Contemplación y silencio
El peregrino del silencio, para poder avanzar con alegría, sin prisas inquietantes y sin pausas adormecedoras, debe abandonar al lado del camino las propias evidencias y, con ellas, la tentación por la eficacia.
Hay expresiones comunes entre los orantes que deberían desterrarse. Por ejemplo “hacer oración”. ¿Es que la oración se hace, o se fabrica a base de pensamientos, palabras o actitudes? ¿Es que la oración la puedes hacer tú?
Yo diría, más bien, que la oración se vive o, en todo caso, se recibe como un don.
Nuestra actitud orante tendrá que estar definida por la donación, la entrega, la expresión de amor y también la escucha, la espera, la mirada y la atención.
¡Qué poco sabemos de Dios! Sí, sabemos poco porque hacemos “nuestra” oración. Hablamos y no escuchamos. Decimos y no miramos. Buscamos darnos y no esperamos.
Ante el misterio de amor que es Dios, al peregrino contemplativo sólo le cabe abandonarse en un gran silencio, a la espera de la palabra. Es el camino del silencio prolongado, lento, lleno de amor y entrega y, también, lleno de la paz de quien tiene bastante con estar amando, mirar gozando, y suplicar esperando.
Señor: te amo, te espero, te ansío, te busco, te espero. Ven, Señor, ven. Maran atá.
Tienes las puestas de mi vida abiertas de par en par. Llénalas de luz y de amor. Todo es tuyo, solo tuyo. Quiero ser un solo “todo en ti”.
Llega un momento en la vida del orante en que descubre que el mismo silencio elocuente de su alma abandonada y entregada, abierta plenamente al amor, es ya, en sí misma, oración.
Sí, amigo peregrino: no lo dudes. Tu silencio es tu mejor oración. No hagas “tu” oración. Prepárate, abandónate y espera, calla. Dios hace en ti la oración. Así estás haciendo camino para conocer a Dios.
Es esta una etapa de la vida contemplativa a la que se accede después de un largo y lento proceso de purificación de la propia vida y oración. El peregrino del silencio llega a ella a base de esfuerzo pero, sobre todo, gracias a la conducción del mismo Espíritu Santo, a la obra de su gracia, porque es Él quien, en verdad, hace el camino en el orante.
Por este motivo, el peregrino del silencio descubre que aprender a orar es aceptar la pobreza de callar y sentir el silencio. Es éste un silencio que, a la larga, resulta elocuente.
En nuestra oración no somos escuchados porque hablamos mucho, sino por la pureza de nuestro corazón y el fervor de nuestro deseo.
San Agustín dice que hay que desconfiar de las largas súplicas que cansan la atención. Son conocidas sus precisas palabras: “Una cosa es un largo discurso y, otra, un largo amor”.
El peregrino del silencio busca vivir en una comunión continua, intensa e ininterrumpida con el Señor. Porque la contemplación no tiene su inicio en una necesidad nuestra, sino que empieza en la experiencia de la presencia y del amor del Padre en nuestra propia vida.
La respuesta del peregrino a esta presencia de amor no consiste tanto en palabras sino, más bien, en una actitud interior de admiración, alabanza, acción de gracias, súplica y, sobre todo, amor, un amor continuado, silencioso, plasmado en los gestos concretos y sencillos de nuestra vida.
Hay quien dice que la oración contemplativa exige una cierta desconexión de la vida. Nada más lejos de ser exacto. La plegaria contemplativa es aquélla oración silenciosa, pero intensa, que hacemos con nuestra misma vida. O aquel encuentro contemplativo que vivimos desde nuestra entrega concreta en la ruta de todo el día.
A partir de esta experiencia, el peregrino del silencio percibe la unidad entre su vida concreta diaria y su oración. Es en ese todo donde hace su ruta. Es este su camino.
Busca, por ello, un estilo de vida que sea el ambiente adecuado para su peregrinación. Todo, absolutamente todo, servirá para vivir en unión con el Padre revelado por Jesucristo y acoger la presencia y el amor del Padre en la fe.
El peregrino de la contemplación cuando ora intenta responder con la vida y con el amor a la llamada de la fe. Es una invitación de la gracia, es el mismo Espíritu Santo quien mueve el corazón a decir, con toda la fuerza: “¡Padre, Padre, Señor Jesús!”.
Entonces, el silencio es quien guía al peregrino hacia una oración que es mirada viva y penetrante, propia de aquéllos que viven en profundidad. Porque la contemplación es la mirada directa, silenciosa, limpia, que dirigimos a Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo. Es la mirada de amor, que no es nuestra, la que nos conduce a la fiesta de comunión que es la Trinidad.
El peregrino del silencio vive consciente de la inhabitación trinitaria. La Trinidad está en él y él está en la Trinidad. No es un camino suyo, es de Dios.
¿Sabes, peregrino del silencio, que haces un camino que no es tuyo?. Tu pones tu pobreza, tu deseo y tu silencio. Dios pone el resto. Orar será para ti dejar crecer la oración en tu vida. El don del Espíritu en ti.
Es el silencio vivo de la presencia y del amor de Dios el que alienta la vida y el andar del peregrino del silencio. Su respuesta estará en los gestos y en la actitud concreta en la vida. A partir de estos presupuestos podremos decir que el mismo silencio del peregrino ya es oración, porque para él orar es vivir el don del silencio.
“Que la tierra de mi alma calle en tu presencia, Señor, porque las palabras que tú pronuncias solo pueden ser oídas desde un profundo silencio”.
Por esto, orar es un modo de vivir en el cual Dios, día tras día, va tomando más la iniciativa. Él se hace presente con su amor y el peregrino vive una respuesta concreta, pero silenciosa, a este amor. Él conduce, el peregrino se deja llevar.
Es también una manera irreversible de vivir todas las realidades con un único objetivo en el fondo: ser fiel al obrar de Cristo que se entrega al Padre; escuchar su oración y dejarla hacer en la propia alma. Orar es, entonces, dejarte poseer por Cristo, hacer un camino de identificación con Cristo, de vida concorde con su palabra.
Orar es vivir atento, disponible, abierto para ver y ser visto por Dios, libre para oír y ser oído por él, anclado en la realidad de la vida para poder responder con realismo; es una vida en actitud de respuesta a Dios, escucha amorosa de su palabra y de sus constantes invitaciones al amor; adoración de su presencia real en la Eucaristía; atención a su amor expresado y manifestado en la vida de los hombres.
Orar es vivir en constante acción de gracias y alabanza, agradecida receptividad, simplicidad silenciosa y maravillada ante el don de poder vivir en Él, ante la gracia extraordinaria de poder ser de Él, del Señor.
Esta oración se traducirá en la vida en optimismo, alegría, amabilidad, esperanza, capacidad de acogida y dulzura con los hermanos.
Vida interiormente unificada y centrada en Dios, llena de silencio, que es camino de comunión con Dios, con los hermanos, con la naturaleza, con la vida. Vida que recoge y asume los anhelos de esperanza que laten en la propia existencia y en el camino de todos los hombres para mostrarlos al Padre y vivir en actitud de espera ante la silenciosa novedad que nos libera. Limpiar incesantemente el corazón. Vida de transparencia ante la mirada de amor del Padre.
Mientras tanto, el peregrino hace de toda su vida un gesto de amor, servicio y entrega a los hermanos.
Orar es perderse en gratuidad ante el rostro de Cristo, el Hijo amado del Padre; vivir y testificar la luz que irradia de Él, orar siempre y en todo lugar, olvidando que se ora y sin saber ya qué es orar, porque en realidad ya no es nuestra la oración; es la oración que hace en nosotros Cristo, nuestro hermano, el único que puede adorar al Padre en espíritu y en verdad.
Orar exige vivir caminando. El peregrino del silencio pierde las propias evidencias. Su único apoyo es el saber que puede caminar gracias a la fuerza de la presencia del Padre en su propia vida, es orar en constante actitud de caridad teologal, en una realización concreta de la respuesta de fe a un amor del Padre que, constantemente, se nos da.
Peregrino del silencio: es hermoso tu camino. Hazlo con la conciencia de que vives inundado del don de una fe que es amor, respuesta a un amor que se te da como don. Vive siempre abierto al misterio de amor que es Dios, en un abandono pleno en sus manos y en una disponibilidad total ante Cristo, Camino, Verdad y Vida.