Consejos y recuerdosSanta Teresa de Lisieux

VII. Última enfermedad de la santa

1 Los últimos años que la Sierva de Dios pasó en la tierra fueron el eco de su vida; no se desdijo ni un solo instante de su tierno abandono en Dios, de su paciencia, de su humildad Su semblante tenía una expresión de paz indefinible. Se veía que su alma había llegado a donde la habían conducido los deseos de toda su vida, dirigida hacia un fin único, ahora logrado. Corno Nuestro Señor antes de expirar, ella me dijo la víspera de su muerte con una grave entonación de voz:

«Todo está bien, todo se ha cumplido, lo único que cuenta es el amor».

Los sufrimientos físicos que soportó los últimos meses eran atroces, pues a la enfermedad de pecho se añadió la tuberculosis intestinal, que produjo la gangrena, mientras se formaban úlceras a causa de su extremada flaqueza: males que no podíamos en manera alguna aliviar.

Estuve muy cerca de mi querida Hermanita durante su enfermedad, pues siendo segunda enfermera, se me confió su cuidado. Yo dormía en una celda contigua y no la dejaba más que para las horas del Oficio divino y para dispensar algunos cuidados a otras enfermas. Durante este tiempo me reemplazaba la Madre Inés de Jesús, la cual anotaba en hojas sueltas todas las palabras de nuestra Hermanita a medida que las pronunciaba. Gracias a estos documentos ciertos hemos conservado el recuerdo de los hechos, que están hoy tan vivos como el primer día.

 

Fortaleza en el sufrimiento físico

2 Después de su primera hemoptisis del Viernes Santo de 1896, Sor Teresa del Niño Jesús estuvo santamente gozosa de obtener el permiso para terminar la Cuaresma en todo su rigor, aquel día y el siguiente. Viéndola seguir de ese modo todos los ejercicios, yo no sospechaba lo que le había pasado. Supe después que había sufrido mucho a causa del ayuno de aquel año, pero según su costumbre no se había quejado.

De igual modo, no reclamó alivio alguno en la extrema fatiga que experimentaba cada día en la recitación del Oficio divino, el cual coincidía precisamente con la hora en que más ardiente era la fiebre. Se guardaba bien de decirnos, en el momento oportuno, que ciertos trabajos la hacían sufrir más, por ejemplo lavar y tender la ropa.

 

3 ¡Y qué ánimo para soportar las curas dolorosas!

Aún la veo sufriendo más de quinientos botones de fuego en la espalda (yo llegué a contarlos). Mientras el médico operaba, la angelical paciente, sin dejar de hablar a nuestra Madre sobre cosas indiferentes, estaba de pie, apoyada contra una mesa. Ofrecía -me dijo luego- sus sufrimientos por las almas. y pensaba en los mártires. Después de la sesión, subía a su celda, sin esperar a que se le dirigiese una palabra de compasión; se sentaba, toda temblando, sobre el borde de su pobre jergón, y, allí, soportaba sola el efecto del penoso tratamiento.

Llegada la noche, no teniendo permiso para ponerle un colchón, no me quedaba otro recurso que plegar en cuatro la manta y pasársela por sobre el jergón, lo que mi pobrecita Hermana aceptaba con agradecimiento, sin que se escapase de sus labios una sola palabra de crítica acerca de la manera primitiva con que se cuidaba entonces a las enfermas.

Es verdad que en medio de los más agudos dolores ella mantenía una gran serenidad y alegría. Como interiormente yo me admiraba, pensando que era porque no sufría tanto como creíamos, deseaba sorprenderla en un momento de crisis. Poco tiempo después la vi sonreír con un aire angelical, y le pregunté la causa. Ella me dijo: «Es porque siento un dolor muy vivo en el costado: he cogido la costumbre de poner buena cara al sufrimiento,».

 

JOVIALIDAD HEROICA

4 Mi santa Hermanita conservó hasta el fin de su vida maneras infantiles y encantadoras, que hacían muy agradable su compañía. Todas querían verla y oirla. Hasta parecía que su amable jovialidad crecía con el sufrimiento; de este modo, reveló su extraordinaria fuerza de ánimo y su exquisita caridad hacia nosotras, queriendo distraernos -a pesar nuestro- de nuestra pena.

Se gozaba, pues, en multiplicar las pequeñas diversiones, permitiéndose el uso de sobrenombres que evocaban recuerdos de nuestra infancia para divertirme y, alguna vez, para envolver en una forma graciosa un consejo.
Por eso no vacilo en revelar estas graciosas frases familiares, que la muestran tan sencilla en las horas más dolorosas de su vida. Las agrupo por no haber conservado las fechas precisas.

 

Reminiscencia de un cuento infantil

5 Entre las historietas que más nos divirtieron en nuestra infancia, había un cuento (Nota 1) en el que figuraban: una jovencita, la señorita Lilí, y su hermanito, el señor Totó. Como yo era la mayor, se me había dado el papel de Lilí, y Teresa había heredado el de Totó.

Por eso, repetidas veces y para calmarme, ella hizo alusión a esta historieta en la intimidad, aun en el Carmelo.

Así, cuando por estar fatigada temía no oír la llamada para despertarse, me recomendaba:

«¿Queréis mirar mañana por la mañana si el señor Totó ha oído la matraca.?».(Nota 2)

O también:

«No os olvidéis de despertar mañana al señor Totó, pobre señorita Lilí, humillada por todo el mundo (Nota 3) pero amada de Jesús y del señor Totó».

 

6 Le daba fricciones por orden del médico; esto era para ella un martirio. Se lo confió más tarde a la Madre Inés, pero a mi me las reclamaba… Una vez que yo, sin duda, quería omitirlas, me hizo esta observación: «Tengo miedo de descontentar a nuestra Madre (Nota 4), pues insiste mucho en las fricciones, sobre todo en la espalda. Si el médico viene el domingo, preguntará por qué no se ha hecho lo que él mandó… ¿Será mejor esperar al lunes? En fin, Pobre, Pobre (Nota 5), haced lo que queráis; todo estará preparado mañana. Sobre todo, no habléis a este pobre Señor (Nota 6); obrad como os parezca y ¡acordaos de que debemos ser ricas, muy (Nota 7) ricas las dos!…».

Este final se refiere a un chiste que una novicia le había hecho leer en un almanaque, al pie de un dibujo que representaba a un judío muy forrado de dinero, diciendo a un amigo:

«Soy rico, muy rico. ¡Pues bien: cuando comencé los negocios, no tenía nada! (Nota 8)

- ¡Si, replicó el otro, pero aquél con quien los habéis hecho tenía algo!».

Nuestra Santita replicó finamente: «Yo soy como este judío: Soy rica, muy rica. ¡Pues bien: cuando comencé los negocios, no tenía nada! … Si, pero Aquél con quien los hice tenía algo!…».

 

A propósito de una estampa

7 Procuraba ella en toda ocasión despegarme de mí misma, y gustaba comparar nuestra vida a la de dos niños representados en una estampa: vigilados por su Ángel de 1a guarda, estos niños se van sin cuidado alguno al borde de un precipicio. El uno, vestido con una simple túnica y libre de todo obstáculo, excepto la mano de su hermanita, a quien él arrastra tras de si. La niñita, en cambio, opone resistencia, entorpeciendo su marcha con un gran ramillete y entreteniéndose en recoger todas las flores que halla a su alcance.

A este propósito, Sor Teresa del Niño Jesús, me contó esta historia alegórica:

«Había una vez una «señorita» (Nota 9) que poseía riquezas que hacen a uno injusto, y de las que hacía mucha cuenta.

»Tenía un hermanito que no poseía nada y, sin embargo, nadaba en la abundancia. Este niñito cayó enfermo y dijo a su hermana: «Señorita», si quisierais, arrojaríais al fuego todas vuestras riquezas, que no sirven más que para intranquilizaros, y os convertiríais en mi criada (Nota 10), dejando vuestro titulo de «señorita»; y yo cuando esté en el país encantador a donde he de ir pronto, volveré a buscaros, pues habréis vivido pobre como yo, sin preocuparos del mañana.

»La «señorita» comprendió que su hermanito tenía razón; se hizo pobre como él, se hizo su criada, y nunca más se vió atormentada por el cuidado de las riquezas perecederas que ella había arrojado al fuego…

»Su hermanito mantuvo la palabra: vino a buscarla cuando estuvo en el país encantador donde Dios es el Rey, la Santísima Virgen la Reina, y los dos vivirán eternamente sobre las rodillas de Dios, pues éste es el lugar que han escogido».

 

8 Otra vez, haciendo alusión aún a la estampa de los dos niños y, además, a una ama de casa a quien nada falta en sus armarios, ella dijo:

«Señorita demasiado rica: varios botones de rosa, varios pájaros que le cantan al oído (Nota 11), unas enaguas, una batería de cocina, paquetitos…

Una noche que me vió desnudar, sintió compasión ante la miseria de nuestros vestidos y, sirviéndose de una expresión cómica que había oído, exclamó:

«¡Pobre, pobre! ¡Sois toda harapos! (Nota 12) ¡Pero no estaréis siempre así, os lo aseguro yo!».

 

La muerte enseña a dejar caer muchas cosas

9 Nuestra querida Santa, lejos de asustarse ante el pensamiento de la muerte, procuraba sacar de él lecciones útiles, de las cuales hacía que nos aprovechásemos. Un día nos dijo:

«Cuando yo esté muerta -hecha cadáver-, guardaré silencio, no daré ningún consejo: si me colocan a la derecha o a la izquierda, no facilitaré tales movimientos. Dirán: está mejor de este lado; hasta podrán colocar el fuego cerca de mi, yo nada diré. ¡Cómo ayuda este pensamiento a desprenderse de las cositas que nos descomponen, de todo aquello que hemos de dejar caer!».

 

Alegre serenidad ante la muerte

10 Se alegraba de la muerte, y miraba con placer los preparativos que se le hubieran querido ocultar. Así, deseó ver la caja de lirios artificiales que acababa de llegar para adornar el lecho mortuorio, y dijo con alegría: «¡Son para mí!». No lo podía creer: tanto era su contento.

Una tarde de los últimos días, temiendo que no pasase de la noche, se había preparado en la celda contigua a la enfermería un cirio bendito, el acetre y el hisopo. Ella lo sospechó, y pidió que se pusiesen estos objetos de manera que los pudiese ver. Los miraba de vez en cuando con aire complacido, y nos dijo amablemente:

«¿Veis ese cirio? Cuando el «Ladrón» (Nota 13) me lleve, me lo pondrán en la mano; pero no hace falta que me den el candelero: ¡es demasiado incómodo!» Luego nos contaba todo lo que pasaría después de su muerte, pasaba revista con placer a los detalles de su sepultura, y lo hacía en términos que nos hacían reír, cuando hubiéramos querido llorar. No éramos nosotras quienes la animábamos, sino ella quien nos daba valor.

 

Su tumba le importa poco

11 Se mostraba indiferente a toda preocupación humana. Poco antes de su muerte, se había discutido delante de ella acerca de la compra de un nuevo recinto para las Hermanas difuntas, en el cementerio de Lisieux; ella me dijo graciosamente:

«Mi sitio me importa poco; esté donde gesté, ¿qué más da? Hay muchos misioneros que están en el estómago de los antropófagos, y los mártires tenían por cementerio los cuerpos de las fieras».

 

ÚLTIMAS CONVERSACIONES DE SANTA TERESA DEL NIÑO JESÚS CON SOR GENOVEVA DE LA SANTA FAZ

He consignado las palabras que Santa Teresa del Niño Jesús me dirigió personalmente durante los últimos meses de su vida. Si se hallaren algunas ligeras variantes con las recogidas por la Madre Inés de Jesús, no habría que maravillarse más de ellas que de las variantes de los Evangelistas que relatan el mismo hecho.

 

MAYO

12 Uno de los últimos días en que Teresa del Niño Jesús podía aún recitar el Oficio divino, pero fuera del coro, me encontré con ella en el jardín, en el lugar mismo en que se alza hoy la urna. La vi tomar de repente una expresión enternecida y, posando el dedo sobre una de las lecciones de Maitines, me dijo con los ojos humedecidos en lágrimas:

«Mirad lo que escribe San Juan: «Hijitos míos, os he dicho esto para que no pequéis; pero si alguno ha pecado, tenemos un abogado, que es Jesús» (Nota 14)

 

JULIO

3 de julio

13 Como la leche le hacía daño y no podía tomar otra cosa por entonces, el doctor De Corniére había indicado una especie de leche condensada que se vendía en las farmacias con el nombre de «leche pasterizada». Por diversas razones esta orden la apenó, y cuando llegaron las botellas, lloró con ardientes lágrimas.

Después del mediodía, sintió la necesidad de salir de sí y me dijo con aire triste y dulce:

«Tengo necesidad de un alimento para mi alma; leedme la vida de un Santo».

- ¿Queréis que os lea la vida de San Francisco de Asís? Os distraerá cua~ndo habla de los pajarillos.

Ella respondió gravemente:

«No, no para distraerme, sino para ver ejemplos de humildad».

 

12 de julio

14 Nuestra Madre no podía resignarse a darle el permiso de morir. Teresa nos hizo esta reflexión en la forma festiva que empleaba cuando quería distraernos de nuestra pena:

«Dios tiene tantas ganas de un pequeño racimo (Nota 15) que el propietario no quiere darle, que El lo va a robar…».

Una Hermana le decía que podría tener una hora de temor antes de morir para expiar sus pecados.

«¿El temor de la muerte para expiar mis pecados?… ¡Eso no tendría más fuerza que la que tiene el agua cenagosa! Pero si tengo esos temores, se los ofreceré a Dios por los pecadores, y como esto será un acto de caridad, este sufrimiento se revolverá para los otros mucho más fuerte que el agua. En cuanto a mi, la sola cosa que me purifica es el fuego del Amor divino».

 

15 Mirándome con compasión y ternura, mi Teresita se interrumpió en medio de una conversación y dijo:

«¡Ah! Sor Genoveva será la que más sentirá mi partida. Ciertamente, es ella la más digna de compasión, pues tan pronto como siente alguna pena, viene en seguida a buscarme, y yo ya no estaré aquí… ¡Sí, pero Dios le dará fuerzas, y yo volveré!

Y dirigiéndose a mí:

«Vendré a buscaros lo más pronto posible (Nota 16) y haré que papá forme parte de la comitiva; ya sabéis que siempre tenía prisa… (Nota 17)

 

Mientras desempeñaba junto a ella mi oficio de enfermera, hablando de la cercana separación, la oí tararear, poniéndose ella en mi lugar, esta copla compuesta para cantar (con la melodía de la canción Il est á moi):

Es mía aquélla a quien el mismo cielo
el cielo entero, vino a arrebatarme.
Es mía y para mí porque la amo,
y nada podrá de ella separarme…

Un poco más tarde, me dijo, mirándome:

«Mi pequeño Valeriano».
(Mi queridita Teresa comparaba algunas veces nuestra unión a la de santa Cecilia y San Valeriano).

 

16 Yo 1e decía: «Dios no podrá llevarme en seguida después de vuestra muerte, pues no habré tenido tiempo de ser perfecta». Ella replicó:

«Eso no importa; acordaos de San José de Cupertino: su inteligencia era mediocre, era ignorante, y no conocía a fondo sino este Evangelio: «Bendito el vientre que te llevó»

»Preguntado precisamente sobre este tema, respondió tan bien, que todos quedaron admirados, y fue admitido con grandes honores al sacerdocio en unión de sus tres compañeros, los cuales no sufrieron examen alguno. Porque se juzgó, tras sus sublimes respuestas, que los que le acompañaban debían de saber tanto como él (Nota 18).

»De modo que yo responderé por vos, y Dios os dará gratis todo lo que me habrá dado a mi».

 

18 de julio

17 Leía a mi enfermita un pasaje acerca de la bienaventuranza del cielo. Ella me interrumpió para decirme:

- «No es eso lo que me atrae…

- ¿Qué es, pues? repliqué.

- ¡Oh, es el Amor! Amar, ser amada, y volver a la tierra para hacer amar al Amor» (Nota 19)

 

21 de julio

18 Cuando, como enfermera, me ocupaba yo en poner en orden la habitación, ella me seguía con la mirada, y rompió de repente el silencio con una frase que nada ni nadie había provocado:

«¡En el cielo tomaréis asiento a mi lado!» (Nota 20)

Y más tarde, citándome un tramo deuna bella poesía. sobre Luis XVII (Nota 21):

Vendréis pronto conmigo
para mecer al niña que solloza,
y renovar con soplo luminoso
en su ardiente mansión los viejos soles…

luego yo os pondré:

«las alas color cielo
de un rojo querubín…».

»Os las sujetaré yo misma, insistió, pues vos no lo sabríais hacer: ¡las pondríais o demasiado bajas o demasiado altas!».

 

24 de julio

19 Yo 1e decía: «Vos sois mi ideal, y este ideal no lo puedo alcanzar. ¡Oh, qué doloroso es esto! Soy como un niñito que no se da cuenta de las distancias: en los brazos de su madre tiende la manecita para coger la cortina, un objeto…, ¡sin darse cuenta de que están muy lejos!

- Sí, pero el último día Dios acercará su Celinita a todo lo que ella habrá deseado, y lo cogerá todo».

 

JULIO-AGOSTO

20 «Si os dicen una cosa injusta, o una Hermana que no entiende de algo quiere daros consejos acerca de ello, habréis de pensar que tiene buena intención, responderle con gran dulzura y, sin perjudicar a la verdad, aparentar que aprobáis, en cuanto es posible, lo que ella dice».

«No obráis bien deseando que todo el mundo se acomode a vuestra manera de ver. Puesto que queremos ser niñitos…, los niñitos no saben lo que es mejor, lo hallan todo bien; imitémosles. No hay mérito alguno en hacer lo que es razonable, ése es el camino común, todo el mundo quiere ir por él».

«La caridad, dice san Alfonso de Ligorio, consiste en soportar a los que son insoportables».

«Cuanto más avancéis, menos combates tendréis, o mejor, con más facilidad los venceréis, pues veréis el lado bueno de las cosas. Entonces vuestra alma se elevará por encima de las criaturas. Es increíble cómo, en fin, todo lo que se me podía decir no llegaba ni siquiera a rozar mi alma, pues había comprendido la poca solidez de los juicios humanos».

 

AGOSTO

2 de agosto

21 «Todo pasa en este mundo, hasta Teresita…; ¡pero ella volverá…!».

 

3 de agosto

«Sois pequeñita, no lo olvidéis; y cuando se es pequeñita, no se tiene pensamientos bellos…».

 

4 de agosto

Interrumpiendo una conversación, exclamé tristemente, pensando en su muerte:

«¡No podré vivir sin ella!

- ¡Tenéis razón, me contestó con un juego de palabras para divertirme: por eso, os traeré dos alas!» (Nota 22)

 

5 de agosto

22 Sobre este pasaje del Evangelio: «Dos mujeres estarán moliendo juntas: a una 1a llevarán y a otra la dejarán…» (Mateo 24, 41; Lucas 17, 35).

«Nosotras hacemos juntas nuestra pequeña faena; veré que no podéis moler enteramente sola el grano; por eso vendré a buscaros… Vigilad, pues, porque no sabéis a qué hora ha de venir vuestro Señor» (Marcos 13, 35; Lucas 12, 40; Mateo 24, 44).

Me recordaba muchas veces que éramos. como dos socios. ¿Qué importa que el uno tenga menos recursos que el otro? Mientras no se separen, un día participarán de los mismos beneficios.

Se esforzaba por inculcarme la pobreza de espíritu y de corazón con amables reflexiones, como éstas:

«¡Es necesario que la criada permanezca en su posición, que no trate nunca de ser una gran dama!».

Un día que me faltaba de rezar una de las horas del Oficio divino, me dijo con un tono infantil:

«¡Id a rezar Nona, y acordaos de que sois una monjita, la última de las monjas!» (Nota 23)

«¿Vais, pues, a abandonarme?, le decía yo tristemente.

- ¡Oh, en manera alguna!» (Nota 24)

Y volviendo a mi tema favorito:

«¿Creéis que puedo yo esperar estar cerca de vos en el cielo? Me parece imposible; es como si un manco se presentase a concurso para atrapar lo que está en lo alto de una cucaña.

- ¡Oh!, replicó ella, ¿pero si está allí un gigante que coge al manco en sus brazos le sube bien alto y le da el objeto deseado?… Así obrará Dios con vos, pero no os tenéis que, preocupar; debéis decir a Dios: «Sé que no seré nunca digna de lo que espero, pero os tiendo mi mano como un pequeño mendigo, y estoy segura de que me escucharéis plenamente, pues ¡sois tan bueno!».

 

8 de agosto

23 El pensamiento de sobreviviría me entristecía tanto, que no cesaba de preguntarle si yo moriría pronto; ella me lo hacía esperar, pero una vez en el cielo ¡juzgó del tiempo a la luz eterna! -Yo le decía:

«Si, cuando os marchéis, se llega a escribir vuestra vida, yo quisiera irme antes… ¿Creéis que será así?

- Sí, lo creo, pero será necesario no perder la paciencia…; miradme a mí qué pequeñita soy; deberéis obrar del mismo modo».

 

16 de agosto

24 Habiéndome levantado muy de mañana, hallé a mi querida Hermanita pálida y desfigurada por el sufrimiento y la angustia. Me dijo:

«El demonio está a mi alrededor, no le veo, pero le siento…; me atormenta, me agarra como con una mano de hierro para impedirme que tome el más ligero alivio, aumenta mis males para que me desespere.

»… ¡Y no puedo rezar! Sólo puedo mirar a la Santísima Virgen y decir: ¡Jesús! ¡Cuán necesaria es la oración de Completas: «Libradnos de los fantasmas de la noche»,

¡Siento algo misterioso!…

Vivamente impresionada, encendí un cirio bendito, y poco a poco le fue devuelta la calma.

 

24 de agosto

25 Hablábamos juntas una especie de lenguaje infantil que las demás no podían comprender. Sor San Estanislao, la primera enfermera, dijo con aire admirado: «¡Qué graciosas son estas dos jovencitas con su jerga ininteligible!».

Un poco más tarde, dije a mi Teresa: «¡Sí, somos graciosas las dos! ¡Pero vos sois graciosa sola, mientras que yo no lo soy sino con vos!».

Ella replicó vivamente:

«Por eso mismo vendré a buscaros» (Nota 25)

 

21 de agosto

La opresión era muy fuerte, y para ayudarse a respirar repetía:

«¡Sufro, sufro!».

Pero en seguida se lo reprochó, como hubiera sido una queja, y me dijo:

«¡Cuando yo diga: sufro, vos responderéis: tanto mejor! Yo no tengo fuerza para ello, pero vos expresaréis así mi pensamiento».

Y fue necesario obedecerla, aunque me costó mucho.

 

SEPTIEMBRE

26 Estaba muy enferma, cuando, sabiendo que se le causaba placer, pues gustaba de las cosas bonitas, se le llevó una encantadora y minúscula bombonera; pero pareció no interesarle, y dijo con aire profundo:

«He visto las bellezas de la tierra, y mi alma ha soñado con los cielos…».

 

3 de septiembre

Estaba yo frente a la chimenea de la enfermería, yendo y viniendo para arreglar la habitación, y me quejaba de una cosa que no estaba como yo quería. Ella me dijo:

«¡Criada, nada de inquietud de espíritu!».

 

5 de septiembre

27 Anotaba yo de prisa, en papeles informes, las palabras de mi Hermanita, mis recuerdos a este propósitos y no tenía más que el domingo, día de tiempo libre, para recoger estas notas. Le dije una noche:

«¡Hay ha sido un domingo malo, no he escrito nada en mi pequeño cuaderno!

- ¡Esa es la medida de Lilí (Nota 26), pero no la de Jesús!».

 

11 de septiembre

«Estáis cuidando a un niñito que está para morir…».

Después, mirándome con ternura:

«...Pero yo volveré a vos, y vuestro corazón se regocijará, y nadie os arrebatará vuestro gozo» (Jun 16, 22)

Un poco más tarde:

Mostrándome su vaso, y recordándome la orden que yo le había dado de pedir lo que necesitase, me dijo con un tono festivo e infantil:

«Habría que echar algo en el vaso porque el niñito tiene un gusto muy malo en la boca».

 

16 de septiembre

28 Me había hecho notar, algunos días antes, la necesidad de ser lo bastante mortificada para interrumpir nuestro trabajo cuando nos llama la campana, cuando llaman a nuestra puerta, hasta el punto de no dar una puntada más antes de responder.

«He practicado eso al final de mi vida, había añadido. Al principio «mi casa» no estaba sosegada (Nota 27) «en el fondo del corazón».

Después de este aviso, cuando se presentaba la ocasión interrumpía yo mi trabajo prontamente. El 16 de septiembre ella fue testigo de eso y me dijo:

«¡Oh, si supierais! … Lo que ahora perdéis lo hallaréis más tarde… ¡Es ésa una acción más gloriosa que si hubieseis obtenido el beneplácito del gobierno para las comunidades religiosas, para que la nuestra no fuese molestada, y más que si toda Francia os aclamase como a Judit!».

 

23 de septiembre

29 «No tenéis necesidad de comprender, sois demasiado pequeña…».

(Quería decir: de comprender lo que Dios obra en vos).

 

25 de septiembre

«Voy a morir, es cierto… ¡No sé cuándo, pero es cierto!».

Yo le dije: «Nos miraréis desde lo alto del cielo, ¿verdad?
Ella respondió espontáneamente:
- «¡No, bajaré!».

Me levantaba varias veces por la noche, a pesar de su insistencia en contrario. En una de aquellas visitas, encontré a mi querida Hermanita con las manos juntas y los ojos alzados al cielo:

«¿Qué hacéis así?, le dije: deberíais tratar de dormir.
«No puedo, sufro demasiado; por eso, rezo…».
- ¿Y qué decís a Jesús?
- «¡No le digo nada, le amo!».

Uno de los últimos días de su vida, en un momento de gran sufrimiento me suplicó de este modo:

«¡Oh, mi Hermanita Genoveva, rogad por mí a la Santísima Virgen! ¡Yo le rezaría tanto si vos estuvieseis enferma! Una no se atreve a pedir para sí misma».

Y suspiraba aún:

«¡Oh, cuánto hay que rogar por los agonizantes! ¡Si se supiera!».

 

28 de septiembre

30 Al comenzar la noche, la miré. Oímos repetidas veces en el jardín el canto de la tortolilla, luego un batir de alas parecido al ruido de un pájaro que se posase sobre el borde de la ventana. Como este hecho era extraordinario, y no se repitió, me hizo pensar en las palabras del Cantar de los Cantares: «¡Levántate, amiga mía, hermosa mía, y ven! Porque he aquí que el invierno ha terminado, la lluvia ha cesado, ha desaparecido; las flores han aparecido sobre la tierra, el tiempo de los cánticos ha llegado, la voz de la tórtola se ha dejado oir en los campos» (Nota 28).

 

30 de septiembre

ULTIMO DÍA DE DESTIERRO DE MI QUERIDA HERMANITA TERESA

 

DETALLES CONCERNIENTES A SU PRECIOSA MUERTE

31 El día de su muerte, por la tarde, la Madre Inés de Jesús y yo estábamos solas junto a ella. Temblando y desfallecida, nos llamó en su socorro… Sufría muchísimo en todos sus miembros, y apoyando un brazo sobre la espalda de la Madre Inés y el otro sobre la mía, se quedó así, con los brazos en cruz. En aquel momento dieron las tres, y nos vino a la memoria el pensamiento de Jesús crucificado: ¿no era nuestra pobre y pequeña mártir su imagen viva?

La agonía empezó poco después; fue larga y terrible. Se 1e oía repetir:

«¡Oh! ¡Es el sufrimiento del todo puro, pues no hay ni un solo consuelo!

»¡¡¡Oh, Dios mío!!! ¡Sin embargo, amo a Dios! … ¡Oh, mi buena Virgen Santísima, venid en mi socorro!

»Si esto es la agonía, ¿qué será la muerte?… ¡Oh, Madre mía, os aseguro que el vaso está lleno hasta los bordes!

»¡Sí, Dios mío, todo lo que queráis, pero tened compasión de mí!

¡No, nunca hubiera pensado que se pudiese sufrir tanto…, nunca, nunca! No me lo puedo explicar sino por los deseos ardientes que he tenido de salvar a las almas.

»¡Mañana será todavía peor! ¡En fin, tanto mejor!

Estas palabras eran entrecortadas y desgarradoras, pero siempre impregnadas de la mayor resignación. Nuestra Madre hizo llamar a la Comunidad. Sor Teresa acogió a las Hermanas con una graciosa sonrisa; luego, estrechando entre sus manos el crucifijo, pareció entregarse enteramente al sufrimiento, pero no habló más. Su respiración era jadeante, un sudor frío bañaba su rostro, sus vestidos y mantas quedaron empapados, temblaba…

 

32 Durante su enfermedad, Sor Teresa del Niño Jesús nos decía:

«Hermanitas mías, no os tenéis que apenar si, al morir, mi última mirada es para una y no para otra. No sé lo que haré, será lo que Dios quiera. Si él me deja escoger, esta última mirada será para nuestra Madre (Nota 29), porque ella es mi priora».

Durante su agonía, algunos minutos antes de expirar, yo le pasaba por los labios un pedacito de hielo; ella, entonces, me dirigió una deliciosa sonrisa y me miró con una insistencia profética.

Su mirada estaba llena de ternura; había en ella, al mismo tiempo, una expresión sobrehumana, toda hecha de aliento y de promesas, como si me dijera:

¡Bueno, bueno, Celina mía, estaré contigo!…

(¿Le reveló entonces Dios la larga y laboriosa carrera que, a causa de ella, yo debía seguir aquí abajo, y quiso con eso consolarme de mi destierro? Porque el recuerdo de aquella mirada, tan deseada de todas y que fue para mí, me sostiene siempre y es para mí una fuerza indecible).

 

33 La Comunidad tuvo un estremecimiento, pero repentinamente nuestra querida Hermanita buscó con los ojos a nuestra Madre que estaba arrodillada a su lado, mientras su mirada velada recobraba la expresión de sufrimiento que tenía antes.

Algunos instantes más tarde, nuestra Madre, creyendo que la agonía podía prolongarse, despidió a la Comunidad. La angelical paciente se volvió entonces hacia ella y le preguntó:

«Madre mía, ¿no es esto la agonía? ¿No voy a morir?».

Y a la respuesta de que la agonía podía prolongarse aún, ella dijo con una voz dulce y lastimera:

«¡Pues bien! … ¡Adelante… adelante! ¡Oh, no quisiera sufrir menos!».

Luego, mirando a su Crucifijo:

«¡Oh!… ¡le amo!… ¡¡¡Dios mío…, os amo!!!».

 

34 Estas fueron sus últimas palabras. Acababa apenas de pronunciarlas, cuando con gran sorpresa nuestra se desplomó de golpe, con la cabeza caída hacia la derecha. Pero, de repente se enderezó, como llamada por una voz misteriosa, abrió los ojos y los fijó irradiantes un poco más arriba de la estatua milagrosa de la Virgen. Esta mirada se prolongó algunos minutos, el tiempo que se emplea en rezar lentamente un Credo.

Muchas veces, después, intenté analizar este éxtasis, comprender la intensidad de esta mirada más expresiva que una simple mirada de felicidad, pues se leía en ella un gran asombro, y, en su actitud, una seguridad llena de nobleza. Pensé que habíamos asistido a su juicio. De una parte, ella había sido, como dice el santo Evangelio, «hallada digna de comparecer de pie ante el Hijo del hombre» (Lucas 21, 36), y por otra, ella veía que las larguezas de que iba a ser colmada «sobrepasaban infinitamente sus inmensos deseos» (Nota 30) Porque a esta expresión de indecible asombro se le había añadido otra: fue una vibración de todo su ser: parecía no poder soportar la vista de tanto amor, como quien sufriese un asalto repetidas veces, quisiese luchar y, en su debilidad, quedase felizmente vencido. Aquello era demasiado: ella cerró los ojos y exhaló su último suspiro…

Era el jueves 30 de septiembre de 1897, 1as siete y veinte de la tarde.

Acababa apenas de expirar, cuando sentí mi corazón roto de dolor, y salí precipitadamente fuera de la enfermería. Me parecía, en mi ingenuidad, que iba a verla en el cielo, pero el firmamento estaba cubierto de nubes; llovía. Entonces, apoyándome contra uno de los pilares de la arcada del claustro, dije sollozando: «¡Si sólo hubiera estrellas en el cielo!». Acababa apenas de pronunciar estas palabras, cuando el cielo se volvió sereno, brillaron las estrellas en el firmamento: ¡ya no había nubes! Mis tíos (el señor y la señora Guérin), que se volvían a casa con los paraguas, después de haber pasado en nuestra capilla todo el tiempo que duró la agonía de nuestra querida Hermanita, quedaron muy sorprendidos del cambio sufrido, y se preguntaban el uno al. otro qué podría significar aquello.

 

A propósito de la «Ultima Lágrima» de Santa Teresa del Niño Jesús conservada en el Monasterio

35 Cuando mi amada Teresa hubo exhalado el último suspiro y todas las Hermanas se retiraron, me hallé sola junto a ella; vi que una lágrima brillaba todavía en su párpado, y quise recogerla.

Como no tenía a mano un paño fino, cogí con toda prisa un tosco pañuelo blanco, que había allí, y enjugué con el borde del paño la perla preciosa que había brotado después del combate supremo. Luego, desgarrando el pañuelo en toda su largura, rehice el dobladillo a fin de que no se notase nada.

Guardé esta cinta, que conservaba muy visible la señal del sitio mojado por la última lágrima de mi querida Hermana, hasta el día en que, recortándola en forma de lágrima, la colocaron, rodeada de diamantes, en un relicario que representa un Ángel, de bronce macizo, revestido de una armadura.

 

Un reflejo de la beatitud eterna

36 Después de la muerte de la Sierva de Dios, sobre su rostro se imprimió un reflejo de la beatitud eterna; tenía una sonrisa celestial. Pero lo que me pareció más extraordinario fue que de sus párpados cerrados se irradiaba una tal intensidad de vida y de felicidad, que aquello no parecía en manera alguna la muerte; nunca he vuelto a ver aquello en ninguna de nuestras Hermanas difuntas.

Estaba tan bella, que al día siguiente, 1 de octubre de 1897, en la enfermería, antes de «levantar el cuerpo», quise sacar una fotografía; pero faltaba espacio para tomar la distancia necesaria y no tenía más que un objetivo de foco ancho. Además, tenía que operar a contra luz y frente a un rostro visto desde abajo, con los claros y las sombras invertidos. Sin embargo, se distinguía perfectamente su bella sonrisa, y sus rasgos no estaban en manera alguna alterados.

 

37 El domingo, 3 de octubre, por la tarde, mientras estaba expuesta en el coro, en su ataúd floreado, saqué una nueva fotografía, pero los rasgos se habían alargado, y aun sus cejas rubias -¡cosa extraña!- se habían vuelto de color castaño oscuro, casi negras. Nos pareció majestuosa, pero no la reconocíamos.

Por eso, en 1905, a instancias de la Comunidad y ayudada de la fotografía sacada en la enfermería, compuse un cuadro en el que todas las Hermanas contemporáneas reconocieron perfectamente la expresión del rostro de Teresa inmediatamente después de su muerte. Este cuadro fue publicado en casi todas las ediciones de «La Historia de un alma» desde 1906.

En cuanto a la fotografía del 3 de octubre, apareció, a falta de otra mejor, en las ediciones anteriores, pero hubo que retocar algunos detalles».

 

Cómo quiso dar a conocer su consoladora promesa

38 Sus despojos mortales fueron inhumados el 4 de octubre de 1897 .Fue colocada en el nuevo cementerio de 1as Carmelitas, que ella estrenó. Se puso sobre su tumba una cruz de madera con esta inscripción: «Sor Teresa del Niño Jesús, 1873-1897».

La Madre Inés de Jesús que había pintado la cruz, había escrito antes estas palabras:

 

Que quiero, Dios mío,
llevar lejos tu fuego;
acuérdate

Pero resultó que esta inscripción fue borrada por el obrero que llevó la cruz cuando la pintura estaba aún fresca. La Madre Inés de Jesús vio en este hecho una indicación de lo alto, y sustituyó la inscripción borrada por otra que figura en ella desde entonces:

«QUIERO PASAR MI CIELO
HACIENDO BIEN EN LA TIERRA»

Inscripción que ella no se había atrevido a poner desde un principio, llevada de una exagerada discreción.


(1) El álbum ilustrado donde se halla este cuento puede verse en los «Buissonnets», en la vitrina de los juguetes.

(2) Instrumento de madera provisto de una especie de carraca que sirve para despertar a la Comunidad.

(3) Alusión a las pequeñas humillaciones acostumbradas en los noviciados.

(4) La Reverenda Madre María de Gonzaga.

(5) Sobrenombre sacado de un cantar.

(6) Para no romper el «silencio riguroso».

(7) En el original se lee drès en lugar de trés; se quiere imitar así la defectuosa pronunciación del judío del chiste que a continuación se narra.- N. del T.

(8) En el original, por la misma razón que apuntamos en la nota anterior, se lee: «Che suis riche, drès riche, eh pien! quand ch’ai comencé les affaires, che n’avais rien! -N. del T.

(9) Alusión a la Señorita Lilí (véase número 5 de este capítulo).

(10) En el original: bo-bonne]. Pequeña criada, nombre familiar que ella me daba porque yo le servía durante su enfermedad, como segunda enfermera; y ¡cuánto me gustaba que me llamase así! Ella había pedido humildemente el permiso para hacerlo, pues en su estado de fatiga, este nombre le era más fácil de pronunciar que mi propio nombre entero.

(11) Alusión a un pasaje que había leído sobre el Beato Teófano Vénard. El autor ensalzaba así a su héroe: «Tenía un capullo de rosa en los labios y un pájaro que le cantaba al oído».

(12) En el original: «…comme vous êtes torée!. Este pasaje viene anotado en el mismo texto con estas palabras: «Tore, en latin torus: corde»: que se traduce: «Tore, en latín torus: cuerda». La frase francesa, como verá el entendido lector, es intraducible. La palabra torée no existe en francés, es una palabra latinizada, en la forma participial, que viene de torus= cuerda; en español se podría traducir, buscando un sentido casi literal: envuelta en cuerdas. Cuando un vestido está ya muy gastado deja ver la trama y la urdimbre del tejido, cuyos hilos parecen cuerdas, y la persona así vestida da la sensación de que está envuelta en cuerdas. Esto es lo que creemos quiso decir la Santa a su hermana. La traducción que adoptamos en el texto nos parece, aunque no tan literal, más comprensible. -(Nota del Traductor).

(13) Alusión a un pasaje evangélico donde Nuestro Señor se compara a un ladrón (Mateo, 24, 43; Lucas, 12, 39).

(14) 1 Epístola de San Juan, 2, 1. Este pasaje se lee en la 3ª lección del primer Nocturno de Maitines en la fiesta de San Juan ante Portam Latinam (6 de mayo) y en la dominica dentro de la octava de la Ascensión, que en 1897 caía el 30 de mayo.

(15) Racimo de uvas.

(16) A juzgar por la notable longevidad de Sor Genoveva, que llegó a celebrar 1a fiesta de sus Bodas de oro de Profesión religiosa y vió cumplirse sus 83 años, la Santa, en esta frase «lo antes posible», hablaba ya el lenguaje de la eternidad, en el cual «un día es como mil años y mil años como un día».

(17) Con esto no quería decir que obrase con precipitación, sino hacía alusión a su carácter decidido, que le imposibilitaba a dejar para mañana lo que se puede hacer hoy.

(18) Breve reminiscencia de una lectura que la Santa había oído de las Vidas de los Santos según los Bolandistas, el P. Giry, etc…, por el señor abate Pablo Guérin, Tomo IX, pág. 386, sexta edición de 1868.

(19) En los últimos meses de su vida, Teresa estaba como invadida constantemente por el deseo de volver a la tierra cuando estuviese en el cielo. Pensaba en ello sin cesar, y todo era preguntarse, con una cierta inquietud, si aquello sería posible.
Ya en el mes de marzo, Sor Maria del Sagrado Corazón, viéndola en oración en la Ermita de San José, le preguntó: -«¿Qué es lo que pedís con tanto fervor? -Teresa replicó: que San José tenga a bien apoyar cerca de Dios mi gran deseo de volver a la tierra…».

(20) [En el original: …prendrez séance à côté de moi.-N. del T.] Teresa empleaba adrede una expresión rebuscada para hacer sonreir a su hermana.

(21) El autor es Víctor Hugo. Extracto de la obra sobre Luis XVII, su vida, su agonía, su muerte, por A. de BEAUCHESNE, 2 tomos, París, Enrique Plon, 1886. La. poesía está citada en las págs. 516 y ss. del tomo II.

(22) Veamos de dar a entender al lector el juego de palabras al que se alude en el texto; Sor Genoveva exclamó: «Je ne saurai pas vivre sans elle!». ¡No podré vivir sin ella! Y la Santa le contesta: «…aussi je vous apporterai deux ailes!, ¡…por eso os traeré dos alas! El juego se funda en la identidad fonética de las dos palabras fracesas: elle (è-le) y ailes (è-le). -N. del T.

(23) En el original: «Allez dire None, et rápeles-vous que vous êtes une toute petite nonne, la derniére des nonnes!». El juego de palabras es parecido al que nos referíamos más atrás sobre las alas: identidad fonética entre None=Nona, hora canónica del Oficio divino, y nonne=monja, religiosa, término familiar y jocoso. -(N. del T.)

(24) En el original: «¡Oh, pas dune semelle [suela]!», expresión que significa la negación total de una cosa. -(N. del T.)

(25) En el original: C’est pour cela que je viendrai vous cri» (vous chercher»). -(N. del T.)
(26) Véase: Reminiscencias de un cuento de la infancia, un poco más atrás.

(27) SAN JUAN DE LA CRUZ: Noche oscura, estrofas 1 y 2.

(28) Cantar de los Cantares, 2, 11 y 12.

(29) Madre María de Gonzaga.

(30) Cfr. Carta del 28 de mayo de 1897 a la Reverenda Madre Inés de Jesús.

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