En el umbral de la contemplación (prólogo)

Mi buen amigo Juan José Bretón (‘Juanjo’), Doctor en Medicina y ahora ‘estrenado’ teólogo de la vida espiritual, ha elaborado brillantemente un texto sobre el ‘Recogimiento activo’ en santa Teresa de Jesús. Se arranca así: ‘En el progreso natural de la oración existe una antesala de la iluminación, en la que el hombre [y la mujer, diríamos hoy], auxiliado por la gracia de Dios, puede adentrarse, quedando a la ‘intemperie’ de Dios’.
Es un trabajo bien estructurado, situado en diferentes contextos de la historia y de la espiritualidad de la Iglesia; en la explicación del hombre: de su estructura y de su capacidad de transcendencia. Sin embargo el ‘recogimiento’ como vocablo, es ambiguo y como práctica, en ocasiones, equivocado, y hasta mucho, en ocasiones. Hay que aclararlo porque sin contexto, puede referirse a intimidad, soledad y herejía cuando lo que pretendemos: que sea ámbito de oración.
Como soledad, arrastramos desde la historia lejana esa bella cadencia del recogimiento en una palabra cuasi-sagrada: anajóresis de los primeros tiempos de la Iglesia; de cuando los cristianos se retiraban al desierto y se recogían en ese ‘no-lugar’ (éremon tópon), donde la palabra de Dios tenía que imponerse si el cristiano había que sobrevivir. La acedía y la tentación con trabajo y oración se combatían. Entonces la oración no tenía formalidad bíblica alguna: una sencilla palabra bastaba para llenar la memoria; ni pedagógica: todo era decir y decir, repetir y repetir una frase, en un ejercicio, aparentemente desmesurado de simplificación. Pero, el monje aprendía a sumergirse en una atmósfera y en un ritmo, que lo contenían. ¿Podríamos decir que son estos los antecedentes de la oración de ‘Recogimiento activo?
Como herejía, nació más tarde, y se bautizó como ‘dejado’, ‘alumbrado’, a quien, al margen de la Iglesia, pretendía tener una relación con Dios y juzgar de la verdad de la misma -dicho a lo simple.
Como intimidad, es una página de todos los devocionarios y de todas las edades y hasta, frecuentemente, presenta la caricatura de ‘encogimiento’, con mala prensa. El ‘recogido’ puede ser un ‘encogido’; y puede dar que pensar…
En otras culturas han apreciado y validado el ‘recogimiento’ de quien se repliega para descubrir lo esencial de uno mismo y para aminorar la influencia de lo que puede distraer nuestra conversación, con nosotros mismos y con Dios, sobre todo. Del hinduismo me gusta la palabra pratyahara: retirar los sentidos de lo exterior, con un propósito fundamental: meditar. Pero, después de esa retirada de lo que es circunstancia, uno encuentra dentro lo que modela todas las circunstancias, las interpreta, las elabora y las incorpora a un modo interior de mirar y de ver: es la mente, gran cosmos-caos que se ha convertido en nuestro problema más acuciante.
Y el auténtico recogimiento, que santa Teresa describe así: ‘Llámase recogimiento, porque recoge el alma todas las potencias y se entra dentro de sí con su Dios’ (CP 28,4).
Meditar, en la manera en que santa Teresa aprendió la palabra, no era la solución -no es- a nuestra enfermedad de querer pensarlo todo. Le costaba ‘discurrir’. Y ella no podía discurrir. Se le iba entre los dedos, como el agua, la oportunidad de acercarse a las verdades de Dios pensándolas. Y hasta le llegó a doler la cabeza. Pero, fortuitamente como todos los inventos que -como alguien afirma: nacen del descanso-, santa Teresa lo reinventó -el descanso, se entiende- y hasta lo recetó: ‘Y no se fatigue, que es peor, ni se canse en poner seso a quien por entonces no le tiene, que es su entendimiento, sino rece como pudiere; y aun no rece, sino como enferma procure dar alivio a su alma: entienda en otra obra de virtud’ (CP 24,5). Incluso, hizo una consoladora valoración de los dos modos de afrontar la verdad de Dios. Y, al no poder siquiera meditar -viendo su mente rebelde e insumisa- inventó sin quererlo una palabra ya vieja en las grandes espiritualidades de otras culturas: ‘mirar’; sólo ‘mirar’.
Mirar es mejor: ‘No os pido ahora que penséis en El ni que saquéis muchos conceptos ni que hagáis grandes y delicadas consideraciones con vuestro entendimiento; no os pido más de que le miréis (CP 26, 3).
Pero mirar admite una pedagogía que al ir fortaleciéndose se inscribió en la historia espiritual, con la codificación de Francisco de Osuna, como ‘Oración de simplicidad’. Otros la bautizaron con otros nombres y cuando santa Teresa asegura que está en nuestro querer: ‘está en nuestro querer y que podemos nosotros hacerlo’ (CP 29,4), nos facilitó hasta la denominación: ‘Recogimiento activo’.
Lo valora así: ‘Es como el que va en una nao, que con un poco de buen viento se pone en el fin de la jornada en pocos días, y los que van por tierra tárdanse más (CP 28,5).
Se atrevió la santa en un peligroso momento porque ‘estar’, sólo estar’ o ‘casi’, se podía confundir con los ‘dejados’ -los de la secta- los alumbrados o alguna especie de ellos, que podía ser fácil el desliz. Si no está mal traducido, hasta Thomas Merton -presumiendo su inocencia- tuvo un desacierto cuando afirmó:
“Lo malo del quietismo -dice- es que se engaña a sí mismo racionalizando y manipulando la realidad. Para él lo principal es ‘no moverse’, como si eso bastase para resolverlo todo y para ponernos en contacto con Dios” (1).
No moverse es importante para facilitar la serenidad de la mente, no para resolver nuestra relación con Dios, pero ‘estarse quieto no es quietismo’. El quietismo es mucho más complejo.
Y debido al peligro de confusión posible, la oración de ‘Recogimiento activo’ se llevaba casi de oreja a oreja. Hoy es una ‘manera” de oración que intentamos recuperar, aunque cueste por la costumbre y el hábito, si no de meditar, que también se ha perdido, sí porque seguimos pensando en la meditación como un ‘dar vueltas’, ‘reflexionar’, ‘discurrir’. Mirar es otra cosa: es el comienzo de una gracia nueva -no para todos, debido a las resistencias mentales que no facilitan la limitación de la mente y el poder interpretar ese desmantelamiento controlado de la misma, como una nueva oportunidad para quien sea capaz de entenderlo como ‘gracia’. Teresa afirma de sí misma: ‘…confieso que nunca supe qué cosa era rezar con satisfacción hasta que el Señor me enseñó este modo (CP 7).
Ella no la inventó; la encontró en un momento prolongado de imposibilidad de orar y desorientada por la ‘costumbre’ única -casi dogmática- de tener que meditar, discurrir, valorar, aplicar, ampliamente corriente después, en los procedimientos jesuíticos y a raíz de los Ejercicios espirituales ignacianos. Ella no podía meditar en esa forma. Y de esa imposibilidad nació la búsqueda y el encuentro ocasional: ‘no supe que era rezar con satisfacción hasta que el Señor me mostró este camino’.
Inmovilizarse, ‘estarse quieto’ no es, de entrada, una respuesta religiosa, aunque es una pedagogía perfectamente aplicable al acontecimiento espiritual. No obstante, aun sin esa aplicación, tiene otros valores añadidos como un cierto nivel de descanso, de armonización, de cesación del tumulto permanente del cuerpo, de su agitación y del bienestar que aporta a la mente con la que inevitablemente se relaciona. Bien lo expresa como anécdota personal un filósofo y orientalista atípico:
“… yo mismo practico Za-zen no con una regularidad obsesiva, (…) y no con la idea de que con ello estoy progresando en sabiduría, sino simplemente por el deleite de estar quieto” (2).
El ‘recogimiento’, en definitiva trata de ayudar a ‘vivir consigo’: vivere secum; esa ambición de la patrística de la patrística. Pero, eso requiere un nuevo modelo de corporalidad. Una mente recogida, una conciencia silenciosa, para serlo de verdad, tiene que realizar y, al mismo presuponer, un cuerpo organizado para el silencio. Es la fase pedagógica en la reconstrucción de la propia corporalidad. Que el cuerpo está en el comienzo y final de un sano recogimiento, desde que se queja y disiente hasta que se da por vencido: ‘Y aunque al principio no se entienda esto, por no ser tanto -que hay más y menos en este recogimiento-, si se acostumbra (aunque) al principio dé trabajo, porque el cuerpo torna de su derecho (11), sin entender que él mismo se corta la cabeza en no darse por vencido), si se usa algunos días y nos hacemos esta fuerza, verse ha claro la ganancia y entenderán, en comenzando a rezar, que se vienen las abejas a la colmena y se entran en ella para labrar la miel, y esto sin cuidado nuestro’ (CP 28, 7).
Es un gran tesoro; también lo dice Teresa y cuando se encuentra, no se deja…; no se deja…
Nicolás de Mª Caballero, cmf
Aranjuez, 2011
(2) A. WATTS, Memorias, Barcelona, Kairós, 1981, p. 290, nota.