haciéndola»
37 Algunos meses después de mi entrada en el Carmelo, hallando la vida religiosa un poco dura para la naturaleza, fui animada por Sor Teresa del Niño Jesús:
«Os quejáis de no hacer vuestra propia voluntad, me dijo: esto no es justo. Admito que no la hacéis en los detalles de cada jornada, pero ¿la vida en sí, no es la que habéis escogido? Luego hacéis vuestra voluntad no haciéndola, pues sabíais muy bien lo que abrazabais viniendo al Carmelo.
»Os confieso que yo no me quedaría aquí ni un minuto a la fuerza. Si se me forzase a vivir esta vida, no podría vivirla; pero soy yo quien la quiere… Quiero todo aquello que me contraría. Sí, soy yo quien quiere todo lo que es contra mi voluntad, pues dije muy alto el día de mi Profesión: «que quería ser carmelita de grado y de libre voluntad» (Nota 7)
38 En el mes de marzo de 1895, estando en el jardín con las novicias, descubrí una campanilla blanca. Me eché a cogerla, pero Sor Teresa del Niño Jesús me retuvo diciéndome: «Eso no está permitido». El pensar que ya no podría ni coger una flor me pareció tan duro que las lágrimas brillaron en mis ojos. Era un domingo. Al volver a nuestra celda, quise consolarme componiendo un cántico que expresase todo lo que había yo abandonado por hallar a Jesús, pero sólo me salió este final:
«La flor que cojo, ¡oh, Rey mío!,
Eres «Tú»
Teresa, a quien fui a confiar mi pena, no dijo nada, pero algunos días después me trajo una poesía titulada: «El cántico de Celina», que fue publicado más tarde con el titulo de «Lo que yo amaba».
En cada línea brilla, junto con su esperanza, su desprendimiento de las cosas de este mundo.
Ejemplos de renunciamiento
39 Los escribo, o porque yo misma fui testigo de ellos, o porque ella me los confidenció para exhortarme al sacrificio.
Nuestra Madre había leído en recreación un día que ella estaba ausente una carta en que se hacía referencia a Sor Teresa del Niño Jesús. Me pidió que se la enseñase. Yo se la pasé con permiso.
Algunos días después tuve necesidad de la carta. Me la devolvió; y como yo le preguntase si le había interesado, se vió obligada a confesarme que no la había leído. Se la remití de nuevo para que la leyese, pero fue inútil, no la abrió. Así mortificaba ella en todas las cosas sus más inocentes deseos, y en esta ocasión quiso castigarse particularmente por habérmela pedido.
No se informaba nunca de las noticias. Si veía un grupo de Hermanas a las que la Madre Priora parecía contar alguna nueva, se guardaba mucho de ir a su lado.
40 A mi entrada en el Carmelo, el 14 de septiembre de 1894, Sor Teresa del Niño Jesús se alegró viendo realizado su más entrañable deseo, pues iba a poder ella misma instruirme y guiarme en su «Caminito». Sin embargo, cuando franqueé la puerta de la clausura, su primer acto fue un renunciamiento. Después de haberme abrazado como las demás religiosas, se marchaba ya, cuando nuestra Madre Inés de Jesús le hizo señas para que fuese a esperarme a la celda que se me había destinado. Ella tenía derecho como «ángel» y ayudante de la Maestra de novicias, pero no hubiera ido sin aquella indicación.
41 Del mismo modo, a la entrada en el Carmelo de Sor María de la Eucaristía (Nota 8), en el momento de ir la Comunidad a buscarla .a la puerta conventual, Sor Teresa del Niño Jesús, formando grupo con las más jóvenes se mantuvo en lugar separado. Una Hermana le dijo: «Adelantaos: veréis a vuestra familia mientras la puerta está abierta» (Nota 9) pero ella no se movió.
Se ha de advertir que por estar los locutorios en construcción, no habíamos visto a nuestros parientes desde hacía un año. Como yo le hiciese más tarde el reproche de haber sido la única en faltar a la cita, me dijo que se había privado para mortificarse, añadiendo que este sacrificio le había costado mucho.
42 Algunas veces sentía ella verdadero deseo de echar una mirada al reloj del coro, durante la oración o en otras circunstancias. Se privaba siempre, y esperaba pacientemente a que sonase la hora: «Tengo prisa, es verdad, pero no adelanto nada con saber si faltan todavía cinco o diez minutos».
43 Soportaba con una paciencia de ángel y por espíritu de mortificación los excesivos cuidados que le prodigaba su primera de oficio en el Torno. Era una buena anciana, muy lenta y muy maniática, que le cuidaba sus manos llenas de sabañones y de grietas durante el invierno. Esta Hermana le envolvía los dedos uno por uno en una multitud de pequeñas vendas. Un día ya no quedaba libre más que la última falange del dedo meñique, ¡pero no tardó en ser amortajada como las otras! ¡Y, ante mi estupefacción, Sor Teresa reía!
44 Durante su enfermedad, nos trajeron una caja de almendras de bautismo (Nota 10) muy lindamente pintada. La ponderaron delante de ella, pusieron la caja sobre la mesa, no lejos de su lecho, olvidando enseñársela: ella se abstuvo de pedirla.
Sacrificios
45 Mi querida Hermanita me confió que a fin de excitar a la virtud a su compañera de noviciado, una Hermana conversa, a quien trataba de dirigir, fingió tener ella misma necesidad de toda una dirección cotidiana de los actos para adelantar en la perfección.
Cada día le ofrecían al Niño Jesús un don especial: a veces flores o frutos, a veces vestidos, o bien le hacían oír conciertos melodiosos con instrumentos de música que variaban sin cesar. Método que iba muy en contra de sus gustos de gran sencillez, pero al que se dedicaba con tanta gracia, que su compañera podía quedar persuadida de que esos estimulantes le eran necesarios a Sor Teresa.
46 Al principio mismo de mi vida religiosa, pasando en el jardín junto a una parra, le ofrecí algunos pequeños «pámpanos», que tanto gustábamos de chupar cuando éramos pequeñas. Pero los rehusó, diciendo que en el Carmelo estaba prohibida esta satisfacción que tantos recuerdos infantiles despertaba en ella. Insistí aquella vez -era un día de fiesta-, esperando que aceptaría en aquella ocasión lo que se le ofrecía. Todo fue inútil: «He prometido al Niño Jesús, me dijo, no gustar de los «pámpanos» de la parra sino en su Reino»
Amplitud de miras en la mortificación
47 Por el contrario, tuve ocasión de experimentar su amplitud de miras para no impedir a una postulante una distracción que podía causarle provecho. Cuando yo entré, me hizo observar que desde la ventana de nuestra celda se divisaba, a lo lejos, entre dos casas, la vía del ferrocarril, y me dijo: «Estaréis contenta de ver pasar el tren… ».
No me hizo ninguna alusión a la mortificación que habría consistido en privarme de este inocente placer. ¡Pero Dios tuvo a bien imponérmela, pues la construcción de un nuevo edificio me ocultó, casi en seguida, la vía del ferrocarril!
Sor Teresa no buscaba para mortificarse cosas extraordinarias, ni era de un rigorismo absoluto respecto a las satisfacciones permitidas. En esto, como en todo lo demás, procedía con sencillez y no rehusaba bendecir a Dios en sus obras. Así, gustaba de tocar los frutos, el melocotón en particular admirando su piel velluda; igualmente, de distinguir, unos de otros, los perfumes de las flores. Pero si hubiese sentido un placer natural, aun en estas cosas inocentes, ella se hubiera privado en seguida, lo cual hacía fielmente, puesto que en el momento de morir no tenía que reprocharse en su vida sino el haberse permitido, una vez y por un instante, el placer de respirar un frasco de agua de Colonia que le habían dado en un viaje.
INSTRUMENTOS DE PENITENCIA
48 Antes de su entrada en el Carmelo, Teresa se desvió deliberadamente de esta forma de mortificación. Ya religiosa, fue muy fiel a las ordenaciones de la Regla, y, en cuanto se le permitió, llevó los instrumentos de penitencia supererogatoria usados en el monasterio. Por mi parte, habiendo experimentado que cuando se lleva esta clase de objetos se evitan instintivamente muchos movimientos dolorosos, y que para la disciplina se atiesa una de suerte que se sufra menos, le revelé a mi virtuosa Hermanita mi experiencia, y ella exclamó:
«¡Ah! ¡A mí no me pasa eso! Juzgo que no vale la pena hacer las cosas a medias. Yo tomo la disciplina para hacerme daño, y deseo hacerme lo más posible». Me confesó que, a veces, le venían las lágrimas a los ojos, pero que se esforzaba por sonreír, a fin de no manifestar en su rostro la huella de los sentimientos de su corazón, gozosa de sufrir en unión con su Amado, para salvarle almas.
Sin embargo, había ella notado que las religiosas más inclinadas a las austeridades sangrientas no eran las más perfectas, y que aun el amor propio parecía encontrar un alimento en las penitencias corporales excesivas. Esto contribuyó no poco a mostrarle el peligro que en ellas había (Nota 11).
Nos decía que todas las penitencias corporales no eran nada comparadas con la caridad.
49 Durante su noviciado -lo supe en los últimos meses de su vida- una de nuestras Hermanas, habiendo querido hacerle el favor de sujetarle el escapulario por la espalda, le atravesó por descuido la epidermis con su gran alfiler, sufrimiento que ella soportó durante varias horas con alegría.
(2) Evidentemente, Sor Teresa, tan mortificada, no se refería aquí más que a las enfermedades graves, pues, más que ninguna otra, ella se hacía propia la recomendación de nuestra Madre santa Teresa: «Que no se debe importunar a las enfermeras cuando el mal no es grave». En muchos pasajes de sus Obras habla la Santa de Ávila sobre este tema. Véase, especialmente, el capítulo XI del Camino de Perfección.-N. del T.
(3) Tres años después de la Profesión las novicias abandonan el noviciado, se equiparan a las demás Hermanas, y no están ya obligadas a estas sujeciones. Por eso, las novicias piden sus permisos cada semana, mientras. que las demás Hermanas lo hacen cada mes. Santa Teresa del Niño Jesús, habiendo sobrepasado ya los tres años que siguen a la Profesión y desempeñando un cargo cerca de las novicias, hubiera podido desembarazarse de estos lazos, pero se guardó bien de hacerlo.
(4) Sería desconocer el espíritu de santa libertad de hija de Dios que animaba a Sor Teresa del Niño Jesús erigir en axioma válido para todos y en todas las condiciones «que no hay que concederse a si mismo ninguna holgura», toda vez que aquí, en este caso particular, se trata de un detalle acerca de la amorosa fidelidad con que las carmelitas deben observar las menores prescripciones de la vida religiosa.
(5) Reloj de arena de las Carmelitas.
(6) Estos consejos son dados a una novicia que no tenía por qué preocuparse del rendimiento exterior, y a la que era necesario formar en la vida espiritual. No deben, pues, tomarlos al pie de la letra todas las. almas. A otra novicia, mucho menos inclinada a buscar lo acabado, lo perfecto, le recomendaba que procurase hacerlo todo con gran cuidado por amor de Dios.
(7) Fórmula entonces en uso antes de emitir los Votos.
(8) Su prima, Maria Guérin.
(9) A través de los grandes velos que llevaban las religiosas.
(10) En el original: dragées de baptéme.-N. del T.
(11) La Santa supo a qué atenerse acerca de cuando habiendo llevado una crucecita de hierro durante mucho tiempo, se sintió enferma. La Reverenda Madre Inés de Jesús ha testimoniado en el Proceso canónico (cfr. Sum. § 630) que «durante el reposo que la Santa hubo de guardar a consecuencia de ello, Dios le hizo comprender que si había caído enferma (por tan poca cosa) era señal de que no estaba ahí su camino ni el de las «almas pequeñas» que hablan de seguir sus huellas por el mismo camino de infancia, en el que nada se sale de lo ordinario».
Véase también, en las Últimas Conversaciones, el 3 le agosto de 1897, cómo Teresa pone en guardia a su «Madrecita» contra las excesivas penitencias corporales. (Novissima Verba, pág. 110 [ed. Francesa]).